Federico Mana
Federico Mana

¿Por qué un juego como el de la "ballena azul" puede ganar adeptos en todo el mundo? ¿Puede hacer algo más la sociedad que ponerse en alerta? ¿Están en riesgo nuestros adolescentes?

Cada vez que toma trascendencia alguna noticia referida al juego de la "ballena azul" se enciende las alarmas y la indignación emerge a flor de piel ya que parece ilógico tanto el hecho de que haya sujetos que instiguen a otros a infligir daño sobre sí como que haya otro tanto de personas dispuestas a seguir de forma autómata las órdenes destructivas de un desconocido. Así pues, pensar en un "juego" donde la meta es la desaparición (y por consiguiente la incapacidad para gozar de los supuestos beneficios de ganarlo) se asemeja a un total sinsentido por lo que no podemos más que preguntarnos por qué miles de adolescentes alrededor del mundo han sido atraídos por él.

Así pues, aunque fuese más simple y sencillo achacarle "problemas mentales" a los chicos y chicas que han buscado participar sea cumpliendo al menos uno de sus pasos o intentando cumplimentarlos a todos, lo cierto es que la categoría de anomalía tiende a ser un tanto reduccionista ya que este juego lo que presenta como trasfondo es la retorcida oportunidad de pertenecer a un ideario que promete reconocimiento individual a sus participantes. ¿Acaso no es la adolescencia un momento en donde la pertenencia y el reconocimiento de los otros cobran vital importancia?

En este sentido que se le llame "juego" a una actividad que de lúdica no tiene nada y que provoca más laceraciones que risas es un rasgo evidente de la red que se teje para captar adolescentes: bajo la máscara de un divertimento que promete visibilidad y pertenencia se esconde un mecanismo de control y autodestrucción.

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Se vuelve importante entonces, y para contraponer con lo hasta aquí mencionado, reflexionar sobre el "cuidado de sí" al que hacía referencia Michel Foucault. Lo que el pensador francés quería referir con esta categoría era a la moral de algunos autores griegos y romanos que fomentaban procedimientos para el cultivo personal, el cuidado físico y mental así como también para la elevación espiritual. Podríamos preguntarnos entonces si este cuidado de sí aún prevalece en nosotros. Pues bien, tal vez la respuesta sea bastante sencilla: a la luz de la vida que lleva nuestra sociedad occidental el cuidado ha transmutado más bien en lo que Foucault denomina como "tecnologías del yo", o sea, formas de construirse y modificarse ¿en qué? En seres productivos y estéticos, no mucho más.

Es factible entonces afirmar que vivimos en una sociedad de la autodestrucción que, aún cuando se escandalice por cuestiones tales como la "ballena azul", se ve incapacitada para transmitir un cuidado de sí tanto a los adolescentes como a las distintas franjas etarias que la componen. Claro, muchos podrán sostener que son más los chicos y chicas que desisten de llevar adelante conductas suicidas que los que lo hacen; sin embargo la cultura adolescente que se construye desde hace años no presenta más que conductas destructivas: consumo en exceso de todo tipo de sustancias, sedentarismo, inconsciencia e inmediatez.

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Por todo ello habría que evitar ver a la "ballena azul" como el mecanismo propiciatorio de las miseras juveniles: es al revés, si tiene cierto grado de aceptación este "juego" es porque viene a instalarse en un terreno fértil de adolescentes invisibilizados con ansias de pertenencia y ser reconocidos como entes individuales dentro de una sociedad autodestructiva que les enseña a cada momento a degradarse en busca del consumo y el placer irracional. ¿Podrá una sociedad que consume grasas y azúcares a niveles insalubres, que respira el aire que contamina a diario, que desiste sistemáticamente de dormir y que legitima la vorágine que la termina destruyendo enseñar a un adolescente a velar por su vida y su salud?