Por causa de las inundaciones tuvieron que dejar su casa y se fueron a vivir desde hace 10 días a un ómnibus que les prestó un amigo. Los niños duermen sentados en los asientos del colectivo y su madre clama por un colchón.
Cuando llega la noche y los chicos no dan más de sueño, Mariana Pérez, de 35 años, anuncia que es hora de sentarse a dormir. Es que desde hace 10 días, ella, su marido, sus hijos y sus dos nietos viven en el ómnibus que les prestó un amigo hasta que baje el agua. Lo estacionaron en la banquina de la ruta 157 y ahí viven, por estos días, un total de 10 personas.

El colectivo se ha convertido para esta familia en una casa incómoda, pero al menos está seca. Mariana todavía no ha regresado a su vivienda, porque está en una de las zonas más bajas, donde primero llega el agua y la que más demora en secarse, porque está justo al lado de una alcantarilla. "Es igual que vuelva o que no vuelva, si lo mismo ya hemos perdido todo", dijo resignada Mariana.

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Según publicó La Gaceta, después de la gran inundación de 2015, Ramón Albornoz, de 42 años, el marido de Mariana, quiso ser previsor. Armó todo para colgar las camas (un sommier de plaza y media recién comprado, por ejemplo) desde las correas del techo y cuando vieron que el agua avanzaba, pusieron en marcha el plan. No sirvió de nada: esta vez el agua llegó hasta el techo de la casa y aun con las cosas colgadas, se mojó todo. Nada sirve.

"Yo lo único que pido es que me dejen un colchón para que puedan dormir los chicos, que duermen sentaditos en los asientos del ómnibus. Pasan todos con las donaciones llevando cosas para otros lados, para Las Ánimas por ejemplo, que ya no les hace falta, pero a mí no me quieren dejar", se quejó la mujer sentada debajo de una improvisada galería que armaron con cañas y un plástico negro atado en el frente del colectivo que, por ahora, seguirá siendo su casa.