*A pesar de las lágrimas que arranca, la cebolla está siendo reivindicada por los nutricionistas.

Hoy se la considera uno de los bulbos con más virtudes y el favorito a la hora de condimentar cualquier plato de la cocina Argentina. Así que arriesgáte a inundar de cebollas blancas, moradas y amarillas tus comidas.


 


Esta reivindicación es científica. Estudios recientes realizados en el Departamento de Nutrición de la Universidad de California en San Diego, Estados Unidos, comprobaron que la cebolla, especialmente la cruda, no sólo tiene un potente efecto antiparasitario, sino que por su bajo contenido de sodio es altamente recomendada en las dietas de los hipertensos. Para llegar a esta conclusión analizaron la rutina alimenticia y las consecuencias en la salud de 500 fanáticos de la cebolla contra la de otros 500 que jamás la consumían.


 


Compañera inseparable del ají rojo y del ajo, con los que forma el maravilloso sazón latino, la cebolla –oriunda de Asia- también aporta vitamina C al organismo, ayuda a la absorción del hierro, mejora la formación de anticuerpos y lucha contra agentes infecciosos.


 


Si todas estas razones no te alcanzan para consumirla, no te preocupes, porque hay más. Al parecer tiene un alto contenido de azufre, por lo que se cree que puede ser ligeramente antiséptica, y como tal se la utiliza como remedio natural por excelencia en muchas culturas. También se la considera útil en las dietas de personas que padezcan enfermedades de tipo degenerativo, cardiovasculares y reumáticas.


 


La cebolla tiene un verdadero récord de aportes al organismo. Es rica en flúor, fósforo, yodo, zinc, potasio, calcio, cloro y magnesio, es decir, casi todo el abanico de elementos que tu cuerpo necesita para un buen desarrollo, para la purificación de la sangre y la desintoxicación de toxinas que podés acumular. Es, definida por expertos, un superalimento, uno de los más completos.


 


Las virtudes de la cebolla se conocieron  en la antigüedad, cuando egipcios y griegos, la utilizaban tanto para curar como para fortalecer a la población. Esta tendencia se consolidó durante la Edad Media, cuando también formó parte de rituales religiosos de los pueblos celtas, quienes la comenzaron a consumir tanto cruda como cocida.


 


En la actualidad, los nutricionistas recomiendan comerla en sus dos versiones, aunque cocida se vuelve más digerible y, además, pierde su gusto potente que marca tal vez su única desventaja, rasgo negativo que comparte con su amigo el ajo: el aliento que deja.


 


Por eso, John Graham, uno de los científicos que la estudiaron en California, ofrece un secreto para evitar ese desagradable “efecto secundario”: tomando un vaso de agua inmediatamente después de consumirla podrás anular en el paladar gran parte del aroma fuerte que posee y conversar… y hasta besar sin perder el buen aliento.