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De Walsh a Rial

Por: Federico Mana
28 de enero de 2018

¿Por qué nos llama la atención que un programa del prime time convoque a una especialista? ¿Cuándo pasó de moda chequear la información? ¿Estamos ante la inevitable muerte del periodismo?

En los últimos días en las redes sociales se habló de un hecho histórico para la televisión argentina: la presencia de Florencia Freijo, licenciada en Ciencias Políticas y militante del movimiento feminista invitada para otorgar su perspectiva en el programa Intrusos dentro del debate sobre qué es el feminismo. ¿Por qué se habló de “hecho histórico”?

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Por un lado porque la audiencia se desacostumbró a la presencia en televisión de especialistas formados que difundan diversos conocimientos y, por el otro, porque se le otorgó protagonismo televisivo a la explicación del feminismo vertido por personas formadas en ello.

Es que en los últimos tiempos donde el feminismo como movimiento político y de reivindicación de los derechos de las mujeres ha ganado terreno público, por lo general los medios no han hecho más que tergiversar sus principios o explicarlos a medias tintas, abordándolo desde prejuicios establecidos antes que desde el conocimiento sobre su núcleo de ideas.

El orden impuesto por este tipo de temporalidad distinta a las demás requiere de palabras fuertes, declaraciones polémicas y frases hechas

Por ello, que el programa que conduce Jorge Rial haya elegido convocar a una mujer reconocida por su compromiso académico y social con el feminismo para explicarlo en vez de dejar tal labor supeditada al panelista de ocasión, genera un punto de quiebre que es meritorio de ser señalado y pensado.

Pero podemos observar este hecho como un punto de ruptura, no sólo por la cuestión feminista sino también por convertirse en un acontecimiento prácticamente aislado dentro de la oferta televisiva de consumo masivo de hoy en día.

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Por lo general la figura del “especialista” que emerge en los programas más consumidos tiene que ver con un rol puntual, con un referente que se ha abocado a algún campo del saber pero que desde allí debe tener la capacidad de abordar un abanico de temas, convirtiéndose en un “todólogo” de discurso adaptado a los tiempos del rating.

Así pues, el orden impuesto por este tipo de temporalidad distinta a las demás requiere de palabras fuertes, declaraciones polémicas y frases hechas, circunstancias a las que los “especialistas” (por lo general hombres) deben adaptarse si no quieren resignarse a perder su lugar en favor de los tan difundidos “panelistas”, opinólogos de bolsillo que trabajan de tener algo para decir siempre, sin importar la veracidad de sus fuentes o sus pruebas.

Es en este sentido entonces que emergen los programas donde pareciera ser que la realidad (sin entrar en discusión acerca de qué es la realidad) es el tema del día, pero reducida a los tiempos del consumo y la atención contemporánea donde ya no se compite con otro canal, sino con la capacidad de atención de los espectadores.

Hay que hablar por tanto de lo que pasa sin importar cómo se lo hace; si hay que repetir una y otra vez el mismo discurso porque eso atrae a las personas se hace, si hay que establecer un debate donde todos griten al mismo tiempo también, si hay que saltar de un tema de política nacional al spot sobre hemorroides en menos de diez segundos no hay ningún problema...

A partir de aquí se vuelve interesante observar cómo el periodismo, en casi toda su magnitud, se ve trastornado por esta lógica comercial que impera en la televisión pero subsiste en todos los medios de comunicación.

El periodismo hoy también forma parte del show mediático y debe encargarse tanto de cubrir lo acontecido con el viaje a Europa del presidente como de la última foto de Kate Rodríguez por el simple motivo de que, sin ello, posiblemente no sobreviva. La investigación detenida, el compromiso social y hasta el riesgo tomado, que para muchos forman parte de la “escuela” Rodolfo Walsh, quedan cada vez más relegados en pos de la noticia instantánea, de ser engranajes del estímulo constante.

Es por ello que muchos hasta se han atrevido a dictaminar la muerte del periodismo como metáfora, o no tan metáfora quizás, de la pérdida de la confianza en él por sus constantes tropiezos, de la fagocitación de sus métodos por parte de la maquinaria consumista y por la venta de la credibilidad al dinero del propagandismo.

Parecería entonces que la excesiva preeminencia del cubrimiento del suceso antes que del hecho en sí, entendiendo por “suceso” -tal como lo relata Barthes- a aquellos acontecimientos que estimulan y atraen aun cuando no sean un reflejo fidedigno de lo que realmente ocurre, es la regla y no la excepción. Así, en esta lógica subvertida encontramos como punto de quiebre algo que, idealmente, siempre hubiésemos esperado del periodismo aún hasta el de espectáculos: que se dé lugar a fuentes confiables, que se posibilite un debate de perspectivas y no de personas.

¿Significa esto que el famoso programa de chimentos será el santo grial de la labor periodística? Posiblemente no, pero no por ello deja de ser interesante analizar por qué generó lo que generó la presencia de Freijo en el estudio e incluso preguntarse si esto no es muestra de que la sociedad, la misma que hizo méritos por años para que la televisión sea lo que sea, no estará hoy pidiendo otra cosa.

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