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La punta del iceberg

07 de agosto de 2017

¿Qué lleva a las personas a creer que tienen la potestad de decidir por sobre los demás? ¿Por qué no somos capaces de respetar las elecciones ajenas? ¿De dónde nace el impulso a disponer de los otros?

Comienza un nuevo mes y una vez más la sociedad se ve conmovida por otro femicidio. Esta vez es el nombre de Anahí Benitez el que inunda las redes sociales reclamando justicia, con la indignación por lo ocurrido y por tener conciencia de que lo más probable es que en poco tiempo estaremos llorando otro nombre, otra mujer.

Así pues en los días que vendrán nos horrorizaremos con los detalles del asesinato que irán tomando público conocimiento y nos volveremos a preguntar cómo es posible que un ser humano haya cometido semejante atrocidad ya que nos cuesta entender que alguien que comparte nuestra especie, nuestra biología y nuestra geografía muestre tal desprecio por la vida ajena. Pero en el horror y la tragedia aparece un rasgo común y primigenio de nuestra sociedad que se ha esparcido prácticamente a todas las acciones: decidir por el otro.

Como decíamos, nos cuesta comprender qué mueve a alguien a sostener que tiene el poder para decidir sobre la vida de los demás, de secuestrar y torturar a una mujer hasta su muerte. Sin embargo esta arrogancia asesina puede ser vista como el corolario de una actitud que se presenta en mucho de nosotros: cuando escuchamos música en altavoz en un medio de transporte público, cuando interrumpimos el tránsito para estar más cómodos, cuando arrojamos todo tipo de residuos sin tratamiento al medio ambiente o cuando vandalizamos un bien público, en mayor o en menor medida estamos decidiendo sobre los demás, negando su voz y determinando qué debe hacer.

Por supuesto que existe una distancia sideral entre frenar un coche en doble fila en la calle y asesinar una mujer, eso no se pone en duda, no obstante bien se puede observar que existe un delgado hilo conductor que probablemente nos conecte a todos. Cuando se sostiene que el femicidio es el último eslabón de la cadena de la violencia machista lo que se quiere decir es existen muchos pasos previos, pasos que en reiteradas oportunidades se ven invisibilizados por su naturalización. La histórica creencia de la potestad masculina para decidir sobre las mujeres es un caso de ello.

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En este sentido debemos hablar de "androcentrismo" que no es más que la ideología que mantiene que la visión masculina ha de ser el centro del saber, el punto de validación de la verdad, lo neutral y universal. Desde este punto de partida no es complejo de ver que al imperar el androcentrismo todo aquel que represente el pensamiento masculino se sentirá con el derecho a imponer su perspectiva y, un pequeño paso después, a decidir por sobre quienes considere "inferiores".

Tal como se ve, la actitud de tomar elecciones que afecten a terceros sin tener el consentimiento de estos surge del excesivo centrarse sobre uno mismo, del tomarse como lo único importante, fruto de una ideología individualista dominante que nos atomiza y nos dictamina que el otro es un medio para alcanzar un fin, un peldaño más de nuestra escalera al éxito. Es entonces en el deprecio por la otredad y la idolatría del ego que nace el impulso a decidir por los otros, a disponer de su tiempo, de sus cuerpos e incluso de sus vidas.

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Es por ello que aunque pretendamos distanciarnos totalmente de aquel que haya asesinado a Anahí, debemos tener la suficiente introspección para preguntarnos si no habita en nosotros el germen de la egolatría y el androcentrismo, porque aún cuando seamos incapaces de atentar contra la vida de los otros, con nuestros actos y palabras podemos llegar a estar legitimando la supervivencia de este sistema creador de hombres y mujeres convencidos de su derecho a disponer de los demás.

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