Se acercan las fiestas y con ellas las tradiciones que las acompañan: los adornos navideños, la ebullición por las compras y las discusiones de todo tipo en la cena de nochebuena. Pero ¿cómo podemos hacer para aumentar la calidad de nuestros argumentos? ¿Podemos evitar caer en falacias?

"Papá Noel existe porque nadie pudo demostrar lo contrario" o "el vitel toné es rico porque la mayoría de la gente lo come en Navidad" son argumentos que, aún cuando podamos llegar a estar de acuerdo con su contenido, no nos dejan del todos convencidos, como si hubiese algo en ellos que no termina de cerrarnos, aún cuando no seamos capaces de determinar a ciencia cierta qué es aquello que nos "hace ruido".

Así pues, podemos observar que ejemplos como los anteriores abundan en nuestro léxico y más aún a la hora de discutir con los otros sobre variados temas. Ahora bien, si quisiéramos nombrarlas con propiedad debemos decir que estas construcciones lingüísticas se denominan "falacias", que no son más que argumentos que pretenden sostener una supuesta verdad sobre una estructura inválida lógicamente; dicho de otra manera, es un razonamiento que no garantiza fehacientemente que lo que se está diciendo vaya a ser verdadero. Por caso, del hecho de que mucha gente consuma vitel toné en las fiestas no se sigue necesariamente que este ha de ser sabroso, ya que la condición de su gusto no depende en absoluto de la cantidad de personas que se alimenten de él.

Sin embargo al momento de dialogar, y sobre todo de trenzarnos en disputa acerca de algún tema sobre el cual hay disenso, solemos recurrir consuetudinariamente a las falacias logrando que el debate pierda claridad y calidad, al mismo tiempo que se tuerza el eje de la conversación hasta llegar al punto que se olvida y confunde el origen de la trifulca, dejando de lado así la búsqueda de una tal "verdad" o del más mínimo consenso. Pero ¿cómo se constituyen tales falacias? ¿Cómo podemos reconocerlas para así evitar recaer en ellas?

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Como decíamos anteriormente, una falacia nace cuando queremos dar fuerza a nuestro argumento acudiendo a razonamientos mal construidos y que no garantizan que de premisas verdaderas no se sigan conclusiones falsas o, de manera más clara, que la verdad no se sigue necesariamente de la premisa. Por ejemplo, una de las falacias más utilizadas es la denominada "ad hominem" (ataque al hombre) que se trata ni más ni menos en señalar que la falsedad de una afirmación se da por condiciones particulares de la persona que la emitió: un caso de esta sería "Pedro dice que esta Navidad fue muy aburrida, pero Pedro no puede hablar porque el siempre fue un amargo". Como se ve, quizás Pedro esté equivocado, pero no se sigue necesariamente que, si lo está, sea porque sea un amargado, aunque por la forma en que se nos presenta el argumento nos veamos tentados a decir que está bien construido.

Por otro lado, la falacia de apelación a la autoridad también es de frecuente utilización ya que se basa en sostener que una afirmación es verdadera sólo porque quien la emitió tiene conocimientos o posee un rol social determinado. "El pionono de palmitos está rico porque lo dijo el tío, y él sabe de cocina porque tiene una parrilla". Aquí también se observa cómo este argumento resulta engañoso ya que podríamos decir que hay grandes probabilidades de que sea cierto, pero que haya probabilidad alta no significa que haya necesidad lógica.

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Asimismo podemos encontrar otras tantas falacias muy utilizadas en nuestro devenir cotidiano: apelación al pueblo (algo es verdadero o correcto porque cierta mayoría lo hace), apelación a la piedad, apelación a la fuerza, falacia del hombre de paja (se reformula lo que el otro dice hasta convertirlo en un argumento débil de forma tal que se pueda refutar fácilmente), falacia de causa falsa (se construyen conexiones causales que parecieran tener sentido pero que, en realidad, no hay demostración empírica de que así sea), falacia de pista falsa (se genera una distracción que deja de lado el argumento principal).

Como es posible observar, la lista de falacias es por demás extensa, no obstante ello no hace que sea irrelevante conocer al menos unas cuantas para así poder evitar caer en las mismas si es que se pretende tener conversaciones y discusiones serias que debatan ideas en vez de personas o circunstancias ajenas al tema en sí. Por todo ello, tal vez una manera eficaz de cumplimentar el deseo de tener unas fiestas en "paz y armonía" sea la de evitar que las discusiones que inevitablemente surgirán en las reuniones familiares se vean invadidas de falacias y argumentos mal construidos que sólo llevan a la confusión y al desgaste de las partes.