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Licencia para matar

Por: Federico Mana
10 de febrero de 2018

¿Por qué en una misma semana la sociedad puede aplaudir algunas muertes y llorar otras? ¿Es aceptable que haya personas con derecho a matar? Reflexiones sobre un nuevo capítulo de la compleja relación entre la humanidad y la muerte.

A lo largo de su historia, la humanidad ha aborrecido a la muerte tanto como la ha justificado. Estableciendo jerarquías o definiciones de “ser humano” lo suficientemente reducidas como para que puedan entrar unos pocos, nunca cesó de diferenciar entre las personas con derecho a la vida y aquellas que también lo tienen pero quizás no tanto. Por caso los aborígenes para los conquistadores, los judíos para los nazis, los armenios para los otomanos o los tutsis para los hutus se correspondieron con este “etiquetado” de personas que podían ser exterminadas.

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Ahora bien, pareciera ser que con el caso del policía Chocobar y el apoyo de su obrar por parte del Gobierno, se recrudeció el pedido por la pena capital de un sector de la población nacional. Claro que en este clamor se observa que aquellos que, según su postura, pierden el derecho a la existencia lo hacen producto de sus acciones y no por su origen étnico. El delincuente es alguien que tomó malas decisiones y producto de ello se vuelve alguien ejecutable.

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Esta circunstancia nos conduce directo a la discusión filosófica en torno al “derecho a la vida”, es decir: ¿una persona tiene este derecho por el sólo hecho de existir o está supeditado a los actos que realiza? ¿Podemos perder el merecimiento de estar vivos? Es interesante ver cómo en muchas circunstancias conviven en los mismos sujetos las ideas de que la vida es sagrada y hay que respetarla en todo momento junto a la postura de que algunas personas deben dejar de existir si hicieron algo malo.

En este sentido, si sostenemos que tal derecho es “innato” y no adquirido, por más malas acciones que alguien cometa, nadie debería ostentar la potestad de aniquilarlo, mucho menos el Estado quien sí estará obligado a reprimir sus acciones y condenarlas mediante un juicio justo.

¿Debemos pensar al criminal como alguien que tomó decisiones perjudiciales culpa de su naturaleza irreversible?

Pero en cambio, si afirmamos que tal derecho puede perderse, entonces debemos comenzar a definir cuáles son los actos capaces de quitarnos semejante “privilegio”, con los conflictos inherentes que conlleva. ¿Debe haber reciprocidad? ¿Deben establecerse criterios? ¿Sobré que base? ¿Quién tendría la habilitación para ejecutar la pena? ¿Quién o quiénes deberían tener el poder de otorgar tal posibilidad?

Así pues, buscar en la muerte una solución a la violencia instalada en una sociedad se muestra como un acto que satisface al sentido común al mismo tiempo que profundiza la conflictividad y legitima la concentración de poder de aquellos que se erigen como portadores de los criterios de supervivencia de los demás.

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Al menos cuatro personas resultaron heridas
Al menos cuatro personas resultaron heridas

Por otro lado, defender la idea de que el Estado a través de su brazo armado debe ejecutar a quienes cometen crímenes entraña la creencia de que es el miedo a la muerte lo único que puede frenarnos de cometer ilícitos. En esta noción del temor se fundaba la figura política del Leviatán que pensó Thomas Hobbes quien consideraba que el ser humano actuaba violentamente contra el otro por naturaleza. Pero hoy en día ¿podemos seguir hablando de una naturaleza “mala”? ¿Debemos pensar al criminal como alguien que tomó decisiones perjudiciales culpa de su naturaleza irreversible?

¿cómo puede convertirse algo que nos causa tanto dolor en la solución de algún problema?

En estos últimos días, voceros del gobierno no han hecho más que recuperar el imaginario de un núcleo ideológico de la sociedad que sostiene no solo al monopolio de la violencia sino incluso al poder de muerte como formas eficaces de bajar la tasa delictiva.

La presunción de verdad de las declaraciones de la policía en cualquier evento o definir como “enfrentamiento” a prácticamente todo encuentro entre fuerzas de seguridad con otras personas son acontecimientos que validan el accionar policial aun cuando no se ajusten a derecho y dictaminan un estado de excepción donde la conservación de la vida queda examinada bajo el criterio subjetivo de aquel que recibió un arma.

Por eso, cuando una vez más la muerte se nos aparece mostrándose como algo tan deseable como terrible se vuelve necesario que nos preguntemos: ¿cómo puede convertirse algo que nos causa tanto dolor en la solución de algún problema? ¿Realmente nos sentimos con el poder de decidir quién merece seguir vivo y quién no?

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