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Me equivoco, luego existo

19 de febrero de 2017

¿Qué lugar ha de ocupar el error en nuestras vidas? ¿Debemos buscar ser máquinas infalibles o aceptar que en la base de la humanidad se encuentra el yerro? ¿Tenemos el derecho a equivocarnos en cualquier momento sobre cualquier cosa?

Cuiusvis hominis est errare: nullius nisi insipientis, in errore perseverare afirmaba muchos años atrás el romano Cicerón. "Errar es propio de los humanos" consideraba pero "sólo es del ignorante perseverar en su error" sentenciaba el famoso retórico del siglo I a.C. Pese a los años que han pasado, pareciera ser que esta afirmación es aún aplicable para analizar un contexto social de bipolaridad ante el error: por un lado se lo condena y por el otro se lo utiliza como excusa válida. ¿Debemos tener una posición férrea o saber separar entre "errores" y "errores"?

Empecemos por definir "equivocación"; nos referimos con este concepto a la acción o el resultado que son contrarios a lo esperado, que generan un perjuicio sobre sí mismo o los demás y que puede ser tanto emergente de un accidente como de una acción deliberada. Al señalar una equivocación lo que hacemos es marcar una situación ideal respecto a cómo deberían darse los acontecimientos para luego compararla con una circunstancia real en donde notamos una discrepancia.

Ahora bien, pese a que por lo general no se desean los resultado desfavorables de los errores, no podemos evitar que los mismos sucedan, convirtiéndose así en una posibilidad patente de cada emprendimiento que el ser humano realice. ¿Por qué? Porque más allá de su inteligencia, no siempre es capaz de abordar ni tener en cuenta todas las variables que se comprometen en su accionar, hecho que le da el cariz de falibilidad a toda la especie.

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No obstante, aún asumido este falibilismo, la sociedad occidental del siglo XXI sostiene ostensiblemente un discurso donde el error es la muerte, el fin, donde la presión por no equivocarse se hace presente cada día sobre nuestras espaldas conduciéndonos a niveles de autoexigencia patológicos que repercuten en el padecimiento de ansiedad, depresión y angustia. Por ello se busca el incremento de la automatización en los procesos industriales y se ve en la tecnología la aliada ideal para alcanzar la utopía de la infalibilidad.

¿Qué hacer entonces ante los errores que siguen ocurriendo? ¿Los condenamos con fiereza o los justificamos con benevolencia? En primera instancia sería propicio diferenciar los errores en sí y no encausarlos a todos en la misma categoría: no es igual una equivocación que afecta un plan de fin de semana que aquella que repercute en la calidad de vida de toda una sociedad. Asimismo, si se utiliza al yerro como método de aprendizaje a través de la acumulación de experiencia, la reincidencia a futuro hará mella necesariamente en la idoneidad de la persona que lo comete.

Por ejemplo, está dentro de las posibilidades que un cirujano cometa una equivocación en una operación (aunque claro está, al ser una posibilidad cabe la responsabilidad de tenerla en cuenta y arbitrar los medios necesarios para que no suceda), pero si los yerros se dan constantemente será lógico señalar la incapacidad del profesional, volviendo su hipotética defensa en base a que nadie es infalible en ilegítima.

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En este sentido, constituir un discurso único donde cualquier error es condenable y causa de considerar a alguien "inferior" es una atrocidad, ya que además de perjudicar la salud mental de los sujetos, configura una exigencia irreal que sólo provocará frustración. Sin embargo, volcarse hacia el lado contrario pretendiendo que cualquier error sea considerado menor o aceptable porque es producto de la "naturaleza" humana es de una ingenuidad supina y peligrosa ya que no contempla que los seres humanos pese a no ser perfectos, somos perfectibles.

Así pues, la discusión se traslada al plano de entender que los errores suceden, pero que es nuestra responsabilidad contemplarlos para evitar su repetición, al mismo tiempo que prever su emergencia poniendo en práctica todos los medios preventivos que estén a nuestro alcance. Que errar sea humano no significa haya que equivocarse reiteradamente para mostrar la propia humanidad porque, como decía Cicerón, la perseverancia en el error no es muestra de buenas intenciones sino de ignorancia, peligrosa y para nada inocente ignorancia.

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