Federico Mana
Federico Mana

El día de la diversidad cultural nos invita a reflexionar acerca del respeto por los demás, del lugar que le damos a la diferencia y acerca de si realmente damos espacio a la alteridad con nuestras prácticas o todo se agota en un discurso políticamente correcto.

Cuando a lo largo y ancho de nuestro país se lleven a cabo los actos escolares pertinentes al Día de la Diversidad muchos serán testigos de niños disfrazados de diferentes etnias conviviendo en paz y armonía mientras se leen palabras que llaman al respeto mutuo, a la comunión de ideas y a la unión de los pueblos.

Posiblemente en las redes sociales también sean muchos quienes hagan mención a los horrores perpetrados por los conquistadores europeos solidarizándose con los pueblos originarios y reflexionando respecto a la necesidad de posibilitar que las distintas culturas coexistan pacíficamente. Sin lugar a dudas palabras como "diversidad", "tolerancia", "multiculturalismo" e "interculturalismo" serán los trending topic de la fecha.

Ahora bien, la pregunta que podemos hacernos es si esta supuesta concientización responde a una reflexión profunda que la humanidad ha llevado adelante acerca del tema o si, por el contrario, todo se reduce a una impostura, a una máscara hipócrita que mostramos a los demás para dar cuenta de lo buenos y respetuosos que somos.

Es que, siguiendo esta última hipótesis, todos tenemos la lucidez para percatarnos que en el discurso políticamente correcto queda "bien" hablar del respeto a la diferencia y, más aún, velar por los derechos de alguien lejano tanto geográfica como temporalmente. Nos resulta una aberración (claro que lo es) y nos conmovemos por la aniquilación de las culturas originarias en el siglo XV tanto como por la muerte de miles de sirios en la actualidad, pero ¿qué tanto nos conmueve cuando el otro afectado es un cercano? ¿Acaso no nos está resultando más fácil indignarnos por el lejano en vez de por el próximo?

Así pues pareciera que sólo se levantan las banderas del interculturalismo cuando se trata de que otros convivan con sus diferentes pero obviamos totalmente reflexionar sobre nuestras propias prácticas de respeto a la alteridad. Hoy el otro cercano es el "villero", la "torta", el "travesti", el "chorro", el "cheto", el "marica", el "careta", el "bolita", el "paragua" y un sin fin de epítetos peyorativos más con el que tendemos a bautizar a los que vemos como diferentes de manera tal de que esta distancia simbólica entre "ellos" y "yo" quede perfectamente establecida. ¿Estamos dispuestos a respetar sus derechos, a convivir con ellos?

Hoy el otro cercano es el "villero", la "torta", el "travesti", el "chorro", el "cheto", el "marica"

En este sentido, podemos afirmar que el llamado frívolo del respeto hacia los demás se difumina cuando ese otro tiene un rostro distinto al que nosotros consideramos que se debería tener. De esta forma se generan las condiciones de posibilidad para que emerja ese concepto tan cínico llamado "tolerancia", al cual hemos abrazado con fervor y sin un mínimo de pensamiento crítico. "Tolerar está bien, es correcto" pero ¿qué es tolerar?

A tal respecto el filósofo francés Jacques Derrida sostiene que la tolerancia es una categoría mediada por las relaciones de poder: quien tolera es aquel que pone las condiciones al tolerado, "yo te acepto si vos te comportás como yo te digo que lo tenés que hacer". Como se puede observar, no hay reciprocidad si no lisa y llanamente un orden jerárquico. ¿No es de esto de lo que se habla cuando se llama al cuidado de la diversidad? ¿No estamos, en realidad, sosteniendo que somos capaces de respetar al otro siempre y cuando este se comporte según nuestros estereotipos y dictámenes?

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Precisamente en estos días se dispersó por las redes una imagen de la ANSES en donde los prejuicios se ponían en evidencia; la familia bien constituida para las asignaciones familiares y la mujer sola con dos hijos para los planes de asistencia. Este es el discurso no sólo oficial si no incluso social en donde se configura mediante diversos mecanismos de poder un "nosotros" que está del lado de lo bueno, lo justo, lo bello y el deber ser en contraposición de los "otros" que encarnan lo absolutamente diferente, lo errado, lo falso, lo malo y lo feo.

Por todo ello si la "diversidad" se vuelve aplicable sólo para el grupo de "nosotros" entonces será una palabra trivial, frívola, vacía de sentido, que se usa para quedar bien. Por el contrario si la búsqueda es la de interactuar auténticamente con los "otros" para que dejen de ser ajenos a nosotros, aceptando su entidad y su decisión de ser como son, reconociendo que su humanidad vale tanto como la nuestra, quizás estemos haciendo del respeto una práctica coherente. Pero para ello se requiere del esfuerzo de salir de los propios prejuicios, de una conciencia plena y de una apertura real hacia el otro, no vaya a ser cosa que terminemos cayendo en el famoso edicto orwelliano: "todos somos iguales pero algunos somos más iguales que otros".