Odiadores nacionales

Por: Federico Mana
14 de enero de 2018

Hace tiempo crecen en las redes seres que han cobrado popularidad gracias a la defensa de una perspectiva cerrada de lo real y del odio en sus más variadas formas, pero ¿por qué tienen lugar estos "odiadores"?

Pareciera que la receta es sencilla: un usuario en alguna red social, un perfil algo extrovertido, la defensa de “realidades alternativas”, la manifestación sin tapujos del odio hacia sectores sociales o personas, un par de contactos “de peso” y listo, tenemos un odiador u odiadora nacional. Estos sujetos autodenominados como “políticamente incorrectos” inundan los espacios virtuales con menor o mayor reconocimiento (algunos hasta llegan a ser diputados) sosteniéndose constantemente sobre su capacidad de cerrarse en un núcleo ideológico rechazando sin cesar todo lo que sea diferente.

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Ahora bien, antes de detenernos en las razones por las cuales una persona decide hacer de sí mismo un personaje valorado por su forma de denostar a los demás, quizás cabe preguntarse por qué la sociedad está permeable a legitimarlos y otorgarle a su voz carácter de verdad inmutable. Pero claro, para esto habría que adentrarse en la reflexión respecto al origen del odio en las sociedades, debate extenso y poco probable de ser cerrado en su totalidad.

Sin embargo el filósofo Cornelius Castoriadis hizo el intento de explicar de dónde proviene su origen identificando dos razones. Una es psíquica y la otra es social y se pueden resumir de la siguiente manera: la razón psíquica refiere a que, según el autor, la psique tiene tendencia a odiar todo lo que sea ajeno (argumento altamente debatible por supuesto); mientras tanto, la razón social hace hincapié en el malestar y rechazo que nos genera el proceso de institucionalización al forzarnos a pertenecer a una realidad social previa a nuestra existencia.

El odio no desaparece nunca, sólo disminuye o se reprime en algunos sectores

Así pues, la aversión a lo diferente y cierta frustración por tener que aceptar aquello que no se moldea a nuestros deseos serían dos grandes causas para que el odio se instale en los pueblos, pero también en los individuos.

A tal respecto, si seguimos lo sostenido por Castoriadis, debemos concluir que el odio no desaparece nunca, sólo disminuye o se reprime en algunos sectores, mientras que en otros se vuelve una de las condiciones para desatar todo tipo de violencia.

Es en este contexto entonces que podemos llegar a pensar que el “odiador” toma alcance nacional y es legitimado porque se transforma en un medio para la purga catártica de miles de personas que encuentra en ellos la simulación perfecta para canalizar a través de sus palabras los sentimientos más funestos.

Lo importante es levantar las banderas emocionales que conmuevan a los demás

A colación de esto bien vale la idea de Rousseau respecto a que los sujetos construyen máscaras de cortesía y diplomacia para mostrarse ante los demás y así ocultar la vileza de sus corazones. Los odiadores nacionales son entonces aquellos que no han tenido temor de quitarse su máscara para así lograr la identificación de muchos otros que, o no se han atrevido o lo hicieron a medias.

El odiador dice aquello que cientos de miles quieren oír o leer, aún si lo dicho carece de toda prueba o se instala sin vergüenza en la llamada “posverdad”. Lo importante es levantar las banderas emocionales que conmuevan a los demás y toquen la fibra íntima de su hostilidad y animosidad.

De esta manera se constituye una dupla simbiótica: el odiador y el aplaudidor, causas necesarias de la alimentación de un sistema que propaga la aversión ciega y configura un “relato alternativo” cerrado sobre sí mismo que no permite críticas ni diferencias, es el ser o la nada.

Pero ¿qué tan lejos o cerca estaremos nosotros mismos de ser partícipes necesarios de este sistema? ¿Seremos lobos vestidos de corderos, odiadores en secreto esperando la oportunidad de revelar nuestro verdadero rostro? ¿O seremos aplaudidores entusiastas que alimentamos bestias con la fuerza de un retweet?

Quizás el panorama resulte desolador por su aparente irreversibilidad, no obstante pareciera existir aún un resquicio de esperanza: todavía nos queda algo de poder para evitar que estos propagadores del odio gocen de tanta relevancia y está a la distancia de un click.

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