Federico Mana
Federico Mana

Los proyectos presentados en la Cámara de Diputados que solicitan quitar la obligatoriedad de las vacunas y la legitimidad medicinal de la homeopatía nos invitan a pensar sobre la validez científica.

Dentro del marco de la lógica clásica existe un principio que se llama "de explosión" el cual sostiene que a partir de un enunciado contradictorio es totalmente válido deducir cualquier otro tipo de oración. A este principio también se lo denomina ex falso sequitur quodlibet, cuya traducción del latín es "de lo falso se sigue cualquier cosa". De este modo decir que "si llueve y no llueve al mismo tiempo entonces la luna es de queso" aunque suene un disparate total, lógicamente es válido ya que la contradicción conlleva en sí necesariamente lo falso.

Ahora bien ¿hay alguna forma de llevar este principio lógico hacia otros planos? Podríamos estar de acuerdo en que comenzar cualquier tipo de argumento con una oración falsa muy probablemente viciará al resto, sin embargo definir con certeza qué es verdadero y qué no suele revestir un gran nivel de complejidad ya que, por lo general, nuestras afirmaciones no se expresan como contradicciones.

En este punto entonces es cuando aparece la comprobación como forma de establecer lo mejor posible cuándo un enunciado se corresponde con lo que la realidad es, proceso que desde ya conlleva varios conflictos. Sin embargo, pese a los problemas filosóficos de base como por ejemplo intentar establecer qué es "lo real", los seres humanos hemos podido establecer ciertos parámetros, métodos y prácticas que han logrado establecer pruebas funcionales al momento de querer saber cuándo se dice la verdad. Así pues nace la ciencia como aquel conocimiento que busca describir, explicar y predecir el mundo que nos rodea y que, sin lugar a dudas, ha transformado la humanidad.

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¿Significa entonces que la ciencia como disciplina tiene un manejo cabal y exacto de la verdad? Por supuesto que no, tiene sus errores, su luchas internas, sus incapacidades y sus modelos explicativos incompletos. Pero, aún con todo esto, ha sabido dar cuenta de muchísimas situaciones que el ser humano ha padecido no sólo diciendo por qué pasa lo que pasa, sino además proponiendo soluciones específicas que fueron eficaces para resolver todo tipo de problemas.

De esta manera, yendo al caso puntual de lo medicinal, gracias a la observación de incontables casos, a la experimentación por ensayo y error, a la contrastación de hipótesis y a la constante creación de nuevas técnicas (que devinieron en tecnologías), la humanidad ha podido curar y prevenir patologías de toda índole. Desde el descubrimiento del lavado de manos como prevención de la mortandad en puérperas, pasando por el hallazgo de los agentes patógenos como causas de las enfermedades, hasta llegar a la vacuna o la penicilina, la ciencia basada en la metodología de observación y comprobación empírica ha transformado visiblemente la realidad humana a lo largo de la historia, otorgando gran cantidad de datos observables y de fácil acceso que avalan su obrar.

Aún más, cotidianamente en nuestra vida podemos vislumbrar el efecto patente que generó sobre nosotros este tipo de investigación, ya sea para calmar un dolor de cabeza mediante un analgésico. Pero entonces ¿por qué aún cuando sus resultados intervienen directamente en nuestra supervivencia damos lugar a relatos que se posicionan en una vereda contraria? Es decir ¿por qué si aceptamos el trabajo realizado para calmar nuestras jaquecas lo negamos cuando se sostiene la inutilidad de una práctica medicinal? ¿Acaso no se basó en el mismo método de investigación? ¿No es esto una contradicción?

El mismo método científico que fue capaz de crear una cura para la poliomielitis, y que de hecho prácticamente la erradicó, es el que sostiene que la vacunación obligatoria es un acto médico que impacta de lleno en la buena salud de una sociedad y que la homeopatía como práctica medicinal es totalmente inútil ya que, de tener algún resultado, se debe pura y exclusivamente al efecto placebo. Por ello, cuando existen relatos e incluso proyectos de ley que parten de la idea de que esta práctica tiene alguna injerencia en la salud o que dudan de la efectividad de las vacunas es cuando emerge una pregunta eminentemente filosófica ¿debe el estado regir sus leyes según principios pura y exclusivamente científicos?

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Solemos confundir el basamento en parámetros científicos para incidir sobre lo real con algo que se podría llamar "cientificismo", o sea, pretender que la única forma de acceder a la verdad está en la ciencia exacta, aunque posiblemente ningún científico/a presuma ser dueño de una verdad indiscutible. Para evitar ello, de lo que se trata más bien es analizar quién tiene más probabilidad de alcanzar lo verdadero: si un sistema avalado tanto por datos como por soluciones demostradas o un discurso basado en enunciados contradictorios, con nulo soporte empírico y teorías incompletas. Es establecer, en definitiva, a quién escucharemos para llevar adelante políticas que incidan en el bienestar de la sociedad: si a quienes buscan construir conocimiento metódicamente o a aquellos que parten de lo falso para luego poder decir cualquier cosa.