Federico Mana
Federico Mana

El caso de las tres mujeres echadas por la policía de la playa necochense producto de su decisión de no utilizar corpiño produce la necesidad de pensar en torno a las moralidades e ideologías presentes en los discursos sobre el deber ser femenino.

De paradojas y contradicciones pareciera estar construida nuestra época: mientras que miles de voces se levantaban un mes atrás para criticar con vehemencia la suspensión de los concursos "Miss cola reef" por tratarse de un atropello contra la libertad de las mujeres a mostrar su cuerpo por voluntad propia, hoy por hoy las voces se alzan para demandar que, si no es para uso estrictamente erótico, estos seres humanos en condición de femineidad tengan a bien ocultar sus pezones.

"Tetas sí, tetas no" pareciera ser una nueva vertiente de la tan famosa "grieta" que convive en nuestro país: por un lado quienes sostienen que los senos femeninos, al no ser genitales, tienen el mismo derecho a mostrarse en una playa que los masculinos; por el otro, quienes amparándose en el concepto de "cultura" mantienen que el lugar del pezón ha de ser tras la barrera de una prenda, porque de otra forma puede ser considerado como provocación sexual indebida.

Así pues, vemos cómo una vez más se coloca a la mujer en el lugar de la provocadora, de quien debe velar tanto por su imagen como por la interpretación de los demás sobre ella, al mismo tiempo que se hiper-sexualiza su cuerpo, ubicándolo en el lugar de mera mercancía. En la lógica de consumo, aquel objeto que es factible de ser alcanzado por cualquiera (más aún si es totalmente gratuito) carece de valor de venta, por lo que la dicotomía "accesible-inaccesible" es una variable a ser tenida en cuenta. Por lo tanto, si los pechos femeninos fueran admitidos como cotidianos ¿perderían su "valor"?

Podemos observar que detrás de muchas de las críticas a quienes defienden la idea de tener el mismo derecho que los hombres a estar "en cueros" cuando las circunstancias lo ameritan, existe este temor a que el seno femenino pierda su valor erótico, como así también de consumo. ¿Por qué si no se combate el topless de la persona cotidiana y se aplaude el de la super-modelo?

Decirle a la mujer cuándo mostrar y cuándo no, en qué condiciones debe estar lo que se ha de mostrar o a quién sí y a quién no, constituyen tanto una forma de apropiación masculina sobre el cuerpo femenino como un mecanismo de biopoder siguiendo las palabras del filósofo francés Michel Foucault, es decir, una forma de control sobre los demás desde una posición superior que se sustenta en un orden establecido que dirime entre los que están arriba y han de gobernar y lo que están abajo y han de acatar.

En este sentido, en la configuración cósmica de aquel que, también sin remera, le grita a una mujer con los pechos al aire "vos no podés estar así, qué le digo a mi hijo" el orden establecido dictamina que el hombre tiene derecho a elegir si quedar con el torso desnudo o no en la playa ya que eso no implica una connotación sexual, mientras que la mujer no goza de tal beneficio dado que es un "exhibicionismo" y que el rol de la teta es o bien amamantar o bien erotizar al hombre cuando este disponga el modo y momento.

A tal respecto la controversia y la convulsión se producen porque esta práctica busca romper con los "valores" supuestamente establecidos y que determinan lo que está bien, lo correcto, lo moral, lo esperable. Moralidad que establece roles cristalizados y que siempre será defendida por los que están ubicados en el lugar del poder, abogando por un presumible beneficio social pero que en los hechos sólo propicia su satisfacción.

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Aunque sonase un tanto forzado, quizás no es ilógico conectar esta prédica contra el topless femenil y el fuerte discurso anti-inmigratorio que se da en varias partes del mundo e incluso en nuestra sociedad. Desde el lugar del poder (sea patriarcado, androcentrismo o nacionalismo) se propone un orden como inmodificable y el mejor de los órdenes posibles en donde cada cual tiene su lugar asignado: el inmigrante si no es para traer prosperidad norte-eurocentrista ha de ser alguien que debe ser visto con sospecha, quien debe acatar el rol marginal que le cabe, aceptando los peores trabajos o asumiéndose como chivo expiatorio ante los males de un lugar: inseguridad, desempleo y crisis económica. Bien podría hacerse una campaña "el pezón tras lo oscuro y el inmigrante entre los muros".

En resumidas cuentas, gran parte de la cuestión se reduce al conflicto entre quienes creen tener la potestad de decirle al otro qué hacer con su cuerpo o qué lugar les ha de tocar en la sociedad y quienes se revelan contra ello porque creen firmemente que nadie tiene el derecho a torcer la autonomía de los sujetos que se rigen a sí mismos sin afectar en los hechos concretos a nadie. Entonces ¿a qué lado queremos pertenecer? ¿por qué este orden y no cualquier otro?