Alejo Santander
Alejo Santander
Un día su mujer se llevó a los hijos y hoy, a pesar de las resoluciones de la Justicia a su favor, hace 5 años que no los ve. Y nadie hace nada. Eduardo Ezcurra contó su historia a minutouno.com.
Un sábado de 2011 Eduardo Ezcurra se despertó cerca del mediodía y lo primero que notó fue el silencio. Se había quedado hasta la madrugada poniendo el piso de la que iba a ser la habitación de sus dos hijos. Lo había hecho hasta que el sueño pudo más, hasta que hacía rato que era el único despierto, y ahora se levantaba semidormido en una casa muda, en una casa vacía.

"No había nadie. Pensé que habrían ido al almacén hasta que después de que no venían y no venían, me di cuenta de que algo pasaba. Ahí empezó, fue una semana sin poder verlos", explica sobre el día que su ex mujer decidió llevarse a los chicos de 4 y 6 años.

Cuando tuvo lugar la escena, Eduardo estaba distanciado de hecho de su mujer, mamá de sus dos hijos, con la que legalmente sigue casado. Se separaron después de que la relación no había dado para más, de situaciones límite, dice, que lo llevaron a pedirle que se fuera. Llegaron a un acuerdo de palabra: ella se fue a vivir a la casa de sus papás, pero tenía entrada y salida libres a la de él, donde podía ver y estar con los chicos los fines de semana. Fue en una de esas visitas que decidió llevárselos.

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Después de varias idas y vueltas existió un acuerdo homologado por la Justicia, estableciendo días de visita para cada uno, pero la calma no duró mucho. "En septiembre de 2011 ella empezó a dejar de mandar a mis hijos a la escuela los días que yo tenía que retirarlos, después dejó de mandarlos a los actos escolares, y después estuvo tres meses sin mandarlos a ningún lado", le cuenta Eduardo a minutouno.com, improvisando un principio para su historia. "No sabés lo que viene, no pensás que puede haber un futuro que sea igual o peor", enmarca esos primeros días, en los que todavía no había confirmado que sí, que era posible.

Es un tipo largo, de manos huesudas y voz grave. Cuando habla lo hace despacio, elige las palabras y usa los silencios. Remarca ciertas sílabas, como para que uno entienda sin que él necesariamente diga, no por capricho poético, mas bien porque sabe que cualquier cosa podría ser usada en su contra. Otra de las tantas cosas que aprendió en estos últimos años.

Ese timing, ese gusto por las palabras, esa capacidad de elegirlas y ordenarlas, de pensarlas, también se lo dio su profesión: años atrás al frente de Malón, una banda mítica del metal argentino, hoy y tras un impasse, poniéndole voz a Verdades Parias. La banda, las giras, los shows, los alterna con su otro trabajo -porque con la música no alcanza- relacionado a la construcción.

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Ahora está sentado en un bar de Palermo Hollywood sin terminar de entender cómo es el día a día entre tantos cables y tanto olor a combustión en el aire, dice, a tanto "coche fundido". Él vive en La Reja, una localidad de Moreno, provincia de Buenos Aires, un lugar que tomó el nombre de las rejas en los mostradores de las pulperías, esas que protegían al pulpero de cualquier peligro que hubiese del otro lado.

"Acá la gente vive contaminada, yo por suerte me levanto entre la escarcha y tengo otro aire y otro despertar", comenta al pasar mirando por la ventana, y se le sienten las ganas de volverse a su lado del mostrador. Pero no lo hace. Hoy se levantó temprano, viajó varias horas en tren hasta la Capital Federal porque necesita contar. Y eso tampoco fue un capricho, mucho menos fueron ganas; es que ya no sabe qué más hacer.

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"MI HIJO PENSABA QUE YO ESTABA MUERTO"

"Mis hijos vivían conmigo y la madre los venía a ver los fines de semana, hasta que en una ocasión, mientras que yo dormía, ella se los llevó. Así empezó la historia. Estaba todo bien, yo le pasaba una mensualidad, a pesar de que los chicos vivían conmigo, y ella hacía la vida en su casa", cuenta Eduardo.

"Hubo un arreglo, la palabra ya es patética", se queja, y sigue: "Y en las primeras vacaciones me hizo una denuncia de que yo había secuestrado a mis hijos. Me empezó a buscar la policía en todo el país".

La cosa no terminó ahí. Después de dejar de mandarlos a clase los días que Eduardo tenía que retirarlos como establecía ese primer acuerdo que fue homologado por la Justicia, y de los tres meses que no fueron al colegio, su mujer finalmente los cambió a uno privado sin avisarle. Cuando logró encontrarlos, recién en julio del año pasado, y tras presentar los papeles con las resoluciones de la Justicia y demostrar su derecho real y legal a estar con ellos, los directivos lo dejaron verlos. Fue en el ámbito escolar, en presencia del director y de una psicopedagoga y solamente su hijo quiso hacerlo -después de que su hermana mayor le dijera quién era-.

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- Mi hijo creía que yo estaba muerto y mi hija que yo los había abandonado.

- ¿No intentaste explicarles?

- ¿Por dónde empezás a explicarles? Si tenés 20 minutos para verlos, qué voy a gastar esos 20 minutos en explicarles. Le pregunté cómo estaba, qué le gustaba, estuve con él, no sabía ni que era músico.

minutouno.com se comunicó y logró hablar con la mujer de Eduardo Ezcurra. Ella puso un día y una hora para responder si tenía o no intenciones de dar su versión de los hechos para esta nota, de responder entre otras cosas por qué, pese que las resoluciones de la Justicia que establecen días de visita y hasta multas en su contra, ella no las cumple desde hace 5 años. Ese día a esa hora no atendió el teléfono pese a las insistencias y los mensajes.

ANTE LA LEY

De la novela inconclusa de Franz Kafka, El Proceso (Der Prozess), publicada póstumamente en 1925 por su amigo Max Brod, se desprendió un relato cuanto menos perturbador: "Ante la Ley". Una gran metáfora en la que un campesino (que representa al pueblo, a la gente común), intenta a lo largo de su vida atravesar las puertas de La Ley, flanqueadas por un guardián (que representa a quienes guardan esa ley, abogados y jueces), y que jamás lo dejará entrar.

"Cuando llegás al ámbito legal, todo lo que sos como persona civil no sirve de nada: ni los diálogos, ni las apelaciones, ni los sentimientos, ni las valoraciones, ni los juicios de valor, ni los replanteos, ni los análisis de conciencia, nada. Nada de lo que sos como ser humano sirve y sos juzgado todo el tiempo", dice Eduardo y uno piensa en Kafka, que además de un buen escritor, era un buen abogado.

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En los últimos cinco años Eduardo cambió cuatro veces de abogado. Nunca había necesitado uno y nunca pensó que iba a necesitarlo, hasta que su esposa se llevó a sus dos hijos. Después de los primeros años, de las (comprobadas) falsas denuncias en su contra y de que en una oportunidad llegaran a llevarse a los nenes del país sin su consentimiento, uno de esos abogados le dio un consejo: "Esperá a que crezcan Eduardo". Él le pidió que dejara su caso.

Es por eso que hace un año y medio su historia y la de sus hijos la defiende Alejandra Guido, una abogada especialista en cuestiones de familia, que intenta que no sigan perdiendo momentos juntos, que se haga algo para que se cumpla con las decisiones de la justicia, que parecieran no salir nunca de la formalidad del expediente, alojado hoy en el Juzgado Unidireccional Nº6 de San Isidro. minutouno.com quiso acceder al documento pero el permiso fue denegado por su carácter de "reservado", en tanto que la jueza que entiende en la causa no quiso dar declaraciones por ser parte del proceso en curso. Las puertas de la Ley.

EL ¿SEXO DÉBIL? DE LA JUSTICIA

En tiempos en que en que las -necesarias- reivindicaciones en materia de género ponen a la mujer en el foco de cuestiones sociales, en materia legal y particularmente en el terreno de la familia, el hombre corre con desventajas que hoy son culturales, pero que hasta hace un año eran ley.

¿Cómo puede ser que no los vea? ¿Cómo puede ser que no cumpla y nadie haga nada? ¿Cómo puede ser que no se respeten las resoluciones de la Justicia y él siga sin poder estar con sus hijos? ¿Cómo puede ser que pasen 5 años? Son todas preguntas que tienen que ver con el nexo entre lo que la teoría jurídica llama el "ser" y el "deber ser". Entre lo que dice la letra del derecho, y y lo que realmente pasa.

Hasta antes del Nuevo Código Civil y Comercial de la Nación, la mujer tenía por ley un privilegio sobre los menores de 5 años (A la hora de separarse de hecho el hijo y la hija de Eduardo tenían 4 y 6). Hoy lo que importa es la opinión de los chicos. Pero los cambios son lentos.

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"La gente sigue hablando de la tenencia, un término que ya no existe, la ley no va a modificar una cultura, de a poquito se irá modificando. Hoy siguen siendo mayoría los casos en que la vivienda de los chicos es la de la mamá", le explica la doctora Guido, con más de 32 años de profesión, a minutouno.com.

"El sistema no funciona como debería en muchos casos, y en muchos sí", aclara sin embargo la abogada, que hace la salvedad: "Yo tengo clientas que cuando el padre no está lo buscan, porque piensan en sus hijos". "Desde que yo estoy con Eduardo se ha prestado a todo, ha seguido todas las indicaciones, ha hecho tratamientos. Él no se imaginaba esto ni en sus peores pesadillas", deja saber.

"Al hijo le dieron dos días entre semana, dos horas por día, y cuatro en el fin de semana, para que aunque sea se puedan empezar a conocer. Desde el verano está firme eso, pero ella no cumple", detalla la abogada, y suma en esa línea: "Existe un régimen provisorio que se dictó en noviembre y quedó firme en enero, hay una multa por cada ocasión que ella no ha cumplido y ha manifestado que no lo va a cumplir, por lo menos voluntariamente. Igualmente a Eduardo no le importa la plata".

Actualmente, Eduardo se ofreció a que un equipo de psiquiatras hable con él y lo evalúe. Está dispuesto a lo que sea para parar el reloj que empezó a correr en 2011 y pone en riesgo de daño irreparable una relación que se vio injustamente interrumpida. Hoy la familia entera es parte de un proceso de re-vinculación y si bien su hijo dejó en claro frente al Juzgado Unipersonal N°6 de San Isidro, el equipo técnico, la jueza y el Centro de Salud Mental N°1 de Núñez que quiere verlo, y la Justicia resolvió habilitar visitas en ese sentido, su esposa se lo niega.

"Para las mujeres, conseguir medidas de restricción de acercamiento es bastante fácil", admite su abogada. Si él intentara acercarse, sabe que corre ese riesgo, las cifras alarmantes que en el último tiempo tuvieron los casos de violencia de género y abuso contra las mujeres, hacen que el recurso sea aprobado fácilmente por la justicia.

Eduardo
El tiempo se vuelve un factor clave, y cada momento perdido, cada hora, día, semana, mes, año, lo aleja de la posibilidad de recomponer la relación con sus hijos. La que se niega a dar por perdida, y que se vio interrumpida hace ya 5 años. "El sistema funciona mal, la verdad es que uno pide cosas y desde que se piden hasta que se ordenan y se efectivizan pasa mucho tiempo, y el tiempo que va pasando sigue provocando el daño", dice Guido.

En medio de la charla, de intentar ordenar la historia y dejar saber entre muchas otras cosas que llegó a esconderse para poder ver a sus hijos de lejos cuando iban al colegio, Eduardo admite que alguna vez también barajó la idea del suicidio: "Llega un momento en que ningún tipo de catarsis es suficiente, sentís que no sirve hablar con nadie". Hoy dice que no siente así y que lo que lo sacó fueron su mamá y sus dos hijos, aunque no pueda verlos, porque no está dispuesto a dejarlos solos.

Por eso también busca hablarles desde donde no necesita habilitaciones, ni corre el riesgo de restricciones perimetrales o causas falsas; sus canciones. Por estos días trabaja en una todavía sin título, pero que dice será parte del próximo disco de su banda, Verdades Parias, y que recita de memoria y a modo de adelanto, como un poema en voz baja:

No los traje hasta aquí para verlos sufrir por larga ausencia
Verlos andar, verlos crecer, verlos cambiar, verlos palidecer
Por el claustro que creó la maldad imberbe, de los espectros que viven de inocentes

No es victoria ni cuento, tampoco es un lamento, sólo es realidad
Las horas fueron días, los días meses y años, por no claudicar
Mañanas blancas, de noches largas, que mi corazón quiso aguantar
El eco de sus voces corriendo en los rincones de todo mi ser
Quise correr, quise escapar, al no poder cambiar la realidad

No los traje hasta aquí para verlos sufrir por larga ausencia
Verlos andar, verlos crecer, verlos cambiar, verlos palidecer
Por el claustro que creó la maldad imberbe, esos espectros que viven de inocentes

La garra del dolor cubrió sus luces con sombra de abundancia
Sombra que es ambición, privación ilegal y robo de la infancia
Mordí mis dientes cada vez por no darle el gusto a la demencia