Amores que matan, amores al fin

*Por Marcelo Talamazzi.

Llegaste a mi vida como un símbolo de hombría. Todo el mundo me hablaba de vos: algunos bien, otros mal, pero entraste en mí y comencé a disfrutarte y a padecerte. Era apenas adolescente, escuchaba a los Bee Gees y todo aquello que, por aquel entonces "movía"  nuestra juventud que no entendía muchas cosas, que más adelante supimos, eran muy importantes, y marcaron una época de la Argentina.

Me acompañaste en malos y buenos momentos. Rendimos juntos INFELICIDAD Y COMPAÑIA..y aprobamos con 10. Recuerdo por ejemplo la libertad que teníamos para caminar juntos por la vida, en cualquier lugar. Pasaron los años, me casé, tuve mis hijos y allí seguías. Fuiste testigo de duros momentos de mi vida, y a la par de testigo, me acompañaste. Comprendí, pues mi cuerpo así me lo decía, que no eras bueno.

Intenté una y mil veces dejarte, hasta que por fin lo logré: ¡ah! cuanto me costó,  pero lo hice. Reconozco: me sumé a todos los que hablaban mal de vos. Pasaron ya 17 años : en ese lapso hubo situaciones, momentos, lugares y sensaciones que me hacían recordarte, extrañarte. Curiosamente eran situaciones ambiguas: felices y tristes. En las efímeras alegrías quería festejar con vos, y las en muchas amarguras necesitaba tu presencia. Pensé que jamás regresarías a mi vida... me equivoqué: estás nuevamente conmigo después de tantos años separados. Pero, vos estás igual. Los años para vos no pasaron, la misma presencia y ese mismo raro encanto que atrae. Aprovechaste, soy conciente, la debilidad  producto de la pena en la que estoy inmerso. Sé que ahora me hacés más daño quizás que antes, pues soy más adulto y más frágil que entonces. Te odio y te amo, por ello no sé si esta vez podré alejarte de mi vida. ¡Cuan parecido al amor eres! Te necesito....cigarrillo.
 
Por Marcelo Talamazzi

Dejá tu comentario