Federico Mana
Federico Mana

¿Qué motiva a ciento de miles de personas a asistir a un recital? ¿Es parte de una moda, del decir "yo estuve ahí" o tiene que ver con un proceso de construcción identitaria? ¿Debe existir una correlatividad entre la creación de un artista y su modo de vida?

El país entero se vio conmovido por los sucesos del último recital del Indio Solari en Olavarría, no sólo por la tragedia que devino sino también por la inmensa movilización de personas que provocó la que posiblemente sea la última de las "misas" del artista. Es que independientemente de la magnitud del evento, algo muy poco visto en nuestro país, al participar tantas personas podemos asegurar que por lo menos la mitad de la población de Argentina tuvo algún conocido que dijo presente, circunstancia que nos enfrenta al hecho de que más que 300.000 personas, en realidad todo el país se vio interpelado por el espectáculo musical.

Pero ¿se trata sólo de un show musical? ¿Podemos hablar del recital del Indio Solari como un suceso que pertenece al plano del entretenimiento y el espectáculo? Claramente no ya que en un concierto de tal envergadura se ponen en juego mecanismos inherentes al desarrollo humano que exceden la dimensión del entretenerse: cuando se elige participar de un evento que reúne tal cantidad de masa poblacional se está eligiendo directamente el derecho a pertenecer a una cultura, a ser parte de un suceso histórico que filosóficamente bien puede llamarse "acontecimiento".

Para algunos autores franceses como Jacques Derrida, Gilles Deleuze o Alain Badiou el "acontecimiento" es un suceso inesperado e imprevisible que revela al "ser" tal cuál es y que tiene semejante dimensión que es capaz de hacer estallar a la verdad. Hoy por hoy podemos decir que un recital de Solari representa esta categoría porque marca un hito simbólico dentro de la cultura nacional imposible de ser ignorado. Sin lugar a dudas, la congregación masiva que se ha logrado en todas las ocasiones demuestra la búsqueda existencial que permanece vigente en nuestra sociedad, búsqueda que va tras aquel signo capaz de reunir en sí valores e imaginarios que den a entender que uno puede ser miembro de un conjunto más grande y trascendente que el de la vida ordinaria.

Así entonces una "misa ricotera" se transforma en acontecimiento porque les revela a sus partícipes una verdad inconseguible en cualquier otro ámbito: la pertenencia a un colectivo que excede cualquier arresto individual y que se reúne en torno a los siempre resbaladizos valores que el rock puede llegar a representar, hecho que explicaría la asistencia de miles de sujetos aún conscientes del riesgo de perder la vida dentro de la marea humana.

Ahora bien ¿por qué suceden los desmanes? ¿Tienen que ver con esos supuestos "valores" que se desprenden de ser "ricotero"? Mucho se ha hablado previo al recital respecto al supuesto fenotipo del seguidor del indio, buscando muchas veces caracterizarlo como semi-analfabeto, inculto, alcohólico, delincuente, "vago" y vulgar. Como sucede a menudo, se trató de establecer una diferencia clara e irreal entre un "nosotros" y un "ellos" donde cada grupo representa un valor antagónico. Sin embargo, esta dicotomía no resistiría el menor análisis ya que al tratarse de un movimiento de masas, tal fenotipo se ve estallado: aunque parezca paradójico, no es posible caracterizar al seguidor de un movimiento que atraviesa clases sociales, geografías y edades.

Es que, posiblemente, esta verdadera subcultura que emerge como fruto de las creaciones artísticas de Solari es un reflejo tanto de ellas como de la idiosincrasia del creador. Así como en el relato musical conviven el hermetismo estilístico y la proeza lingüística con el lunfardo y la cotidianeidad, en el propio Solari se entremezcla la vida burguesa con la bohemia rockera al igual que en la subcultura de sus seguidores (que han traspasado su figura humana para constituirse como movimiento autónomo) coexisten el deseo de la conquista de la identidad a través de la apropiación simbólica con la desesperación y los actos irreflexivos propios de participar de la masa. En definitiva, son parte de un mismo sistema los desmanes y el orgullo de estar ahí, las muertes y el sentirse vivo con un acorde, la marea humana y la confraternidad, el lujo y la vulgaridad.