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El candidato deseado

25 de junio de 2017

Con el cierre de las listas y las presentaciones de los distintos candidatos y candidatas para las PASO comenzarán a construirse las imágenes y spots de cada uno. Por ello ¿qué votamos cuando votamos?

La honestidad es su estandarte, su único objetivo es dar todo de sí para lograr un país justo; tiene grandes capacidades cognitivas gracias a las cuales es capaz de encontrar siempre la soluciones adecuadas. Respeta al medio ambiente junto con todas las formas de vida, ostenta valores éticos como nadie más, escucha a los más necesitados y es firme con quienes buscan romper las reglas. Tiene don de liderazgo y resolución, no infringe las normas vigentes ni es en lo material donde deposita sus esperanzas. Habla bien, tiene presencia intachable, goza de cultura, sabe entenderse con académicos pero también con las masas. Cuida su salud, es deportista, familiar y sabe gozar de los grandes placeres culturales...

¿Quién no votaría por alguien así? ¿No es lo que deseamos en cada elección? Sin embargo, pese a que este deseo que subsiste desde hace por lo menos treinta y cuatro años pareciera no haber sido satisfecho nunca, como sociedad no se ha dejado de anhelarlo. Si tal político/a no existe ¿por qué seguir buscándolo? Tal vez aquí ingrese la idea tan difundida de que la "esperanza es lo último que se pierde" pero también habría que sumar el factor "marketing" que, claramente, impera en nuestras decisiones aún más allá de lo que respecta a lo meramente comercial.

Así pues, la lógica del deseo actual pareciera centrarse más que en el alcance del anhelo en sí, en generar la ilusión o creencia de que se ha cumplido el deseo. ¿Qué significa esto? Que solemos vivir más para tener "sensación de satisfacción" que satisfacción en su pleno sentido. Al generar la ilusión el sistema de consumo se asegura que nunca dejemos de experimentar la carencia junto con la banal esperanza de que en algún momento, casi como por arte de magia, la insatisfacción desaparezca con el consumo adecuado y justo.

¿Cómo se aplica este esquema a la cuestión eleccionaria? Pues bien a partir del candidato deseado se construye la campaña que lo posicionará como un producto más a ser comercializado, de manera tal de constituir una imagen que se asemeje a la deseada, a sabiendas que los electores estarán más preocupados por creer que votaron bien antes que en analizar críticamente si la imagen confeccionada por la campaña se corresponde en alguna medida con la realidad.

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De esta forma, así como elegimos pareja según las fotos seleccionadas para aparecer en sus redes sociales, así como ponderamos un producto por sobre otro gracias al atractivo de su packaging, de mismo modo votamos por uno o por otro candidato. La fe en la imagen se ha vuelto determinante: no dudamos de su "verdad", de su integridad para mostrar el mundo tal como se supone que es. ¿Qué votamos entonces? ¿Un partido político con sus ideas de respaldo o un producto ideado por un grupo de publicistas?

A partir de este punto surge entonces una disyuntiva ¿son los publicistas los culpables de generar una política disociada entre lo que se muestra y lo que se hace o ellos simplemente se adaptan a lo que la sociedad les exige? Pensemos un ejemplo contrafáctico: si un candidato o candidata que cumpliera con todas las condiciones del primer párrafo de esta columna se presentara a las elecciones, pero sin tener un gran presupuesto para su campaña ni un grupo de expertos publicistas y coachs detrás ¿la gente lo o la votaría masivamente? ¿Tendrá alguna mínima oportunidad?

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Nuestra nada desdeñable intuición responderá esta cuestión señalando que sus chances son prácticamente nulas. Si bien es cierto que un candidato sólo, por más bueno que sea no puede solucionar nada (otra esperanza que habría que ir desterrando), también aparece como real que, en función de las lógicas de consumo que imperan, sin marketing prácticamente nadie podría alcanzar el voto popular.

¿Estaremos condenados a votar imágenes de cartón vacías? ¿Habrá que salir a combatir a los publicistas del mundo? Aunque pareciera que el problema siempre son los otros, quizás el conflicto comience en nosotros, con nuestra falta de crítica a la hora de tomar cualquier elección y con nuestro anhelo vacuo de satisfacción a través de un tercero o de algo mágico que se conozca sólo por su imagen inmediata.

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