Cara de chorro

*Hubo alguien una vez que tenía un método “infalible” para detectar delincuentes: se llamó Cesar Lombroso. Nació en Verona, en 1835, y llegó a ser un destacado médico legal.
*Por Santiago López.

 El “eficaz” método con el que Lombroso decía poder reconocer a un delincuente, consistía en lo que se conoce como Teoría Lombrosiana; que no es ni más ni menos que  un tipo específico de descripción física: Lombroso sostenía que quién tuviera determinadas características faciales, era delincuente: asimetrías craneales, mandíbulas grandes, ojos saltones, orejas pequeñas, nariz prominente, así como también pertenecer a ciertos grupos sociales, religiosos e inclusive vivir en lugares donde el clima fuera especial, eran motivos suficientes para determinar que una persona era un delincuente.



Algo así como un identikit hecho, incluso, antes de haberse cometido el delito.


 


Rayano en la discriminación, Lombroso estaba convencido de su “detector de delincuentes”. Aunque muchos ni siquiera sabíamos de la existencia de Lombroso, todos los días aplicamos su particular teoría para determinar quién es un delincuente; incluso sin haber oído jamás la teoría lombrosiana.
 
“Qué cara de chorro tiene éste…”, nos escuchamos decir muchas veces, sin siquiera ponernos a razonar lo que estamos diciendo: juzgamos, y después analizamos. Creemos distinguir a un delincuente por aspecto físico, e incluso por aspecto textil: parecería ser que el prototipo del ladrón ha cambiado; desde el arquetipo del ratero vestido todo de negro y antifaz, pasamos ahora a juzgar como chorro a cualquier pibe que lleve un pantalón pescador, una remera de un cuadro de fútbol y zapatillas fosforescentes. Basta que lo distingamos para que crucemos de vereda, porque, de seguro, es un chorro…


 


    No importa si lo que aseguramos es verdad o no, sólo nos importa decirlo, sentenciarlo, hacer el identikit del delincuente antes de que el delincuente alcance la condición de tal.


En algún momento todos somos extremadamente lombrosianos. Y vamos mas allá, aún:
 
“Seguro que éste es un garca…”, sentenciamos cuando en el barrio vemos a alguien de saco y corbata; sin ponernos a pensar, siquiera, que ése a quién ya decretamos como garca, tal vez esté vestido así porque así se lo exigen en su trabajo; o mejor, porque se esforzó, y logró un puesto que nosotros no conseguiríamos ni en cuatro vidas. Y así y todo, vive en nuestra cuadra.



Somos geográficamente lombrosianos: Todos los que viven en las villas son chorros, aseguramos con impunidad de jueces; sin pensar, tal vez, que nosotros mismos podemos terminar viviendo en un asentamiento si la inestable economía del país nos empujara un escalón mas abajo. Y no por eso seremos ladrones.


Y solemos ponernos internacionalmente lombrosianos, tildando de lo que no nos gustaría que nos dijeran a nosotros a cuanto extranjero limítrofe vemos.


No importa si lo que aseguramos es verdad o no, sólo nos importa decirlo, sentenciarlo, hacer el identikit del delincuente antes de que el delincuente alcance la condición de tal.
 
Las apariencias engañan, y mucho: quién elaboró una teoría criminal basándose en la fisonomía de la persona, ni siquiera se llamaba como decía llamarse. El verdadero nombre de Cesar Lombroso era Ezequías Marcos César…


 


El día en que sea un modo, el que todos andemos por la calle con un espejo del tamaño de una caja de zapatos, y apuntemos el espejo a la cara del otro, nos encontraremos a las trompadas contra el vidrio.
 
 
Por Santiago López

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