La Cámara alta renueva 34 de sus 100 bancas, entre las cuales 24 hoy están en manos de los republicanos por lo que se espera que una buena elección de Hillary Clinton podría devolver el control de ese cuerpo a los demócratas.
Este martes 8 de noviembre el electorado estadounidense no sólo dirimirá la presidencia entre la candidata demócrata Hillary Clinton y el republicano Donald Trump, sino también el control del Congreso, lo que puede repercutir sobre la composición de la Corte Suprema y aún sobre la definición de la presidencial si hay empate.

Los republicanos pueden terminar perdiendo el control de la Cámara alta, que arrebataron a los demócratas en 2014. Aunque es difícil que pierdan la cómoda mayoría que disponen en la Cámara de Representantes, no es imposible que los demócratas recuperen el Senado, más aún si es elegida Clinton como presidenta.

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De los 100 escaños con que cuenta la Cámara Alta, en estas elecciones están en juego 34. Para que los demócratas recuperen el Senado, que perdieron en las elecciones de mitad de mandato en 2014, necesitan revalidar las bancas que ya tienen y que están en juego ahora y arrebatar cinco a los republicanos (cuatro si gana Clinton, ya que el vicepresidente es también el presidente del Senado).

Los republicanos se juegan 24 de los 34 escaños en disputa. Seis de los nueve más disputados están ocupados por republicanos en su primer mandato, que fueron elegidos en 2010. La experiencia histórica indica que les sería más difícil revalidar el cargo frente a otros senadores más veteranos.

Además, las elecciones al Senado coinciden con las presidenciales, lo que eleva la participación y hace más difícil para quienes tienen que revalidar su escaño lograr los votos necesarios. En general, un buen resultado del candidato presidencial de un partido suele impulsar a los congresistas de su formación.

De acuerdo con la web especializada Cook Political Report, los demócratas estarían actualmente en disposición de arrebatar entre cuatro y seis escaños a los republicanos, lo que les devolvería el control del Senado.

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En el eventual caso de un empate y una impugnación del resultado por el perdedor (como ya anunció que haría Donald Trump), la reconquista del Senado por los demócratas repercutirá sobre la composición de la Corte Suprema, lo que tendría directas repercusiones sobre el resultado final de las presidenciales.

Hasta ahora, los republicanos, valiéndose de su mayoría, vienen trabándole a Barack Obama el nombramiento del juez que reemplazará al conservador Antolin Scalia, fallecido el 13 de febrero. De este modo, la corte sesiona con ocho integrantes, cuatro nombrados por presidentes demócratas y cuatro por republicanos.

Esto significa que si Trump presentara una impugnación, el fallo sería empatado, y finalmente debería ser un tribunal de menor jerarquía (incluso estatal, no federal) el que defina quién será el futuro presidente de los Estados Unidos.

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La confirmación de su sucesor requiere el voto favorable de 60 senadores. Los republicanos no solo rechazan cualquier propuesta al respecto del presidente Obama, sino que algunos, como su líder, Mitch McConnell, han defendido que la designación del sucesor de Scalia corresponderá al nuevo presidente y, por ende, al nuevo Senado.

Paradójicamente, esta doctrina los pone ahora en riesgo de perder su capacidad de veto y le abre a una eventual presidenta demócrata las posibilidades que Obama tuvo bloqueadas sistemáticamente.

En lo que respecta a la Cámara de Representantes, los demócratas tienen un panorama menos prometedor por delante. Desde Sabato's Crystal Ball consideran "improbable que ganen los 30 escaños que necesitan para recuperar el control", para lo cual "haría falta un tsunami electoral, opina en el blog Alan I. Abramowitz.

La única opción, según este experto, pasaría por que "ganaran el voto popular por al menos cuatro puntos de ventaja". En ese caso, lograrían una exigua mayoría de 218-217 en la Cámara de Representantes, la primera desde que perdieron las elecciones de mitad de mandato en 2010.

La principal preocupación para los republicanos es la participación. La candidatura de Donald Trump a la Casa Blanca no es del agrado de muchos votantes republicanos, por lo que existe el temor de que estos opten por quedarse en casa y no votar, lo que afectaría al voto en las elecciones al Congreso.

Además, el hecho de que Estados Unidos cuenta con varias franjas horarias hace que si Clinton obtiene victorias en varios de los 'swing states', los estados más disputados, en la Costa Este, los votantes republicanos de la Costa Oeste, sobre todo en estados clave como California y Nevada, decidan no ir a votar.