Federico Mana
Federico Mana
El caso de Mailén, la niña que desapareció momentáneamente y puso en vilo al país nos lleva a reflexionar sobre el concepto de "travesura" y su relación con el acto de transgredir. ¿Cuándo una transgresión es revolucionaria y cuándo una llamada de atención? ¿Se puede transgredir siempre?
La figura del "niño travieso" acompaña a nuestra cultura desde ya hace muchos años y ha sabido tener sus íconos como el famoso "Daniel" o, más cercano a la actualidad y mundialmente reconocido, el niño problemas "Bart Simpson" (por supuesto que en nuestra sociedad patriarcal el varón rebelde se vuelve mucho más tolerable que la mujer). Personajes estos que nos generan gracia y simpatía a través de sus actos de ruptura, por momentos inocentes, donde se evidencia la capacidad imaginativa de los chicos a la hora de quebrar el orden instituido, ya sea por diversión o por hastío, aún cuando no midan del todo las consecuencias de su obrar.

Ahora bien, tal vez parte del aplauso que generan los "niños traviesos" se da por su búsqueda de desafiar los límites impuestos y además por cierta envidia adulta por no sentir la libertad de poder realizar prácticas transgresoras. Pero ¿qué sucede cuando la "travesura" se convierte en una acción peligrosa para quien la comete? En el escape de Mailén, motivado al parecer por el deseo de pasar una noche fuera de su casa, se vivieron momentos de zozobra al pensar en un principio que se trataba de un secuestro y luego por la incertidumbre de su paradero o qué le podría ocurrir a una niña librada a su suerte en la ciudad. Es decir, aquí la transgresión, el hecho de hacer algo inesperado y prohibido se transformó en una circunstancia que pudo poner en riesgo la integridad física de ella y que generó preocupación tanto en su familia como en la sociedad. Aunque ¿esto significa que toda transgresión es repudiable?

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En reiteradas ocasiones, las personas transgresoras son miradas con sospecha y se recela de ellas dado que, por un lado no suelen ser comprendidas y por el otro nos causa temor que hagan tambalear nuestras estructuras preestablecidas. Por ejemplo, la cultura rock nace como un movimiento de desestabilización, de posibilidad de pensar lo diferente, tanto como la filosofía, y por ello ha generado profuso rechazo en sectores conservadores: la sociedad instituye valores que se pretende que rijan la vida entera y a quienes se atreven a ponerlos en cuestión se los condena y aparta. Así pues, la transgresión se transforma en medio para el pensamiento crítico, para la emancipación, para la puesta en duda de los poderes que intentan guiar nuestro devenir.

No obstante, podemos comprender que cuando la transgresión deja de tener un fin ulterior y se transforma en un mecanismo repetitivo para posicionarse como diferente al resto pero sin una idea conducente ni un mensaje para transmitir, lo único que logra es perder el sentido, vaciarse de contenido. Por consiguiente es posible afirmar que la transgresión constante no sólo no logra romper con ningún orden, si no que además lo legitima y reproduce.

Dentro de la historia de la filosofía muchos han sido los personajes transgresores aunque quizás el más reconocido como tal es Friedrich Nietzsche, aquel que llamaba a filosofar a martillazos y proclamaba que "Dios ha muerto". Pero ¿buscaba Nietzsche romper con el pensamiento anterior a él y sólo dejar ruinas? Posiblemente no, su forma de pensar nos indica que buscaba des-estructurar el ser no para caer en un nihilismo si no más bien para defender el vitalismo, para afirmar el verdadero valor de la vida, desprendida de las ataduras que la reprimen, salvada de la "moral para esclavos".

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Volviendo al tema de los niños y niñas, quizás muchas veces se instaura una complicidad hacia ciertos actos que llamamos "traviesos" pero no admitimos ni fomentamos su capacidad crítica y hasta nos disgustamos cuando buscan anteponerse con sus propios argumentos al orden que los adultos intentan imponer. En definitiva hasta somos capaces de propiciar en ellos una transgresión absurda, repetitiva hasta el infinito, pero incapaces totalmente de educarlos para la emancipación, para que piensen por ellos mismos.

En este sentido, posiblemente muchos sostendrán que a Mailén le cabe un buen castigo por lo que hizo pero ¿realmente se busca que reflexione sobre sus actos, que aprenda sobre la libertad de cuidarse y hacerse cargo de sí misma? Al travieso se lo aplaude si nos causa gracia pero se lo condena si nos provoca, nos incomoda o nos enoja. Pareciera entonces no haber término medio, no haber una coherencia en donde se eduque a los chicos para velar por su propia integridad sin que eso signifique aceptar dócilmente las directivas ordenadas. Claramente Mailén necesita de un espacio para entender que lo que hizo pudo haberla perjudicado a ella y a los de su entorno, pero esto no significa que haya que legitimar una travesura vacía ni inculcarle el miedo a elegir; lisa y llanamente se deberá buscar que comprenda qué es ser responsable, y que serlo incluye también tener la potestad de transgredir.