Infancia, mi padre y leones...

*Por Santiago López.

Mi madre es la hija menor de una numerosa familia de ferroviarios, y mi padre el mayor de los hijos varones de una dinastía de cirqueros. Hace 38 años, el circo de mi abuelo paterno hizo pie frente a la casa de mi abuela materna y mis padres se conocieron, y se enamoraron. Y mi madre se fue con el muchacho del circo.

Al año nací yo. Luego vinieron mis hermanos, con quienes compartimos junto a mis primos doce años de niñez alrededor de una carpa de circo.



Lo recuerdo por fotos: mi primera mascota fue un cachorro de león; ahí está en el álbum familiar el pequeño felino sentado en la sillita que compartíamos cuando yo era pequeño también. Y al tiempo, ambos comenzamos a trabajar en la pista del circo.



El cachorro, como la fiera;  yo, como un bosquejo de payaso. Mi vida en el circo transcurrió hasta mis doce años. Luego, los caminos del destino me alejaron del circo y al circo de mí.

Mi madre procuró un trabajo más normal (digamos) y mi siguiente mascota fue un gato. Pero no hay caso: si el hombre lleva su destino en la sangre, en mi familia son obsoletas las tranfusiones.



Yo crecí en una vida normal (digamos), y el circo paso al baúl de los recuerdos de mi infancia. Hasta la semana pasada...



Mi hermano me llama por teléfono en esos momentos en donde uno ni siquiera espera que suene el timbre, y me dice:
 
Mi hermano: ¿Querés que te cuenta la ultima de papá?
Yo: Dale, decime.
Mi hermano:¿Querés que te cuente?
Yo: Dale, decime de una vez.
Mi hermano: Esta de domador. Si. Domando dos leones.
 
Después de salir de mi sorpresa, y de mi miedo, me dije "¿por qué extrañarse?". A los 65 años, mi padre volvió a vivir a sus 30 años, como cuando conoció a mi madre. Sus lazos con el circo nunca se rompieron del todo, pues de hecho, gran parte de su familia aun continua con circos, y hoy, hasta él mismo volvió a lo que siempre fue su vida.



Lo visité hace unos días: trabaja en el circo de un amigo de mi abuelo, y juro que si no lo conociera yo no diría que el hombre que vi tiene 65 años...

"Hijo, ya estoy en una etapa de la vida en donde no se vive un día más, sino un día menos", me dijo la mañana del 1 de enero pasado, mientras tomábamos sombra. En ese momento sus palabras para mí fueron un comentario del aire, y hace días me di cuenta que su voz era de plomo.

Me presentó a sus compañeros de trabajo, Patrio y Vicente (de ser león, yo me hubiera quejado por éste último nombre), mientras les daba el almuerzo: dos leones de tres años y medios en un impecable estado. Me quedé un largo rato mirándolos, mientras oía la voz de mi padre que les hablaba.

Por dentro, les pedí que me lo cuidaran mucho porque, ellos podían cambiar de domador, pero no yo de papá.


 


Nunca dormí tan serenamente como esa noche.

Yo era testigo de que a sus 65 años mi padre vivía en su cuerpo aquello que muchas veces se busca en elixires equivocados: volvió a encontrar su juventud en el rugido de un león.


 


Por Santiago López

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