Federico Mana
Federico Mana

La publicación del libro biográfico de Victoria Xipolitakis y la polémica por su costo nos invitan a pensar sobre el fenómeno de la lectura y el alto valor de consumo fetichista que han tomado los libros.

En la lógica mercantilista en la cual hemos de vivir, todo lo existente pareciera cobrar entidad en función de su valor de compra y venta, constituyendo así a la totalidad de la existencia en objetos de consumo. Claro que, pese a que pertenecen a este grupo general denominado "lo que se puede adquirir", cada objeto tendrá su particularidad, su estrategia propia de venta. Así pues podemos considerar que el libro, inmerso por completo en este discurso, utiliza como fórmula de marketing el presentarse a sí mismo como artefacto de culto, como sinónimo de inteligencia, de sabiduría y profundidad espiritual.

Sin ir más lejos, pensemos qué sucedería si en un transporte público encontramos una persona sentada mirando su celular al lado de otra leyendo un libro ¿Quién nos parecerá más culta, más sabia? No importa que quien observa su teléfono esté mirando un documental de física cuántica y quien posee el texto lea una recopilación de chistes sobre españoles, lo cierto es que portar el libro otorga casi automáticamente un aura de sabiduría y seriedad.

En este sentido, el texto escrito y publicado se subsume como cualquier otro producto a la tiranía económica de la oferta y la demanda pero manteniendo esa significación social de que poseerlo da más cultura, nos hace mejores. Sin duda gran parte del conocimiento humano históricamente se ha transmitido mediante la escritura pero ¿debemos por ello pensar que todo lo que esté contenido en formato libro pertenece al campo de la sabiduría universal?

Es decir, como sociedad hemos aprendido a ser críticos con prácticamente la totalidad de los consumos culturales, pero no hemos sido lo suficientemente reflexivos con la lectura, con la producción escrita. Sin entrar en títulos específicos, podemos intuir que parte de las obras literarias existentes pertenecen más al campo de la polución editorial que al del desarrollo de la inteligencia colectiva.

Conforme a esto, nos encontramos en condiciones de afirmar que los libros han sufrido un proceso que Marx llamaría de "fetichización". Acríticamente accedemos a ellos mistificándolos, creyendo que por el sólo hecho de acercarnos a él con la lectura ya seremos más cultos y más sabios, independientemente del contenido propio del mismo, hecho que provoca la problemática de que los textos se vean absorbidos por la cultura de la acumulación.

Desde la frivolidad de comprar bibliografía para decorar un salón hasta adquirir compulsivamente aquello que "hay que leer", lo cierto es que en determinados sectores la lectura se vació de contenido, dado que se lee para decir que se leyó y no para descubrir nuevos mundos, para favorecer el pensamiento crítico o para desarrollar las capacidades cognitivas. Se tomó como verdad revelada que quien leyó más libros es necesariamente más inteligente que quien leyó menos, pero casi nunca ponemos en cuestión la calidad o la pertinencia de lo leído... sólo se busca acumular más y más títulos en la biblioteca personal.

¿Por qué tiene que tener un libro Victoria Xipolitakis? Porque de esta manera se genera un nuevo punto de venta alrededor de su nombre que acceda a una población de consumidores que se acercan a la vedette desde una postura irónica y que se ven a sí mismos más "elevados" como para llegar a ella sólo por televisión. Además, si se pone de "moda" haber leído su libro (o mejor dicho el texto que el escritor fantasma ha producido) será sinónimo de pertenencia a un sector más o menos letrado.

No obstante, la frivolidad y el fetichismo lector no se agota en el consumo de best-sellers o textos de personajes de moda, ya que aún en ámbitos académicos se ve presente esta ideología de que el libro por ser simplemente libro ya es algo valioso, por lo que su acumulación resultará en una mayor ilustración para la persona.

En definitiva el gran conflicto quizás radique en que al leer sólo para acceder al fetiche "libro" se pierde el sentido de la lectura crítica ¿De qué nos sirve tragar textos si no nos dejan nada o si no podemos apropiarnos ni llevar a la práctica los conceptos allí vertidos? Tal vez la clave no esté en dejar de leer "El grito de la Victoria" para consumir con snobismo "El Aleph", si no en entender que el proceso de la lectura conlleva actividad y no pasividad, que el lector si no se compromete con la obra, si no adquiere algo de ella para poder llevarlo al espacio del pensamiento propio, posiblemente termine más vacío luego de leer que antes de empezar a hacerlo.