Federico Mana
Federico Mana

¿Qué tienen en común el "Mini Davos", el caso del rugbier que empujó al indigente y los hechos llamados como "justicia por mano propia" de los últimos días?

Acostumbrados a ver los sucesos como hechos aislados, la invitación a leer líneas ideológicas transversales se hace presente.

Dada la celeridad de nuestros tiempos es frecuente enfrentarse a los diversos acontecimientos que nos presentan los distintos medios entendiendo a estos como hechos aislados, sin conexión los unos con los otros. Todo es vorágine, inmediatez y corto plazo, lo que provoca un olvido repentino por la noticia de ayer y una renovada indignación por la de hoy, saltando del plano policial al del espectáculo con un simple click.

Así pues en esta lógica del estímulo constante y del flash efímero, pocas veces nos detenemos a pensar si hay alguna línea ideológica que esté por debajo de varios sucesos que a priori parecen desconectados pero que hurgando en sus profundidades encontramos que tienen varios puntos en común o al menos una misma idea que los sustenta.

En este sentido pensemos en primera instancia en el foro de empresarios realizado en Buenos Aires denominado coloquialmente como "Mini Davos". Planteado como la "vuelta de Argentina al mundo", en sus entrañas persiste el discurso acerca de cómo el capital privado será el único capaz de otorgar desarrollo y prosperidad a un país. Aunque si deseamos ser más precisos aún, podemos sostener que la idea fundante es que el dinero merced a su producción, su distribución y uso es el bien más preciado de esta sociedad neoliberal, por lo cual está bien y es totalmente correcto propiciar acciones que lo tengan como centro de la existencia. Por ende, como país necesitaríamos de emprendimientos que busquen la concentración máxima de capital posible porque con dinero la vida es mejor.

Sin embargo, esta ideología no se agota en una reunión de CEO's y economistas, sino que se encuentra dispersada por toda nuestra sociedad empapando prácticamente la totalidad de nuestros actos vinculares. De hecho, el dinero es tan central en nuestras vidas que aquellos quienes ostentan más cantidad suelen ser vistos como "superiores" o "distinguidos", configurándose una división ontológica entre el que tiene y el que no. De esta forma no sólo se abre una brecha entre incluidos y excluidos, sino que además muchos de quienes se encuentran en posiciones económicamente elevadas se creen con la impunidad de poder explotar o utilizar a su antojo a quienes menos poseen. ¿Acaso no se engloba en esta lógica lo sucedido con el joven rugbier que empujó al hombre en la vía pública? La acumulación dispar de capital (¿habrá otro tipo de acumulación?) provoca un desgaste de las relaciones entre humanos quienes tienden a sólo ver como un otro respetable a aquel quien se encuentra en el mismo nivel de acumulación que uno.

Asimismo como tener todo el dinero posible es la máxima moral de una sociedad neoliberal, se da lugar a la emergencia de prácticas de todo tipo que, por supuesto, no siempre serán conformes a las leyes o al bienestar general: narcotráfico, explotación, trata de personas, hurtos y robos. Ante esto varias son las respuestas posibles, sea legitimando tales hechos, cediendo por miedo o, por último, luchando a muerte por el capital.

¿Estaba pensando el hombre de la carnicería en toda esta ideología al momento de perseguir y atropellar al sujeto que le robó? Presumiblemente no, tal vez sólo lo movía la emoción violenta de verse desposeído e impotente ante el acto de aquel quien se vio en el derecho de sustraerle sus pertenencias mediante el uso de la fuerza. Pero en definitiva a sufrir estas pasiones, a buscar vulnerar al otro, a tomarlo como medio y no como fin es también a lo que nos conduce buscar la máxima concentración de capital posible.

El filósofo italiano Giorgio Agamben recuperó el concepto del derecho romano de homo sacer para referirse al ser humano actual; esta figura representaba a aquel que podía ser asesinado sin que ello repercuta en consecuencias negativas para su verdugo. Retomando esta categoría entonces podemos preguntarnos ¿no fue el carnicero un homo sacer para el ladrón por poseer lo que él deseaba acumular? ¿Y no lo fue el ladrón para el comerciante harto e indignado por el ilícito? ¿No fue visto así el linyera empujado por los jóvenes, como alguien sin derechos e incluso inferior a ellos? ¿No es este concepto el que define a las personas sin capital o que obstaculizan su generación para los cultores del Mini Davos?

Como conclusión parecería ser que las tres noticias mencionadas son independientes unas de las otras, pero analizando con detenimiento vemos en la degradación de las relaciones humanas que provocó la idea de acumulación de dinero como máxima de la vida un punto en común entre ellas, punto en común que posiblemente se puede extender a muchos otros eventos que leemos o vemos cotidianamente. Pero ¿qué hacer ante esto? Quizás encontrar una respuesta que solucione y construya nuevas formas mas humanas de concebir al otro sea un trabajo arduo, más no imposible. De todas maneras un primer paso sin lugar a dudas será el de intentar frenar la vorágine del día a día y entender cuáles son las ideas que nos rigen para que, al menos, seamos capaces de elegir libremente qué vida deseamos llevar y no repetir automáticamente lo que otros nos dicen que debemos hacer, querer y sentir.