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El mejor de los mundos posibles

26 de marzo de 2017

¿Puede el optimismo desmedido propiciar el negacionismo histórico? ¿Cómo es que resiste el discurso optimista a los reclamos gremiales? ¿Vivimos en el mejor de los mundos posibles?

Más allá de que la filosofía haya sido relacionada con el pesimismo, sobre todo con la figura de Schopenhauer, también han existido los pensadores que sostenían un optimismo arrollador; sin ir más lejos, el propio término que designa a este cúmulo de ideas positivas nació en el seno de la filosofía. Fue Gottfried Wilhelm Leibniz quien en su Teodicea sostuvo que si Dios frente a la infinita posibilidad de mundos por crear que tenía eligió este, eso significa que vivimos necesariamente en el mejor de los mundos posibles, en un mundo que matemáticamente podría describirse como "óptimo".

Así pues, esta postura que supo recibir todo tipo de críticas a lo largo de la historia pareciera no obstante haberse erigido como modelo a seguir por muchos relatos optimistas que o bien sostienen que el mundo tal cual está es si no perfecto al menos muy bondadoso, o bien proyectan hacia el futuro un tiempo esperanzador donde los problemas actuales se resolverán y todos podremos vivir mejor y más felices.

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Claramente, la visión optimista de la vida nos enseña a no perder las esperanzas, a confiar en nuestra capacidad de cambio y a entender que el poder de la transformación radica en nuestras manos, afirmaciones que tal vez no estaríamos dispuestos a discutir. Pero ¿qué sucede cuando el optimismo interfiere con nuestra perspectiva de lo real? ¿Es lícito que ponderemos el venturoso futuro por sobre el ruinoso presente?

La consecuencia de su irrupción termina siendo entonces, aunque nos neguemos a ello, que el optimismo se vuelva una contradicción ya que propicia lo que pretende eliminar: la parálisis de una transformación concreta. Veamos pues qué sucede en la actualidad con el discurso gubernamental cimentado en la idea de que si nos unimos, con ganas, esfuerzo y alegría el futuro será inevitablemente mejor: ya que lo importante es el porvenir, la actitud ante el pasado deberá ser únicamente la de "sanar" o "superar". En este contexto pues se han dado las declaraciones de funcionarios y adeptos oficialistas respecto al Día de la Memoria, ya sea negando lo ocurrido, postulando la teoría de los "dos demonios" o desarrollando la idea de que la lucha por los derechos humanos es un negocio.

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¿Cómo construir un futuro mejor si no se dimensiona el pasado ni se tienen en cuenta las aberraciones acontecidas? No se muestra muy viable una proyección al mañana sin un arraigo en el ayer. Sin embargo aún resta el presente ¿no alcanzará con contemplarlo para ser optimistas? Los reclamos gremiales de los distintos sectores de la educación, los cortes de las organizaciones sociales, el paro nacional de la CGT e incluso el descontento generalizado que se manifestó en la marcha del 24/3 respecto de muchas de las políticas económicas actuales (actuales pero que repiten decisiones de hace cuarenta y un años) son signos visibles de que gran parte de la sociedad no cree estar viviendo en el mejor de los mundos posibles. Ante ello, la respuesta oficial es contundente: al manifestarse en el presente real están entorpeciendo el futuro intangible.

De esta forma se persigue con descuentos, con quita de personería o con balas de goma: para optimizar lo que vendrá no hace falta buscar cambiar el presente. Como sosteníamos más arriba, hay dos tipos de optimismos, el de pensar el hoy como bueno o el de sostener que mañana lo será; esta es sin duda la vertiente que se defiende a rajatabla en el discurso oficial para así seguir alimentando falsas esperanzas sin la necesidad de intervenir en el presente cumpliendo en cierta medida con la profecía del año 2002: el que depositó creencias recibirá creencias.

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