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Las mujeres que están

Por: Federico Mana
11 de marzo de 2018

El #8M y la realización de la multitudinaria marcha junto al Paro Internacional de Mujeres nos llevan a reflexionar respecto a la tensión que genera en la sociedad que ellas reclamen por sus derechos y por no ser violentadas.

Podemos afirmar desde Michel Foucault que poder y resistencia coexisten ya que siempre que se genera una acción existe una reacción por parte de los involucrados. Quizás desde aquí es abarcable el hecho de que un reclamo legítimo y prácticamente masivo como el del movimiento feminista encuentre todavía voces de rechazo, contra-ofertas como #NadieMenos o el “igualismo” o frases que intentan minimizar la cuestión sean “fue una marcha contra los hombres” o “son grupos guiados por feminazis”.

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Pareciera ser entonces que el acto de tomar las calles, de denunciar un estado de la cuestión violenta, de reivindicar el derecho a la existencia y de señalar una inferioridad social tácita por el sólo hecho de tener género femenino provoca en ciertos sectores de la población un rechazo total, una sensación de perturbación y molestia propiciada, probablemente, por la exigencia ante la que nos enfrenta la movilización de tener que repensar todas nuestras prácticas y nuestros discursos.

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Así pues, es factible afirmar que en los discursos, en las palabras cotidianas de una sociedad se manifiesta un modo de ser que busca determinar la lógica de lo real, que pretende instituir las prácticas que han de ser perennes y establecer el estatuto ontológico de los sujetos: el hombre es esto, la mujer es aquello.

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Ahora bien ¿podemos pensar más allá del ser? ¿O acaso el ser es la última frontera de lo pensable, a lo que hay que resignarse? Para responder a estas cuestiones recurriremos al pensamiento del filósofo latinoamericano Rodolfo Kusch quien sostenía que “el estar precede al ser”.

Para este pensador lo primigenio, lo original, lo que constituye la condición humana es el estar, algo previo al ser que, precisamente, ya es, por lo que puede verse como algo cerrado, ya configurado. Para clarificar tal visión pensemos en la conquista de América: cuando el colonizador se enfrentó al aborigen lo obligó a este a ser lo que él consideraba que debía ser (civilizado, cristiano, educado y culto al entender europeo) a cambio de que abandone su estar, sus prácticas, su vida, su búsqueda ulterior de sentido que lo hace “estar siendo así”.

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Por consiguiente, es posible afirmar que en hechos como la movilización por el 8 de marzo se pone en tensión el “ser-mujer” con el “estar-siendo-mujer”. Cuando las mujeres ponen el cuerpo en la lucha, toman la calle, gritan contra la violencia y dicen “basta de matarnos”, se posicionan contra un “ser-mujer” que les dice que deben ser súbditas de los hombres, que deben comportarse “bien” si no quieren que les pase algo, que les dice que su rol es el de acompañar, el de ser dulces, comprensivas, el de resignarse a los deseos masculinos; se enfrentan al ser que las cosifica, las vuelve objetos de consumo y descarte.

A raíz de ello, se establece una apropiación de sí donde se defiende que estar siendo mujer es otra cosa, es gozar de la misma libertad que los otros sujetos, es paridad de oportunidades, es el derecho de estar con quien se desee, es configurarse a sí misma por fuera del corset cultural que el deber ser les encaja.

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Pero entonces ¿por qué genera resistencia? ¿Por qué hay sectores que no consideran legítimo este reclamo y lo minimizan? Como afirmábamos, en principio porque es un llamado a la ruptura de sus estructuras previas y también porque se constituye en una afrenta real a su creencia de que el poder sólo se despliega si hay una alteridad en condiciones de inferioridad.

¿Qué sucede entonces cuando se pronuncia que, en realidad, el feminismo es un “machismo al revés” y hay que propiciar el “igualismo”? Más allá de la demagogia que puede circular en torno a este pedido, lo cierto es que se cae en una falsa disyunción: no se trata de “o salvamos a las mujeres o salvamos a todos” dado que un pedido no invalida al otro.

La mujer que está y que está poniendo el cuerpo en su lucha no busca girar el eje del poder para ser ella quien esté en un rol de superioridad, lo que está pretendiendo es romper la falsa ilusión de que con ser lo que le dicen que debe ser ya está siendo mujer, ya está siendo libre o va a alcanzar la felicidad.

En definitiva lo que está haciendo es pelear por un equilibrio, equilibrio que arrastra años y años de imposibilidades, de obstáculos y de trabas producto de un discurso de “ser” que nunca se dejó tocar; por eso las mujeres que están se preguntan por qué no están las que no están y dicen basta de ser lo que otros dicen que hay que ser.

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