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Protestas en Turquía: una semana, cuatro muertos y 4000 heridos

06 de junio de 2013

Comenzaron por la urbanización del último espacio verde de la ciudad más grande del país, Estambul, pero han avanzado en una puja entre laicismo e islamismo. Miles de personas resisten a la policía en casi todo el país. El primer ministro vuelve hoy al país en medio del conflicto.

Turquía lleva una semana sumida en la protesta generalizada. Cuatro muertos -tres manifestantes y un policía que se cayó en una zanja desalojando grupos de protesta-, más de 4000 heridos y 30 millones de euros en daños –y en presupuesto para balas y gases. Centenares de miles de personas movilizadas han tomado los últimos espacios verdes de Estambul, la ciudad más grande del país. Allí, en el Parque Gezi y la plaza Taksim, donde el primer ministro Erdogan anunció que pondrán edificios oficiales y un centro comercial, opositores resisten frente a las balas de goma de la policía, los camiones hidrantes y los gases lacrimógenos.

Hace siete días, cuando un puñado de ecologistas comenzó la protesta, nadie imaginaba lo que ocurriría una semana más tarde. Los sindicatos de izquierda – la Confederación Sindical de Obreros Revolucionarios (DISK) y la Confederación de Sindicatos del sector público (KESK), convocaron para miércoles y jueves huelgas por 48 horas, para acompañar la organización rebelde. Las manifestaciones son replicadas en  casi las 81 provincias del país, sobre todo en zonas más urbanas como la capital Ankara y la provincia de Esmirna.

La reacción del gobierno del Partido AKP –islamista moderado- de Erdogan es errante. Comenzó con declaraciones rutilantes de un primer ministro que estaba fuera del país y anunció que, "pasara lo que pasara", harían igual el proyecto de modernización y urbanización del Parque Gezi, un predio verde de unas cuatro manzanas en el centro de Estambul, rodeado de hoteles. También que movilizaría diez veces más gente que sus opositores. La respuesta por parte de los rebeldes no se hizo esperar.

Turquía, que lleva diez años de crecimiento económico ininterrumpido al costado de una Europa en crisis, se ha vuelto un territorio hostil para los sectores laicos. Erdogan supo ser un extremista islámico –fundador del partido fundamentalista- que tras un paso por prisión moderó sus postulados y, tras fundar un nuevo partido, obtuvo el cargo más importante del país en 2003.

Los organismos de derechos humanos y los sindicatos han denunciado en los  medios de comunicación que durante los últimos años han sido cercenados derechos civiles y de las mujeres, llegando a una virtual reforma islamista. La protesta ecologista inicial del Parque Gezi esconde –y ya no tan oculto, a decir verdad- una embrionaria rebelión popular laica que se opone a la democracia islámica de Erdogan.

Durante el último decenio, el desempleo se  ha mantenido en una cifra y el crecimiento  de exportaciones y turismo han mantenido la economía. El gobierno turco realiza denodados esfuerzos para ser aceptado como miembro pleno de la Unión Europea y, en ese marco, ha sostenido la recepción de inversiones extranjeras –que huyen de sus economías en crisis. La protesta amenaza con llevarse a los capitales asustados.

Los turcos llaman a Erdogan "el sultán" y denuncian sus modos autoritarios. Este martes, en medio de las manifestaciones y la agitación generalizada, la policía arrestó a 25 personas que convocaban a movilizarse a través de Twitter. El miércoles, a 15 extranjeros acusados de sedición. La prensa local -prácticamente en un 100 por ciento oficialista- anuncia que los grupos marginales de protesta buscan desatar el caos: replican el discurso de Erdogan, que volverá al país este jueves tras un viaje de tres días por el Magreb. 

Los rebeldes aseguran que lo aguardan movilizaciones en todo el país. Comenzaron siendo unos pocos ecologistas pacíficos y se han vuelto una multitud que exige cambios democráticos urgentes.

Por Brian Majlin

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