Federico Mana
Federico Mana

¿Es la conmoción un rasgo identitario de nuestra época? ¿A qué nos lleva vivir conmovidos? El aberrante caso de Lucía Perez y la concatenación de hechos macabros que se dan a diario nos llevan a preguntarnos estas cuestiones.

A lo largo de la historia muchos han sido los autores que han pretendido definir su tiempo mediante categorías tajantes que den cuenta del estado particular de la sociedad en la que han vivido, de forma tal de encontrar desde allí respuestas que les ayuden a comprender por qué pasa lo que pasa. Así pues encontramos "la era del vacío" de Gilles Lipovetsky, "la sociedad del cansancio" de Byung-Chul Han, la "modernidad líquida" de Zygmunt Bauman o el "tiempo de ilustración" para Immanuel Kant entre tantos otros casos.

Cabe comprender no obstante que, por muy determinantes que parezcan estos señalamientos, a lo que se alude es a una tendencia social, a definir ciertos rasgos que le otorgan una forma de identificación. Ahora bien ¿cómo nombrar la sociedad actual? Tal vez varias de las expresiones mencionadas todavía pueden aplicarse y existen además muchas otras maneras de percibir a nuestro tiempo, sin embargo podríamos atrevernos a dar una perspectiva más de todas las vigentes: vivimos en la sociedad de la conmoción.

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¿A qué nos referimos con esto? La "conmoción" es un sentimiento de indignación, de parálisis, de incredulidad, de shock que se da luego de un acontecimiento abrupto, inesperado y violento; no en vano se habla en medicina de "conmoción cerebral" luego de recibir un fuerte golpe en la cabeza. No obstante, en el plano de lo social, podemos hablar que es un estado de angustia que emerge ante situaciones puntuales que nos interpelan.

En este sentido se puede afirmar que la conmoción es una constante del tiempo en que vivimos, que se propicia desde distintos ámbitos independientemente del contenido de aquello que nos conmueve. ¿Qué significa esto? Que parecería que se ha vuelto más importante el estado de shock que el hecho puntual que lo ha generado. Por ejemplo hoy como sociedad nos vemos fuertemente conmocionados por la tortura, violación y asesinato que ha sufrido Lucía Perez en la ciudad de Mar del Plata. Un hecho horroroso por donde se lo mire, en donde la actitud de desprecio y de despreocupación total que han mostrado los perpetradores nos llena de ira, angustia, dolor y repugnancia. Pero ¿cuánto falta para que nos olvidemos de Lucía y nos veamos conmovidos por otro hecho?

Como podemos vislumbrar, el gran conflicto que surge de "vivir conmovidos" es que contradictoriamente tanto shock nos anestesia, nos paraliza de forma tal de que este estado sólo nos lleva a indignarnos pero no a pensar cuáles son las condiciones de posibilidad para que se den estos hechos espantosos ni tampoco qué prácticas podemos llevar adelante para modificar nuestra era. La conmoción ha mutado de ser un sentimiento transitorio para convertirse en imperecedero, lo cual nos transforma en seres estáticos.

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En resumidas cuentas, no estamos siendo capaces de resignificar la conmoción porque siempre aparecen nuevos acontecimientos que lo propician. ¿Quiere decir esto que la "solución" radica en dejar de verse interpelados por este tipo de sucesos? De ninguna manera, de lo que se trata no es de volverse imperturbables ante el dolor ajeno, si no más bien de no hacer de la indignación un punto final de manera tal de que podamos concebirla como un medio que genere acciones y reflexiones.

¿De qué sirve acaso rasgarse las vestiduras por Lucía si luego legitimamos y reproducimos un discurso de violencia machista? ¿Para qué tanta angustia si después invisibilizamos la lucha de las mujeres con un reclamo absurdo o con un silencio? La gran paradoja es que, por lo general, la conmoción no lleva al movimiento, si no la quietud total, al statu quo, al lamento estéril desde el cómodo sillón de nuestra casa.

Queda claro entonces que el shock debe continuar porque como afirma Naomi Klein, la conmoción del choque favorece la quietud ¿y las puertas a qué abre nuestra parálisis? En principio a la falta de memoria, a que todo lo que sucede nos genere la misma queja pueril, aquella que no busca más que expresar un descontento, sin compromiso, sin genuina búsqueda del cambio. Nos encontramos ante un nuevo femicidio, ante un nuevo horror a sabiendas de que no será el último, quizás sea momento de dejar de lado la pasividad del conmovernos para pasar a la actividad del movernos. Al menos si queremos que Lucía Perez no se transforme en un expediente polvoriento más del triste archivo de atrocidades de nuestra nación.