Federico Mana
Federico Mana

¿Podrá una práctica que funciona bien en un contexto determinado aplicarse idénticamente en otro y mantener su eficacia? La propuesta de la "flexiguridad" nos invita a pensar esta y más cuestiones.

Cuando el mediático economista Martín Tetaz propuso desde su cuenta de Twitter, en función del conflicto de PepsiCo, la aplicación de un seguro de desempleo sostenido por los propios trabajadores muchos estallaron en su contra por considerar que su propuesta era retrógrada y no hacía más que buscar seguir erosionando los derechos laborales. Poco después desarrolló su idea basándose, según sus palabras, en el concepto de "flexiguridad" que tan bien funciona en algunos países de Europa como Dinamarca.

De esta manera, y según las palabras vertidas en su blog, este sistema se basa en la mixtura entre una flexibilidad del empleo y un conjunto de políticas sociales que tienden a contener a los desempleados hasta obtener un nuevo trabajo, hecho que lograría bajar las presiones sobre los empleadores y daría serenidad a los despedidos quienes percibirían un monto mes a mes, monto que, a vista de este economista, saldría del propio sueldo del trabajador.

Ahora bien esta situación idílica que se basa en algunos datos concretos presenta dos problemas claves: por un lado ¿es lo que presenta Tetaz una definición cabal del concepto de "flexiguridad". Por el otro ¿es válido pretender aplicar en Argentina la misma fórmula que funciona en un contexto geopolítico totalmente diferente? ¿Puede un mismo martillo clavar distintos clavos?

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En cuanto al concepto en sí, que claramente es un neologismo que parte de "flexibilidad" y "seguridad", caben muchas discusiones ya que es complejo y gran parte de su significado emerge de la interpretación que se le da a los términos que lo conforman. Cuando la Unión Europea se reunió en Lisboa en el año 2000 buscó redefinir estrategias laborales que le otorguen competitividad basándose en modelos exitosos de algunos de sus países miembros y estableciendo determinados parámetros a alcanzar. Es aquí donde la flexiguridad cobra mayor relevancia al ser tomado como un camino a seguir por sus Estados. No obstante cuando se remite a "flexibilidad" no hay una referencia explícita a la cuestión de que las empresas puedan despedir según su antojo o que los trabajadores pierdan sus derechos, sino que se piensa a esta categoría como la capacidad de adaptación a las necesidades de las sociedades y los empleados.

¿Qué significa esto? Entender que en Europa las lógicas laborales han cambiado, que los sujetos no se aferran tanto a un puesto fijo y que requieren un apoyo más que nada en lo referente a las transiciones laborales. Para ello se necesita un fuerte compromiso empresarial desde el plano de la responsabilidad social y un Estado garante que facilite las condiciones de posibilidad para que las transiciones sean armónicas, ya sea garantizando un seguro de desempleo, generando espacios de capacitación y/o constituyendo organismos que prevean despidos masivos promoviendo acciones concretas para evitar el conflicto.

Como se puede observar, la flexiguridad no se agota en que el trabajador pague de su salario una cantidad de dinero por las dudas de que lo echen (e incluso podría decirse que no se trata de eso). De hecho otro de los países que aplicó con éxito este modelo es Austria quien en el año 2003 reglamentó un sistema de indemnizaciones donde era el empresario quien se encontraba en la obligación de depositar una suma fija por mes en una cuenta a nombre del empleado el cual podía hacer uso de la misma en caso de despido.

No obstante ello, y más allá de cuestiones técnicas, queda la cuestión filosófica respecto a la aplicación de soluciones "pre-diseñadas" en casos parecidos pero diferentes. Sin lugar a dudas el contexto de aplicación de una política como la flexiguridad en Dinamarca es totalmente distinto al de la Argentina. No solamente la idiosincrasia es diferente, sino todo el sistema social. Hay pruebas concluyentes que sostienen que la aplicación de este sistema eleva la presión tributaria, pero los ciudadanos al tener confianza en el Estado, al ver con claridad la devolución que este hace de los ingresos en servicios públicos, no lo tienen como conflictivo, generando incluso un espíritu de "comunidad".

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Es decir, el sistema funciona porque se enclava en un marco superior muy distinto al nuestro y es en la sintonía con ello que logra sus resultados. Si tenemos un Estado que quita pensiones, que negocia salarios mínimos a la baja, que no puede contener la inflación, que ajusta en las tarifas y quita retenciones ¿Será capaz de establecer un fondo de previsión para evitar un crecimiento del desempleo? El panorama presente no pareciera dejar mucho lugar a la esperanza.

¿Es entonces el sistema vigente en nuestro país el que mejor nos conviene? Posiblemente no, pero tampoco se reduce a si una compañía tiene derecho o no a echar empleados, sino a por qué se establece un modelo económico que obliga a las compañías a cerrar y no es efectivo para re-absorber a los despedidos. En definitiva el problema pareciera ser no tanto las soluciones que decimos tener como las ideas que callamos al proponer tales soluciones.