¿Fanático yo?

20 de agosto de 2017

¿Qué mueve a una persona a asesinar por una idea? ¿Qué origina el fanatismo? ¿Hay niveles de fanatismo? En tiempos irracionales no están de más estas preguntas.

Por Federico Mana

Ante actos como lo ocurrido en Barcelona tendemos a definir al fanatismo como el resultado de la irracionalidad humana, como el producto de mentes cegadas por sus ideas totalitarias que sólo conciben como humanos a quienes piensan igual. Es que claro, gran parte de la definición de "fanatismo" tiene que ver con el fervor exacerbado por algo, sea una creencia religiosa, una ideología política o un equipo de fútbol. Un fervor que se sostiene en la defensa de un verdad única, irrefutable, aplicable a todos y, por supuesto, de la que uno se siente parte.

Sin embargo no todo se agota en lo irracional, en la exageración o en la pasión desmedida ya que en el origen del fanático impera una lógica totalmente racional. Pensemos ¿quiénes son los terroristas que atemorizan hoy a gran parte de Europa? Los fundamentalistas del ISIS que perpetraron estos hechos no son los extranjeros que todos quieren señalar, sino jóvenes nacidos y criados en Europa los cuales han abrazado la causa del Estado Islámico movidos por el odio a un territorio, a una cultura que nunca terminó de hacerlos sentir pertenecientes a ella.

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Un atentado en Barcelona dejó al menos 13 muertos<br>
Un atentado en Barcelona dejó al menos 13 muertos

¿Por qué decimos que en el origen del fanatismo existe una dimensión racional? Porque lo que mueve a alguien a entregar su vida sin miramientos a una doctrina es la búsqueda de obtener una pertenencia que le fue negada. Cuando alguien ocupa sistemáticamente el lugar de excluido, cuando se le muestra que por su origen étnico, por su clase social o por su orientación sexual debe permanecer en los márgenes de la sociedad entonces se produce una permeabilidad a todo tipo de fundamentalismos que prometan inclusión, estatus y redención.

Así pues, lo que ISIS promete es la posibilidad de pertenecer, de ser considerado relevante en un plan que excede lo terrenal y que tiene como protagonistas a aquellos que toda su vida se vieron en roles secundarios, invisibles ante una sociedad que fue ganando su odio.

En este sentido, lo que el fanatismo ofrece a cambio de una entrega total y exenta de toda duda es la posibilidad de ser parte de algo más grande que la mera existencia individual, permitiendo una conexión con lo sobrenatural y la posesión de un nombre propio frente a la nula identificación que otorga el lugar de excluido. En definitiva, lo que se ofrece es la participación en una causa que sacie la sed no tanto de venganza como la de trascendencia, esto es, la superación de un plano de una existencia que sólo otorga dolor, desánimo y rencor.

Atentado Barcelona

Ahora bien, claro está que no es lo mismo tomar un auto y atropellar cuanta gente se le cruce a uno en nombre de una visión particular del islamismo que hacer de un cuadro de fútbol el centro de nuestra vida. Pero ¿acaso no se puede ver una fina línea en común? ¿No persiste la intención de ser parte de una totalidad, de una idea que a cambio de nuestro tiempo nos promete la participación en una causa que le otorgue sentido a nuestra vida?

Hoy más que nunca tememos al fanatismo de todo tipo y sus atroces consecuencias pero no por ello dejamos de legitimar un orden social que se sostiene sobre la exclusión de miles de personas que deben crecer en el resentimiento y el desasosiego por culpa de la inferioridad que quienes los han puesto allí le quieren imponer. ¿Y si también nosotros, los que nos decimos “no fanáticos”, empezamos a pensar en nuestro rol dentro de este sistema?

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