Quizás amamos la inflación...

Por: Francisco A. Mezzadri
28 de abril de 2018

Alrededor del tema tarifario hay dos realidades que afectan al usuario: la de un pasado de engaño a cualquier costo: "te cobro 15 lo que vale 100", y la de un presente demandante de que "pagues 100" porque heredamos un Estado muy deficitario que ya no tiene forma de seguir haciéndose cargo de la diferencia (subsidios), ni de las inversiones para mejorar y ampliar los servicios.

El compromiso de pagar subsidios heredados totalizaba casi 27 mil millones de dólares en diciembre de 2015, de los cuales 18 mil millones de dólares correspondían a la energía. Sumemos a tan enorme dificultad, la pérdida del autoabastecimiento de gas que nos obligó a importar energía desde 2008. Intentar repetir anualmente esos desequilibrios era materialmente imposible y ajeno al mandato electoral.

Argentina no tenía ni tiene capacidad de generar esos recursos, además de seguir manteniendo las demás obligaciones de gasto público, dado su contexto fuertemente deficitario, a menos que recurra al viejo impuesto de la muy alta inflación que se vivió hacia el fin del Gobierno de Raúl Alfonsín y los primeros años del gobierno de Carlos Menem.

Menem logró estabilizar la economía, pero irónicamente acumuló finalmente un potencial inflacionario que Fernando De la Rúa no supo dominar y que Eduardo Duhalde logró hacerlo con una devaluación inicial del 260%, una caída del salario real de más del 60%, caída de actividad económica del 12%, pobreza creciente y alto desempleo.

Ese cocktail, varias de cuyas consecuencias seguimos viviendo, no es repetible porque las condiciones económicas y políticas, internas y externas, son muy diferentes, pero las preocupaciones concurrentes de déficit fiscal e inflación, siguen siendo centrales para el futuro de todos. Terminar con ellas tiene hoy una de sus características dominantes en la eliminación de los subsidios y enfrentar las dificultades que eso provoca, es una tarea esencial, inevitable, dolorosa y que debe encararse con equidad, porque la alta inflación mata el crecimiento y la esperanza de vivir mejor, en tanto que la estabilidad favorece al desarrollo, ensancha y mejora el horizonte de vida de todos. ¿O es que amamos a la inflación?

Cómo alcanzar ese objetivo sin dar pasos atrás en el esfuerzo y presididos por una visión equitativa integral, (económica, social y política), debería ser el tema del diálogo político que el Gobierno creyó cumplido, quizás ingenuamente, en las Audiencias Públicas y sin mayor elaboración y que luego la oposición lo desnaturalizó políticamente con un oportunismo que hace honor a la práctica moderna de la post verdad.

* Francisco Mezzadri es Economista por Stanford University y ex presidente de la Cámara Argentina de Inversores en el Sector Eléctrico.