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No seré feliz pero estoy realizada

Por: Federico Mana
07 de enero de 2018

¿Debemos los seres humanos "realizarnos" o no? ¿Somos seres incompletos a la búsqueda de algo que nos termine de dar forma? ¿Para qué vivimos? ¿Tiene algún sentido buscar "realizarse"?

Tal como lo demostró Facundo Arana con sus declaraciones de los últimos días, gran parte de la sociedad considera que al llegar a la maternidad las mujeres se realizan, esto es, que alcanzan el sentido de su existencia al cumplir con el “mandato biológico” que las ha de definir y que por ende las hace plenas, generando una especie de brecha entre mujer-madre-plena y mujer-no madre-incompleta.

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Claro está que, como se pudo observar, las críticas llovieron una tras otra sobre las declaraciones del actor, quien reconoció su ignorancia al respecto y se retractó de lo dicho. Ahora bien, este suceso nos abre la posibilidad de pensar y cuestionar un concepto que está más que arraigado en nosotros y que tiene que ver con la “auto-realización”, con aquel proceso de alcanzar cierta meta que nos otorgará significado al hecho de vivir y la supuesta respuesta a la pregunta de por qué estamos aquí en la Tierra.

Así pues, hemos coexistido por años con la estructura que defendía que la mujer encontraba su plenitud con el ejercicio de una función biológica mientras que el hombre lo hacía en su rol paternal-proveedor pero también con su actividad laboral. No obstante, aún cuando sigue afianzado este esquema, muchas son las voces que se levantan para deconstruirlo aunque no tantas son, quizás, las que se levantan para discutir el hecho mismo de la realización humana.

No tenemos “por naturaleza” la potestad de responder a ciencia cierta si hay algo que le dé un motivo a vivir

En este sentido debemos observar que cuando aceptamos la idea de que cada uno de nosotros debe encontrar el camino para alcanzar la plenitud o la realización lo que estamos admitiendo es que somos carenciados por defecto y que no tenemos “por naturaleza” la potestad de responder a ciencia cierta si hay algo que le dé un motivo a vivir. Por esto es que confiamos hallar aquel momento de entendimiento donde comprender quiénes somos y para qué estamos. “Realizarse” se convertiría así en una especie de punto final, donde toda incertidumbre humana reposa ante la tranquilidad de ya saber el por qué.

¿Qué pasaría si cada uno de nosotros elimina la idea de que hay algo que le da sentido al existir?

Sin embargo esta ilusión tiene al menos dos puntos débiles: por un lado el hecho de que las incertidumbres humanas no suelen ser fáciles de callar (por algo la filosofía ya lleva más de 2.500 años de existencia) y por el otro que, aún cuando creamos encontrar ese “punto final”, probablemente no será capaz de abordar toda la complejidad de nuestra existencia, debiendo así reducir nuestro ser a un par de características que son las que entenderemos como resueltas.

En definitiva, hablar de realización personal implica una visión antropológica, una definición rígida de lo que el ser humano es, un ser incompleto de origen que ha de encontrar la forma de consumarse. Pero ¿es este un objetivo a concretar o uno inalcanzable que sirve como motivación? Tal vez no sea tan importante realizarse como el hecho de intentar hacerlo. El problema radica en que esta visión antropológica suele estar mediada por mecanismos de poder que pretenden determinar el orden de las cosas y establecer un ser humano “pre-fabricado”. ¿Cuántos derechos y libertades se les han quitado a las mujeres por decirle que su meta máxima es y debe ser la maternidad?

Pero ¿podríamos pensar por fuera de la realización? ¿Qué pasaría si cada uno de nosotros elimina la idea de que hay algo que le da sentido al existir? Aunque suene nihilista o deprimente, quizás admitir el valor de vivir por el hecho mismo de vivir ya sea lo suficientemente potente como para querer extraerle una plusvalía. Además que alguien rechace la idea de tener que encontrar ese factor para completar esta humanidad supuestamente incompleta no significa que reniegue de otro concepto que se suele confundir con la realización pero que implica aristas más profundas: la trascendencia.

Podríamos, en definitiva, establecer una línea histórica donde la humanidad no ha ido tras la búsqueda de esa entelequia inasible llamada “auto-realización” sino más bien en busca de la trascendencia, de dejar un legado que pase las fronteras de la muerte y deje una huella de nuestra existencia sobre el planeta y sobre los demás, aún cuando no podamos verla.

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