#FilosofíaAplicada Si cae Tinelli caemos todos

Por: Federico Mana
11 de junio de 2017

¿Puede el éxito llevarnos al colapso? ¿Es sostenible una vida que gire sólo en torno del hacer? El incidente de Tinelli nos lleva a preguntarnos estas y otras cuestiones.

Aunque absolutamente reciente podemos afirmar que lo ocurrido con Marcelo Tinelli al aire en su programa ya forma parte de la historia de la televisión argentina. Tal vez no por el hecho en sí, no es la primera vez que algún conductor tiene problemas en vivo, sino por lo que significa que una de las personas supuestamente más exitosas del país se debilite producto de su propio éxito y el ritmo de vida que éste impone.

Ya hace un par de meses él mismo fue noticia por irse de la conducción de AFA y tomar licencia en su cargo en San Lorenzo producto de un cuadro de estrés que requirió, por lo visto, una merma de sus actividades. Sin embargo, y a partir de lo que se vio con su afección de la garganta en vivo, es posible afirmar que quizás su salud no se recuperó del todo por lo que aún seguiría padeciendo los costos de cargarse sobre sí una ingente cantidad de actividades. Sin ir más lejos, en la propia apertura de Showmatch de este año hizo de su agotamiento el tema central.

Tinelli se queda sin voz - Final

Ahora bien ¿por qué alguien que ha acumulado fama, reconocimiento y riquezas en cantidades inimaginables sigue sometiéndose al ritmo de la hiperproducción? ¿Por qué llegar al punto del colapso? ¿Será consecuencia de alguna carencia o de la adicción a la actividad que sufrimos casi todos los sujetos contemporáneos? Reside aquí pues el punto central de nuestra reflexión: si una persona como Tinelli se ve subyugada por la cultura de la auto-explotación ¿qué queda para el resto?

Así pues, lo acontecido en Showmatch es un rasgo de nuestra época: no importan ni el rol ni el dinero; todos somos alcanzados por la sociedad del rendimiento tal como la bautizó Byung-Chul Han. No importa cuánto hagamos, nunca alcanza, nunca nos satisface, en una época de acumulación perpetua la actividad se convirtió en un bien más a ser conquistado a granel.

Pero ¿en algún momento nos detenemos a pensar en el sentido de este modo de vida? ¿Para quién queremos ser tan eficientes? ¿De qué sirve alcanzar todas nuestras metas si su consecución nos destruye a tal punto de impedir su goce? Solemos encontrar en el "hacer" el sentido de la vida, su "para qué" aunque no nos damos cuenta de que con ello vaciamos de significado a la vida.

En este sentido cabe el análisis en función del trabajo como actividad humana y si éste debe ser el eje sobre el cual gire la definición de nuestra especie, convirtiéndonos en una suerte de animal laborans, o si debe ser una actividad más de las tantas que se pueden desarrollar. Es que sin duda nos hemos acostumbrado al discurso que sostiene que trabajar nos da dignidad y sentido aunque pocas son las veces que nos ponemos a pensar si el trabajo debe ocupar el centro de nuestra existencia, hasta el punto de convertir los espacios lúdicos o de ocio en circunstancias de productividad, o por el contrario debe ser aledaño a ella.

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Por lo tanto ¿merece la pena dejar la salud por lo laboral, por estar constantemente activos? Aquí claramente se abre un conflicto difícil de resolver: aunque mucha gente no elija entregar su vida al trabajo no tiene otra opción si quiere sobrevivir. De esta forma se constituye una perversa simbiosis entre supervivencia y explotación: no podemos concebir estar sin producir pero la hiperproductividad denigra nuestra existencia.

Aún así, para aquellos que tal vez no están ante la necesidad fáctica de tener que dedicar la mayor parte de su tiempo al trabajo rentado para subsistir también impera la orden del accionar sin cesar bajo la amenaza de sentir culpa por el tiempo perdido o por no llegar a ser todo lo que presumiblemente se podría llegar a ser. No importa cuánto se tiene o cómo nos vean los demás, el sistema actual pareciera no permitir la satisfacción o realización personal así seamos individuos "anónimos" o nos llamemos Marcelo Tinelli.

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