Las mujeres también filosofan

Por: Federico Mana
05 de marzo de 2017

Si recorriésemos el panteón de los "grandes filósofos" encontraremos primordialmente nombres masculinos: Sócrates, Platón, Aristóteles, San Agustín, Descartes, Marx, Nietzsche, Foucault, Sartre. ¿Acaso no hubo ni hay mujeres filósofas? Y si las hubo ¿Por qué la historia las quiere dejar a un lado?

"No es que no hayan existido mujeres que filosofaran; es que los filósofos han preferido olvidarlas, tal vez después de haberse apropiado de sus ideas" afirmó Umberto Eco luego de leer el libro de Gilles Ménage "Historia de las mujeres filósofas". ¿Por qué afirmó esto el italiano? Sin dudas porque la mujer en la historia de la filosofía se ha visto desplazada, ocultada y silenciada en pos de los nombres masculinos que han llegado a cobrar mayor trascendencia quizás no tanto por la profundidad de sus ideas sino por ser portadores de pene.

Es que si uno hace un rápido repaso sea de un breve currículum escolar o de las materias universitarias que forman en filosofía, lo que encontrará es que las mujeres filósofas que aparecen son contadas con las manos y esto no sucede porque no hayan existido, sino por la visión eminentemente androcéntrica que impera en la sociedad y que considera al varón como referencia universal y único ser capaz de producir conocimiento y opiniones válidas.

Desde Hipatia de Alejandría hasta Martha Nussbaum muchas han sido las mujeres que han aportado ideas a la historia del pensamiento, pese a que el camino para lograr el reconocimiento popular y académico se ha entorpecido más que el de los hombres. Pero ¿no se supone que siendo la filosofía una práctica reflexiva que busca romper con los supuestos e ideologías establecidas debería evitar ser atravesada por una visión patriarcal y falocéntrica? ¿No debería mirarse a sí misma y deconstruir esta verdadera humillación?

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Desde Kant quien sostuvo que las mujeres eran como "niños grandes" hasta aquel docente que al hablar de Hannah Arendt hace más hincapié en que fue amante de Heidegger que en sus propia teoría, lo cierto es que en el seno propio de la filosofía se ha buscado soslayar a la mujer como sujeto pensante, aún cuando desde hace unos cuantos años el porcentaje femenino de quienes estudian, dictan clases y escriben libros posiblemente sea mayor al masculino. Entonces ¿por qué esta situación? ¿Por qué la filosofía no ha podido verse totalmente exenta de la ideología machista?

Es en la respuesta a estas preguntas donde encontramos que por mucha reflexión teórica que realice, el sujeto pensante no puede ver abstraído de su contexto histórico y, además, podemos ver cómo las prácticas androcéntricas se han instituido de tal manera que sea han invisibilizado, tomándose como legítimas e incuestionables. Pocos son quizás los que se preguntan por qué aparecen tan pocas mujeres en los manuales de filosofía, asumiendo que si no sucede es porque no las hubo o no dijeron nada demasiado importante; la propia Hipatia, Teresa de Jesús, Mary Wollstonecraft, Rosa Luxemburgo, Simone Weil, Simone de Beauvoir, Hannah Arendt, Judith Butler, Martha Nussbaum, Adela Cortina, Diana Maffía, son algunos de los cientos de nombres que se pueden citar y que, sin embargo, sistemáticamente se elige callar o, a lo sumo, mencionar al pasar.

A todo esto, debemos entender que la violencia sobre la mujer no se agota en el maltrato físico o verbal, sino que también incluye a los múltiples mecanismos de invisibilización y desvalorización hacia ellas por el simple hecho de poseer género femenino. Es decepcionante que aún en el plano de la filosofía pareciera que en determinados ámbitos no importen tanto los argumentos, las ideas y las razones como la persona de donde provienen.

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Pero entonces ¿cómo salir de este lugar? ¿Cómo romper con prácticas tan arraigadas que casi ni nos percatamos de que existen y tienen consecuencias denigrantes? Tal vez la salida valga tanto para la filosofía como para el resto de las dimensiones en donde se impone la "falocracia" o androcentrismo: respeto hacia el otro y su autonomía, ponderación de las ideas por sobre las condiciones personales y una profunda auto-inspección respecto al sexismo que domina las prácticas sociales, sexismo que pondera el género masculino por sobre el femenino y que imposibilita desterrar los vestigios machistas que arrastramos hace siglos, a menos que, por temor o culpable ignorancia, deseemos encerrarnos en la estúpida ilusión de que las mujeres no filosofan.

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