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Noche de paz

Por: Federico Mana
24 de diciembre de 2017

Con la llegada de las fiestas se renuevan los deseos de paz, armonía y unión para toda la sociedad. Pero ¿es posible generar una reconciliación entre posiciones opuestas? ¿Podemos aspirar realmente a la paz social?

Cada año, cuando llegan las últimas semanas de diciembre, ciertos discursos parecen separarse de los acontecimientos para tomar un cariz edulcorado y un tinte esperanzador respecto a lo que ocurrió y a lo que vendrá. Los buenos augurios, los deseos positivos, las salutaciones masivas y las palabras de aliento para con aquellas personas con las cuales no hemos hablado durante el resto del año, se vuelven moneda corriente.

brindis
Brindis - Crédito: laplanner.mx
Brindis - Crédito: laplanner.mx

Sin lugar a duda la celebración de la Navidad y el año nuevo nos llevan a generar grandes encuentros, a vincularnos con gran cantidad de personas y, fiestas tras fiestas, a renovar las expectativas de unión y paz para todos como si en estas fechas todo volviera a cero y, con ello, se abriesen nuevas oportunidades para construir sin vicios lo que de una u otra forma no pudimos lograr durante el año que pasó.

Ahora bien: ¿qué tan posible es la concreción de nuestras ilusiones de paz y reconciliación? Claramente es difícil encontrar estadísticas que nos expliquen las probabilidades matemáticas de que eso suceda, más aún si nuestras palabras nunca van acompañadas de actos o gestos mínimos. Es decir, si año tras año repetimos nuestra intención de estar mejor entre todos ¿por qué no lo hemos logrado? ¿Será que queremos un imposible o que, en realidad, nada hacemos para que ese deseo se cumpla?

La armonía con los demás comienza con el reconocimiento de su existencia como independiente de nuestros propios deseos

En este sentido, si de hablar de “reconciliación” se trata, debemos entender que esta acción de restablecimiento del vínculo con aquel o aquella que nos hemos apartado o peleado se dará a través de la aceptación de que el otro es alguien diferente a mí y que tiene derecho a pensar distinto, como así también que se puede equivocar y que, posiblemente, una acción concreta no defina a la persona en su totalidad. Por ello, reconciliarse requiere de un compromiso que excede al mero discurso hablado, necesario, sí, pero no suficiente.

Así pues, compartir tiempo con alguien, sentarse a la misma mesa o chocar copas a la medianoche no alcanza para encontrarse con el otro ni mucho menos para rearmar un vínculo o establecer una paz verdadera que supla una “guerra fría”. Tanto en el plano de las relaciones individuales como de las sociales, la armonía con los demás comienza con el reconocimiento de su existencia como independiente de nuestros propios deseos, de nuestras propias exigencias. Como dirá el filósofo Emmanuel Levinas, para dar lugar al otro en nuestras vidas no debemos reducirlo a nuestro concepto de “totalidad”.

A partir de aquí podemos llegar a aventurarnos a decir que quizás sea este el punto más conflictivo: accedemos a la posibilidad de la reconciliación, de la paz y de la armonía siempre y cuando el otro se adapte a mis condiciones, logrando que sólo podamos estar bien con aquellos que piensan igual a nosotros. Claro está que hay condiciones básicas que exceden los requisitos personales; por ejemplo si alguien se quiere acercar a mí y yo lo recibo con agravios y hostilidades, poca armonía podremos lograr.

Es en este punto entonces donde podemos observar otro foco problemático: en una época donde el individualismo se ha vuelto ley a través de la difusión del culto a sí mismo, la competitividad extrema y el consumo como meta vital ¿no van a existir siempre ideas que quiten el derecho a la existencia a los demás? ¿Cómo logro reconciliarme con aquel que sostiene que mi ser no tiene derecho a existir?

Seguramente pasarán otras fiestas, se repetirán “nuevos” deseos de unión y de paz al mismo tiempo que se refrescarán las tensiones de siempre, sean familiares o sociales. Llegará un nuevo año y nos encontrará divididos, rencorosos y sospechando de quien tenemos al lado, logrando que el saludo de amor esbozado en diciembre se desdibuje ante el primer conflicto del 2018. ¿Se podrá salir de este círculo vicioso que se repite año tras año? Tal vez si admitimos que ningún deseo se cumple con su mera enunciación sino con los actos propios podremos estar al menos un poco más cerca de alcanzarlos.

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