Lucía Aisicoff
Lucía Aisicoff
Se reúnen en el santuario y visitan sus restos en el cementerio de la Chacarita. Tres historias de vida que incluyen "promesas, sacrificios y responsabilidades" en torno a esta cantante, el día del estreno de la película que protagoniza Natalia Oreiro.
Un camión fuera de control embistió en la mitad de la noche el micro en el que viajaban Miriam Alejandra Bianchi -más conocida como Gilda-, su mamá, su hija y los músicos que la acompañaban de gira rumbo a la ciudad entrerriana de Chajarí. Era el 7 de septiembre de 1996 y ninguno de ellos sobrevivió al choque. Lo que ocurrió en esa fecha y todo lo que llevó a esos personajes a estar de gira por el país lo cuenta la película "Gilda, no me arrepiento de este amor", que se estrena este jueves, protagonizada por Natalia Oreiro y dirigida por Lorena Muñoz.

Gilda era bastante conocida por aquel entonces, aunque no famosa como otras cantantes del género. Después de su muerte, sus seguidores se multiplicaron al punto de que hoy en día visitan con frecuencia el santuario que levantaron en el kilómetro 129 de la Ruta Nacional 12 y también van el cementerio de la Chacarita, donde descansan sus restos.

La apropiación que se hizo de Gilda fue cobrando con el tiempo una veta mística. Ya no sólo la adoran sus fans sino también sus devotos, que le adjudican la capacidad de realizar milagros. Esta última característica -la de considerar a Gilda una "santa popular"- suele hegemonizar la mirada que se tiene sobre ella. Sin embargo, no todo fan es necesariamente devoto. Quienes la siguen desde hace más de 20 años, los que la conocieron con vida, piensan que Gilda "no es lo mismo que cualquier santo". Su figura representa mucho más que una santa popular: es alguien que los emociona, los acompaña, los inspira y los fortalece.
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Las historias de tres personas que se conocieron cuando empezaron a seguir a Gilda dos décadas atrás, reflejan cómo sus vidas se entrelazaron con la de la cantante, al punto de que todo lo que les pasa tiene alguna relación con ella. Promesas, sacrificios, responsabilidades y obligaciones: Gilda todo lo merece.

EL FAN MEDIÁTICO

Cuando Gastón tenía 8 años acompañó a sus papás al cumpleaños de un amigo en La Casona del Encuentro, una bailanta de Constitución. "Esa noche cantaba una piba con su grupo", recuerda. Su consumo musical personal estuvo inserto en una trama mayor de consumos familiares, ya que en su casa siempre se escuchaba cumbia. La artista que tocaba esa noche era Gilda –a quien jamás había oído nombrar- dando los primeros pasos de su carrera.

La conoció, bailó entusiasmado y esa misma semana, mientras caminaba junto a su mamá por Primera Junta, vieron el cassette Corazón a Corazón. "Mirá ma, la chica que canta en La Casona", jura haberle dicho a su madre. Y lo compraron. Al tiempo volvieron a verla en aquella bailanta con su banda del momento, Crema Americana. Después le perdió el rastro. Tanto, que ni siquiera sabía que en 1995 sacó Corazón Valiente, que se convertiría en su álbum más conocido. El 7 de septiembre del año siguiente, su papá le regaló ese cassette. "Para mí era algo súper inédito, era la piba que había cantado en La Casona, la que yo había conocido", describe. Contento con su regalo, dice haberla escuchado durante toda esa tarde y haber averiguado la fecha de sus siguientes próximas presentaciones. Sin embargo, el destino no le permitió volver a verla: al día siguiente, su primo lo anotició con la muerte de Gilda.

Sin saber por qué, todo se convirtió en "un mar de lágrimas". Sintió que ese reencuentro con "la piba de La Casona", debía tener algún fundamento, algún motivo. Su padre lo acompañó al velorio, donde entró "en estado de shock". Gastón tenía 13 años y desde ese día se aferró a la figura de Gilda. Cinco años después de la muerte de la cantante, nació su fan club Gilda, un amor verdadero. Juan Carlos "Toti" Giménez, el productor que se convirtió luego en la pareja de Gilda, fue quien oficializó a la agrupación que lidera, apadrinada por el cantante Leo García. Este último, un devoto confeso de la artista, con un santuario de ella en su propia casa.

Gastón reconoce y resalta su perfil "mediático". Va a Showmatch, le gusta hacer apariciones televisivas y tiene un discurso repetitivo y prolijo cuando habla de Gilda. Pero después de una charla extensa, frena su "speech", deja de hablar por un par de minutos y empieza a llorar. "Gilda es todo", dice emocionado.
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EL AMIGO PERSONAL
Claudio visita a Gilda en el cementerio de Chacarita todos los domingos, desde hace 20 años. Fue papá por primera vez a los 16, cuando había dejado la escuela. Tuvo que hacerse cargo de su beba solo y no estaba preparado. Desahuciado, frecuentaba los boliches hasta que un día escuchó a Gilda en vivo y algo llamó su atención. Decidió ir a verla de nuevo, se le acercó y le dijo que quería "seguirla", le preguntó cómo hacer para formar un club de fans oficial. Así empezó, pasito a pasito, la relación con entre Claudio y la mujer a quien define como "su mejor amiga" y el "amor" de su vida. El adolescente y padre prematuro comenzó a ir a verla gratis a todos los recitales.

"Gilda era la mejor consejera", recuerda y cree haber absorbido de ella algo profundo, una enseñanza de vida: la garra, el empuje, elegir ir para adelante siempre, incluso en las situaciones más adversas. Es por ese motivo que Claudio decidió llamar No me arrepiento de este amor a su club de fans. Fueron muchas las charlas entre ellos, que incluyeron paseos por shoppings o plazas. Hablaban de sus problemas, de cómo le costaba dejar "el bardo". Gilda estaba ahí para darle fuerzas, para alegrar su alma con las canciones más lindas. Él recuerda con emoción el día que llevó a su beba a conocer a Gilda. Unos 15 años más tarde tuvo otra hija a la que bautizó con ese nombre.

El momento más difícil llegó la noche del 7 de septiembre cuando se enteró de la muerte de Gilda. Al día siguiente para él se produjo el primer "milagro". Es que necesitaba acercarse, poder estar en el velorio, y aunque no tenía dinero había decidido que viajaría "a donde fuera". Pegado a la televisión, escuchó que el velorio iba a realizarse a cuatro cuadras de su casa. Un tiempo después comenzó su amistad con Omar, el hermano de la cantante, a quien conoció en el cementerio en una de las tantas visitas. Omar es abogado y a modo de agradecimiento por el amor que Claudio siente hacia su hermana lo ayudó en el litigio legal que tenía con la madre de su beba. Así, "gracias a Gilda", obtuvo la tenencia de su hija. En el cementerio también conoció a los fundadores de los otros incipientes clubes de fans y ellos se convirtieron en sus nuevos amigos. Años más tarde, en la casa de Gastón conoció a quien sería su próxima esposa y madre de su segunda hija. Y se volvió a casar, "gracias a Gilda". Para Claudio, la figura de la cantante atraviesa cada uno de sus logros. Reconoce que su vida sigue siendo dura, pero pide y "Gilda cumple".
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LA MILAGRERA

Marta
era una mujer soltera a cargo de sus dos hijas. Vivían en Entre Ríos y apenas les alcanzaba para llegar a fin de mes. En agosto de 1996, la familia viajó a Santa Fe y durante un recital de Grupo Cali recuerda haber visto a Gilda por primera vez, en el boliche La Pachanga. Cuando entró la cantante, Marta dice que "todo el mundo la miró, porque era algo increíble lo que generaba". Esa noche quedó "medio loquita" ante aquel "carisma" y decidió empezar a "seguirla". Un mes después, se produjo la tragedia. Sintió un dolor inmenso, viajó a la Capital y en el cementerio de la Chacarita le prometió a Gilda que la visitaría todos los años.

En diciembre de ese mismo año, fue desalojada y de pronto se vio viviendo en la calle con sus dos hijas. Entonces rezaba "por un ranchito". Al poco tiempo cobró un seguro de una tía que había fallecido y compró la casa en la que vivió todos estos años. Hoy en día adjudica su suerte a la cantante. En esa época se empezó a conformar el club Las Gilderas, que cuenta con alrededor de 25 fans –todas mujeres- en su mayoría de Paraná, excepto tres que viven en Oro Verde y la acompañan desde el primer año.

Marta se enfermó en el año 2000. "Estuve meses sentada en una silla, con los pies para arriba. En septiembre fui medicada al santuario para pedirle a Gilda y me terminé curando", recuerda emocionada. Hay una explicación clínica para su sanación, pero ella confiesa entre risas: "Eso es lo que dicen los doctores, lo otro es que fue ella, me curó ella. Pero bueno no sé, hay que creer en la medicina". La vida le dio otro golpe duro unos años después, pero se aferró a la figura de la cantante para sobreponerse. Es una mujer atractiva, llamativa, con el cabello larguísimo. Lleva como bandera en la piel a la eterna joven Gilda. Y dice que en su vida hay dos cosas importantes: Gilda y su familia, pero aclara que ambas son indisociables. "No hay nada que me detenga, yo hice muchísimas locuras por ella", dice. Pero esas "locuras" –insiste constantemente- tienen recompensa: Gilda es milagrosa y la cuida desde el cielo.
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Gilda canta sobre el amor, el abandono y la esperanza. Las letras reflejan un optimismo pese a las adversidades y sus fans encuentran en ellas una promesa: ella no los abandonará nunca. Por eso, esta figura representa para todos mucho más que una "santa": les permite reconstruirse como sujetos. Les da placer y la posibilidad de experimentar el mundo a través de sus canciones, superando sus propias carencias. Gilda es un "ángel" que los cuida y les cumple, pero también una palabra de aliento y un ícono de fortaleza para enfrentar una batalla anímica en la que deciden no rendirse.