*Por Dumas.

Capítulo 4 (Anteúltimo)
 
Luego de un tiempo, que me sirvió para que casi todos olvidaran, supe que me encontraba frente al próximo elegido.


Resultó ser un hijo de otra familia de payasos que, trepando por las ramas del árbol familiar, casi llegando a la copa era de algún modo pariente mío.
Lo hallé de casualidad en mi minuciosa búsqueda. Un asesino no conoce a su víctima sino hasta que la encuentra.


No importa su nombre, aunque los diarios ya lo revelaron a gritos. Trabajaba en un circo estupendo, donde hasta un número con leones le disputaba la fama.


Lo vi actuar por primera vez un viernes a la noche. Sinceramente debo decirte que una brisa de envidia me despeinó el ego al ver la reacción de la gente cada vez que él se presentaba en la pista. Todo el circo parecía reducirse a la nada; tal era la majestuosidad de su arte. Terminada la función, y como suele suceder entre colegas circenses, me acerqué a los camarines para saludarlo.
 
No hay mejor pasaporte dentro de un circo que el de, alguna vez, haber tenido un momento de gloria bajo una carpa. Se te rinden honores protocolares, y de la nada te organizan una cena multitudinaria. Es como un espejismo del respeto, porque en verdad, en el fondo, te están demostrando que sólo eres pasado y que nada podes compararte con el innegable presente. Que son ellos mismos.


Quizás obligado por nuestro lejano parentesco, tal vez por cumplir con tradiciones de cortesía entre colegas, mi futuro muerto me invitó a cenar donde fuimos deshojando viejas anécdotas; propias y ajenas.


Como la de aquél circo que contaba entre sus pobres estrellas una rutina de perros amaestrados que, en cierto pueblo de la provincia, provocaron el milagro de que un niño abandonara su silla de ruedas sólo porque comenzó a caminar para acercarse a acariciar a los canes. O aquella otra empresa, donde ya en su número final terminando la función, un inesperado corte de luz dejó ciega la carpa en pleno vuelo del trapecista y la muerte saludó con un sordo sonido de un cuerpo golpeando contra el suelo.


O aquella mañana, cuando en pleno centro de la capital, el circo del país amaneció con sus leones libres de sus jaulas espantando a sorprendidos madrugadores durante mas de dos horas, y sólo pudieron ser capturados por las balas de la policía. Fui yo quien recordó el descenlace de aquella improvisada cacería: los leones embalsamados, exhibidos en el museo nacional.


Puede anularse la noche mientras dos cirqueros repasan el historial de un picadero.


Puede anularse el tiempo cuando dos payasos se juntan, y guardan las sonrisas en la flor de la solapa, y se resignan a tirar sobre la mesa los naipes de la realidad.
 
Es verdad que podría haberlo asesinado allí mismo. O cuando salimos del restaurante. Nada era más fácil: un certero disparo, y mi nuevo cadáver estrenaba su muerte. Pero no era así como yo me había propuesto que sucedieran las cosas.


Un matador vence al toro en la arena; del mismo modo se mata a un payaso.
Le puso final a su destino cuando me invitó a que volviera a ver la función del circo al día siguiente. Alardeó diciendo que el espectáculo de la noche del sábado siempre era mas impactante que la de cualquier otro día de la semana. Yo acepté. La de un sábado, no es una mala noche para morir.
Así que, allí estuve yo otra vez, falsificado de público esperando mi hora de actuar.
 
Por Dumas
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