¡Muerte a Merlí!

Por: Federico Mana
14 de abril de 2018

La gran aceptación que tuvo en nuestro país la serie nos obliga a preguntarnos si ello se debe a una apertura de la sociedad hacia la filosofía o sólo se trata de una moda más de consumo.

¿Puede tener éxito una producción audiovisual que tome como eje a la filosofía? A la luz de los hechos y teniendo en cuenta las repercusiones que tuvo Merlí podríamos decir que sí, que de alguna u otra forma la sociedad está permeable a incorporar en su menú de consumos culturales productos rotulados como "filosóficos". Claro que, antes que nada, habría que cuestionarse seriamente si obras como la catalana deben considerarse bajo este mote.

Hay quienes sostienen que de "filosófica" Merlí tiene poco y nada ya que las alusiones a autores y las clases mismas que se van desarrollando no logran alcanzar una profundidad tal como para considerarla con tanto tenor. Nada se convierte en filosófico por repetir una frase o por decir un par de nombres en forma concatenada. Sin embargo, la referencia a esta añeja disciplina madre de todas las ciencias está desde el primer minuto con la mosca que sobrevuela la introducción en un claro guiño al tábano de Atenas: Sócrates.

Así pues, más allá de todas las críticas que le caben a la serie, incluidas las de género (¿será que siempre habrá que mostrar a la filosofía como masculina?), lo cierto es que a muchas personas las atrapó al punto de llegar a interesarse por esta materia y a concebirla amistosamente como aquel espacio que favorece el pensamiento, la rebeldía y también, por qué no, la libertad.

Ahora bien ¿está hecha la filosofía para ser un elemento de la cultura de masas, para gustarle a la mayoría? Desde sus inicios la filosofía nos ha alertado: ser un buen filósofo o filósofa implica ganarse la antipatía ajena, ser perseguido, silenciado, desplazado. A Sócrates lo condenó a muerte su propia ciudad harta de sus preguntas. Y de ahí en adelante la historia se ha repetido, sea matando pensadores, encarcelándolos o censurándolos hasta el día de hoy. A Gramsci lo metió preso el fascismo, al argentino Enrique Dussel le hicieron explotar su casa forzándolo al exilio, por narrar sólo algunos ejemplos.

Es más, en el plano de la educación la materia "filosofía" debe luchar cada año por tener su lugar dentro de los diseños curriculares. Se le han quitado horas en la Provincia de Buenos Aires, se le quiso quitar obligatoriedad en Capital Federal, lo mismo que en la provincia de Mendoza. En España está en debate su carga horaria lo mismo que en Chile, donde se viven días decisivos al respecto. Asimismo en muchos colegios de gestión privada se estigmatiza la materia, se designan profesores ajenos a la disciplina o se echan docentes.

Es decir, muchos aplauden a Merlí y su método pero pocos pueden soportarlo para sus vidas. La gran hipocresía de la sociedad es que pretende ver a la filosofía como un cúmulo de frases inspiradoras pero no es capaz de aceptarla en su dimensión crítica, cuestionadora del poder y del orden establecidos. La filosofía nos gusta cuando nos sirve para publicar un tweet bonito, pero cuando nos señala las contradicciones en las que incurrimos cotidianamente o nos lleva a preguntarnos lo que no queremos cuestionar la descartamos o invalidamos su existencia.

A decir verdad le cabe también a la filosofía como disciplina académica sus críticas. Bien ha sabido ocupar muchas veces el rol de lastimera, de un pobre saber que quiere hablarle al mundo pero este no quiere escucharlo, situación que no es real en toda su dimensión y que tiende a volverse cómoda para los filósofos. Hablar sólo para los pocoS que los entiendan, refugiarse en rincones academicistas aislados de la sociedad y menospreciar prácticas de divulgación son costumbres arraigadas que también han favorecido al rechazo social.

No obstante, más allá de estas cuestiones, quizás debamos pensar que es muy poco probable que alguien que se dedique a la filosofía tenga un aceptación viral porque en el ser mismo de su labor está el de cuestionar todas las bases de quien lo aplaude. Si la sociedad ha abrazado a Merlí probablemente no fue por su potencia filosófica, sino por el carisma del personaje en sí, porque si este hubiera estado pensado desde el guión para interpelar profundamente las convicciones de la audiencia, desde el capítulo uno quienes hoy se declaran sus "fans" hubieran clamado por su muerte como pidieron los atenienses la de Sócrates. Queda al menos el regocijo de saber que 2500 años después sabemos quién fue este filósofo griego pero no tanto quiénes fueron sus verdugos.

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