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¿Por qué no nos suicidamos?

23 de abril de 2017

Es más fácil hablar de sexo que de muerte; tal vez por ello la serie 13 reasons why tuvo tanto suceso: porque puso en el centro un acto que la humanidad nunca pudo entender por mucho que lo piense, reflexione o analice.

La relación del ser humano con la muerte siempre fue compleja y sinuosa, pasa del terror o el profundo rechazo hasta la erótica del deseo por lo incierto. Podríamos atrevernos a afirmar incluso que sin noción de muerte no habría ningún problema para la humanidad aunque tampoco ninguno de sus desarrollos: no habría ciencia, ni filosofía, ni tecnología, ni arte, ni nada por el estilo... ¿Será la historia de la humanidad la suma de prácticas que llevaron adelante los sujetos para evitar o al menos retrasar la muerte?

Ahora bien, el problema de la muerte trae consigo adherido el problema de la existencia y su sentido: ¿para qué vivir si vamos a morir? Pregunta esta que ha perseguido a filósofos y filósofas desde Grecia hace dos mil quinientos años hasta la actualidad. Para muchos encontrarle un sentido a la vida es descubrir su finalidad, su utilidad; "vivimos para ser felices" dirá Aristóteles, doctrina que aún hoy se sostiene como válida a la hora de intentar comprender nuestro ser aquí y ahora.

Sin embargo no todos los pensadores han sido tan amigables con el concepto de "sentido" como lo pudo ser, por ejemplo, Viktor Frankl. Aceptar lo absurdo o el sinsentido de la existencia es lo más coherente para Albert Camus quien llegó a considerar que el problema central de la filosofía no era otro que la pregunta acerca de por qué no nos suicidamos. Si no hay un para qué, si no se puede comprobar una existencia sobrenatural bondadosa, si predomina lo absurdo ¿por qué continuar viviendo si está en nuestras manos acabar con ello? Su respuesta es tajante: porque suicidarse es un escape que no resuelve el problema de la existencia, no hay que escapar al absurdo, hay que tomar noción plena de que eso es la vida y no pretender más de ella.

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Así pues se suele pensar que quien se suicida es alguien que no ama la vida, que siente desprecio total hacia ella y por eso decide culminar con la misma. No obstante podríamos afirmar todo lo contrario y sostener que, en realidad, aquel que se suicida tiene un amor excesivo por la vida, tanto que no puede soportar que la vida no sea como el pretende que sea. En tiempos donde el discurso acerca de que nosotros construimos la totalidad de nuestra realidad gana más y más terreno, es lícito cuestionarse si procurar que lo real sea exactamente como lo deseamos no nos conducirá a una esperanza ingenua que nos genere frustración ante las adversidades que no podemos controlar. ¿Será entonces el suicidio una vía de escape ante la intolerancia de que la existencia no sea necesariamente como queremos que sea?

De todas maneras, intentemos las hipótesis que intentemos, nunca sabremos a ciencia cierta qué pasa por la cabeza de aquel que lleva adelante un suicidio, si fue algo premeditado o impulsivo, si se debe a una fuerte depresión o a la curiosidad por saber qué hay más allá, si para escapar a un presente inconveniente o para punir por mano propia los pecados cometidos... Tal vez por eso la serie 13 Reasons Why tuvo semejante repercusión, porque más allá de tratar problemáticas actuales como el acoso escolar o la relación de los adolescentes y las instituciones, pone en el eje el proceso mental de una chica que decide quitarse la vida, narrando lo que la llevó a tomar tal determinación y señalando a quienes considera culpables de su dolor.

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Hablar de muerte y de suicidio es totalmente tabú; quien manifiesta síntomas suicidas o señala la intención de hacerlo más que ser visto con atención es tomado como alguien enfermo, como alguien aquejado por una patología ingobernable y contagiosa del cual hay que alejarse. Pero ¿no es nuestra sociedad una sociedad suicida? ¿No nos empujamos mutuamente a la autodestrucción? ¿No nos aferramos a una vida que sólo merece ser vivida si es tal y como creemos que tiene que ser? De esta manera ocultamos la muerte pero la propiciamos a cada instante, entrando en una lógica paradojal que bien se puede describir con las palabras del filósofo Byung-Chul Han: estamos demasiado vivos para morir pero demasiado muertos para vivir.

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