Federico Mana
Federico Mana
La sexualidad es un tema que atrae, preocupa e interesa a gran cantidad de personas quienes no pueden verse ajenas cuando de ello se trata por lo que también se vuelve un tema inherente a la filosofía ¿cómo se vive la sexualidad hoy en día? ¿Se debe buscar constituir una "verdad sexual"?
Independientemente de la polémica emergente de los dichos del arzobispo platense Héctor Aguer, lo cierto es que sus palabras denotan la fijación humana por el tema de la sexualidad; ya sea para defender una moral religiosa que la rija o para afirmar formas diversas para su experimentación, lo cierto es que todos nos vemos capaces de tomar una postura respecto a la manera en que se ha de vivir el ámbito de lo sexual, situación que nos conduce a la formulación de una cuestión insoslayable ¿quién ha de tener la potestad de instituir un saber válido en torno a la sexualidad?

Lo más probable es que nuestro pensamiento responda automáticamente a esta pregunta afirmando que nadie posee semejante atribución. Sin embargo es al día de hoy que seguimos visualizando cómo desde distintas instituciones se pretenden establecer formas "canónicas" de lo sexual que intentan determinar qué es lo que está "bien", qué es lo "normal".

Así pues, desde la filosofía lo que se busca no es formar parte de estos saberes, si no por el contrario señalarlos, entender las condiciones de posibilidad para su origen, visualizar las prácticas que se generan e interpelar las ideologías subyacentes de los mismos.

Sin lugar a duda las afirmaciones del prelado platense son el resultado de leer prácticas contemporáneas desde un discurso de "verdad" que entiende que lo que acontece va en detrimento de lo que debería ser; es decir, se defiende un modelo de lo sexual atravesado por una cosmovisión religiosa que busca trascender el plano de lo carnal y hacer foco en lo espiritual desde donde se desprenden aseveraciones tales como que la masturbación y las relaciones por fuera del matrimonio son actos que atentan contra la plenitud de la condición humana.

Ahora bien, si quisiéramos analizar la vivencia contemporánea de la sexualidad apartándonos de la mirada religiosa y yendo a un plano más de índole secular ¿cómo podríamos hacerlo? ¿Qué puede decir la filosofía? Se vuelve interesante citar aquí al filósofo coreano Byung-Chul Han, quien en su texto "La agonía del eros" reflexiona en torno a las prácticas actuales para llegar a conclusiones rutilantes: la imposición del auto-erotismo y el reinado de la sexualidad del rendimiento.

¿A qué se refiere con ambas tesis? Por un lado a que el aislacionismo producto de la autoexigencia, el verse a sí mismo como empresa que ha de pretender la efectividad ante todo y el totalitarismo del positivismo, permitió la disolución del otro quien en su opacidad ofrenda una dimensión de lo negativo, por lo que se lo busca sólo por lo que pueda dar en una instancia determinada y puntual: muchas veces preferimos ver pornografía antes que encontrarnos con alguien ya que esto no nos acarrea conflictividad, en lo pornográfico transparente se consume pura y exclusivamente lo que se desea, no hay negativas, no hay que ceder en nada.

Por otro lado, y a colación de esto último, la búsqueda del otro se ve en función del cumplimiento de determinadas características por lo que no se pretende alcanzar tanto el placer como el rendimiento; se exigen atributos de belleza, de salud y de eficacia, circunstancias que explican, por ejemplo, el alto consumo de medicamentos para aumentar la productividad genital aun cuando el organismo no los requiera. De esta manera, a la hora del acto sexual, se presupone una exigencia de las partes para que cumplan eficientemente con ciertas normas que más que dar lugar al placer, buscan dar cuenta del imperativo social de ser óptimos en todo.

Es por todo ello que podemos vislumbrar cómo lo sexual se ve atravesado por un discurso social que trasciende tal esfera dado que permanece en muchos de los ámbitos en los cuales los humanos nos desarrollamos: hay que ser insuperables en lo laboral, en lo económico, en lo social y, por supuesto, entre las sábanas. ¿A qué nos lleva esto? Claramente a la angustia, la depresión, la ansiedad y la pérdida de sentido... Paradoja de la vida, un ámbito que debiera conducirnos al placer y al bienestar se termina constituyendo así en un obstáculo para nuestra felicidad. Pero ¿cómo constituir una sexualidad que nos dé placer y plenitud sin caer en el rendimiento? Tal vez, una vez más, la respuesta esté en la forma en que percibimos al otro, procurando que el encuentro sea el fin y no únicamente el medio para alcanzar nuestros objetivos.