Federico Mana
Federico Mana

¿Qué nos mueve a realizar, consumir y propagar videos íntimos? ¿Por qué esta aparente necesidad de querer ver todo lo posible de ver? Estas y otras preguntas más podemos hacernos a partir del caso de los pilotos de TC y las repercusiones suscitadas por ello.

¿Alguna vez nos hemos preguntado por qué existe tanto desarrollo y consumo de cámaras? Hoy por hoy ningún teléfono celular puede ser considerado como útil o valioso si no porta al menos dos lentes a través de las cuales poder captar, fotografiar y grabar lo que está sucediendo a nuestro alrededor. Se propagan los cursos de cine y fotografía, de edición digital, se comercializan cámaras para usarse debajo del agua, en el aire, en deportes extremos, como elementos de seguridad o para observar dentro de nuestro propio cuerpo.

Quizás la respuesta ante tanta efervescencia filmográfica tenga que ver con el creciente deseo de poder observarlo todo, deseo espoleado sin dudas por la ideología de la transparencia, esto es, por aquel pensamiento de que todo debe poder ser visto, que los límites de lo íntimo y lo público se han de difuminar inevitablemente, de que lo explícito ya no es un derecho sino una obligación.

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Así pues no es ilógico que proliferen todo tipo de videos que muestren con excesivo detalle un acontecimiento cualquiera: desde una broma, hasta un accidente automovilístico, desde un robo y asesinato hasta un acto sexual. "Quiero ver" parece ser el pedido de una sociedad entera que requiere con vehemencia la producción de un caudal enorme de contenido visual dispuesto a ser fagocitado.

Sin embargo, pese a que este es su pedido más expreso, pareciera ser que la sociedad no termina de aceptar su deseo o, por el contrario, lo acepta pero lo esconde tras un velo de corrección política por considerarlo de bajo valor moral. Centrémonos por ejemplo en el video sexual que filmaron los dos corredores de Turismo Carretera con una mujer; rápidamente se viralizó motivado por el morbo que genera ver a personas públicas realizando actos íntimos, independientemente del contenido del video. Es decir, como sociedad nos impactamos por ver a personajes reconocidos en situaciones similares a cualquier otro ciudadano, lo que causa la doble moral de experimentar placer al ver lo que se ve pero rechazarlo por "indecoroso".

Claro que, en estos casos, quien se lleva la peor parte es la mujer, quien suele ser desmerecida, vista como un ser inferior por sus comportamientos, comportamientos que muchos desean o llevan a cabo pero sin que se hagan públicos, poniéndose así en juego una hipocresía en donde la ley ética no se respeta por su cumplimiento sino por no mostrar que se incumple. En resumidas cuentas, la sociedad le demanda a sus individuos que sean sujetos públicos, que se sometan a la tiranía de la transparencia y de lo explícito para luego condenarlos por actuar conforme a lo que se les exigió. Así pues en esta lógica perversa del escándalo miramos para condenar a los otros en voz alta mientras los envidiamos en voz baja.

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Pero ¿qué sucede cuando dejamos de ser espectadores para pasar a ser productores de nuestro propio material? ¿Qué mueve a las personas a filmarse? Hasta antes de la explosión de las redes sociales las personas públicas, aquellas que tenían visibilidad eran "elegidos" que lograban su puesto en los medios sea por talento, esfuerzo, acomodo o dinero. No obstante con la emergencia de la idea de "reality show" apareció la noción de que "cualquiera" puede ser reconocido, considerarse estrella y ser visto por miles de televidentes. Ahora bien, con la irrupción de la web 2.0 esto fue llevado hasta al paroxismo: todos nos podemos viralizar, aunque para ello haya que correr los límites de lo ya visto.

Bajo esta concepción de que yo también puedo ser famoso o yo también puedo ser estrella de cine porno, lo fílmico se convirtió en un proceso cotidiano: registramos nuestras acciones, lo que comemos, con quién estamos, dónde vamos, qué leemos y, por supuesto, cómo tenemos relaciones. Posiblemente el nivel de difusión buscado para cada uno de estos actos sea diferente, pero lo cierto es que una vez que pasa por el filtro de la cámara ya comienza a ser elemento pasible de ser publicitado.

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En conclusión, vivimos en una época paradojal y dañina porque se nos exige despojarnos de cualquier velo íntimo para ser aceptados pero al mismo tiempo se nos condena por ello, debiendo entrar en una doble moral completamente hipócrita; preservar el derecho a la intimidad pareciera ser retrógrado y exponer al público toda nuestra vida resulta escandaloso. Entonces ¿qué hacer? Quizás si dejamos de querer ver todo, si empezamos a respetar el deseo del otro de no mostrar e incluso de ocultar podamos comenzar a revertir esta situación, aunque eso implique luchar contra la tentación de observar con lujo de detalle aún hasta los actos más privados.