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Prueba de fe

Por: Federico Mana
26 de noviembre de 2017

La muerte de Justina, la desaparición del ARA San Juan, el tuit de Migue Granados: cuando los sucesos contradicen las esperanzas muchos se preguntan ¿para qué sirve la fe?

¿Qué es la fe? Con esta sola pregunta podría iniciarse todo un tratado acerca de la naturaleza humana y las formas en que nos hemos ido vinculando con nuestros pares, con nuestro tiempo e incluso con las incertidumbres que despierta nuestra propia existencia. Sin embargo al momento de animarnos a ensayar una breve definición se puede afirmar que la fe es un convencimiento sobre algo sin la necesidad de apoyo empírico, sea esto la creencia que un hecho va a acontecer, en que uno mismo tiene capacidades para afrontar dificultades, en que el otro va a cumplir con su palabra o que existe una naturaleza superior a la humana que es causa y efecto de todo nuestro devenir.

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Ahora bien: en momentos de prosperidad y alegría sostener la fe en uno mismo o en la divinidad pareciera no ser algo demasiado difícil, pero cuando sucede la tragedia, lo inesperado, lo doloroso podemos observar cómo los principios sobre los que se sostiene tal fe se ven resentidos. ¿Por qué ocurre esto? Porque la fe que solemos profesar como sociedad está basada en la expectativa de éxito entendiendo a este como la resolución de los conflictos según nuestro parecer; en definitiva es una fe que se ajusta a la efectividad de los resultados.

¿Cómo puede Dios permitir la desaparición de los 44 tripulantes? ¿Cómo puede Dios dejar que Justina muera a la espera de un corazón?

Así pues, si analizamos el tuit de Granados donde insulta contra símbolos religiosos en función de la muerte de Justina podemos encontrar esta visión que sostiene que la afirmación de lo sobrenatural cobra sentido solo si es funcional a nuestras expectativas. Lo curioso de esto es que por muy actual que se nos muestre, este conflicto humano ante la deidad que no responde al malestar aparece en la tradición judeo-cristiana desde hace miles de años en el Libro de Job del Antiguo Testamento.

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Allí se narra la historia de Job, un rico y próspero ganadero cuya vida se ve envuelta por todo tipo de calamidades provocadas por Satanás, con permiso de Dios, para probarle a este que el amor que le profesa es sólo producto de su bienestar. Es decir, el problema sobre los cimientos de la fe en torno al cumplimiento o incumplimiento de los deseos materiales está en el origen mismo de la religión que más ha influido en nuestra sociedad. Aunque claro, no es sólo el dilema de cómo mantener la fidelidad ante la adversidad el que se presenta en este libro sino también uno más profundo del cual se han escrito ríos de tinta: ¿cómo puede coexistir el mal con la idea de un ser superior totalmente bondadoso?

¿Cómo puede Dios permitir la desaparición de los 44 tripulantes? ¿Cómo puede Dios dejar que Justina muera a la espera de un corazón? Nadie tiene respuestas para estas preguntas pero es en el núcleo de ellas donde radica una cuestión eminentemente filosófica: la libertad humana. Al sostener una fe en un poder superior que debe cumplir con nuestros deseos entra en crisis la autonomía, a saber: ¿somos realmente libres si una deidad sobrenatural interviene fehacientemente en nuestra vida o en la de los demás?

En relación a ello, podríamos pensar que gran parte de lo que acontece en nuestras existencias es el resultado de la suma de las consecuencias de las decisiones que hemos tomado atravesadas por las consecuencias de las decisiones que los demás también han tomado y también, por qué no, una cuota de azar dada por la infinita suma de variables que se ponen en juego en este verdadero sistema caótico (tal como la física lo entiende) llamado “vida”.

En función a esto: ¿qué pasaría si existiese un “genio” que cumpla nuestros deseos? ¿Seríamos producto de nuestras elecciones o sólo el resultado de lo que otro decidió? ¿Qué sucedería cuando se encuentran deseos contrapuestos? ¿Dónde queda la libertad humana si pretendemos que a fin de cuentas todo lo termine decidiendo un poder superior?

En muchas ocasiones se suelen contraponer “libertad” y “fe” como si la defensa de esta última dependiera de anular nuestra capacidad de reflexión y toma de decisiones. Quizás el verdadero obstáculo que enfrenta la libertad es el convencimiento de que si algo más existe, este tiene que estar disponible para cumplir nuestros pedidos y para suplir los errores humanos que por desidia o ignorancia provocan los desastres y las tragedias que nos afligen.

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