Vivir con pasión o sin pasión: esa es la cuestión

10 de junio de 2018

¿Se juega el destino del país entero en esta Copa del Mundo? ¿Por qué una competencia deportiva puede intervenir en toda una nación? ¿Sirve otro resultado que no sea el triunfo?

federico mana chapa

Sostener hoy por hoy que un Mundial de Fútbol es sólo un evento deportivo es mantener una mirada totalmente sesgada y parcial. Nos guste o no, cada copa del mundo se ha transformado en un acontecimiento social, histórico y económico que pone en juego no sólo un trofeo sino también un cúmulo de significaciones imaginarias que hacen estallar el mero sentido de veintidós personas pateando una pelota.

Así pues, la utilización de símbolos patrios, las banderas nacionales convertidas en escudos de camisetas e incluso los himnos como cantos de batalla convierten al juego en una cuestión de Estado para cada país participante. De esta manera en Rusia se dará uno de los mayores espectáculos sociales, donde se tejen deseos, frustraciones, presiones y aspiraciones de gloria. Pero ¿debemos alarmarnos por esta situación?

En nuestro país circula cada cuatro años el imaginario de que la estabilidad social se verá atada a los resultados en la competencia. Tal vez haciendo una recorrida histórica veremos que señalar ello se vuelve un tanto exagerado. Por ejemplo el campeonato del ’86 poco efecto tuvo en la crisis de la hiperinflación y la salida anticipada de Alfonsín. Asimismo la dura eliminación de primera ronda en el 2002 no generó una recreación del estallido de diciembre del 2001.

En este sentido, si trazáramos comparaciones entre cada mundial y el real impacto social de sus resultados en nuestra sociedad, quizás debiéramos comenzar a desarticular la idea de que el resultado deportivo incide directamente sobre el clima social.

No obstante, en un tiempo de crisis auto-infringida, de retorno al FMI, de ajuste e inflación, vuelve a aparecer la idea del Mundial como un fusible nacional donde las penas vividas podrán mitigarse o, por el contrario, exacerbarse.

Si bien, como se sostuvo, es probable que el resultado de Rusia 2018 no termine definiendo ninguna circunstancia política o económica de nuestro país, lo cierto es que el desempeño de la Selección Argentina tendrá un efecto certero en el “sentir de la calle”. ¿Por qué? Porque desde hace años el fútbol es la gran pasión nacional y nuestra sociedad acepta como verdad indiscutible que sin pasión la vida no merece ser vivida.

Esta visión filosófica de la existencia respecto a la pasión no es tan antigua como se podría creer. De hecho, muchos de los filósofos de la Grecia Antigua sostenían que la pasión era una afección del alma, algo que había que controlar e incluso omitir si se quería alcanzar la felicidad. ¿Acaso cuando los resultados deportivos no son los esperados y sufrimos por ello no quisiéramos no sentir esa pasión que nos lleva al dolor?

Este era el punto central de pensadores como Zenón de Citio: dominar las emociones, los sentimientos y las pasiones a través de la virtud conlleva a vivir una vida sin dolores ni sufrimientos. Sin embargo en la actualidad pensar una vida sin pasión es pensarla como gris, llana, aburrida e incluso, carente de sentido.

Observemos cómo la carga publicitaria mundialista busca empatizar con los espectadores mediante la dimensión pasional: gente llorando, gritando, abrazándose y en un evidente estado irracional que así como nos puede llevar a un gran dolor nos promete la posibilidad de la máxima felicidad.

Por todo ello ¿sirve otro resultado que no sea el de ganar si se ponen tantas cuestiones en juego?El problema de esta pregunta es la perspectiva desde la cual se la plantea; si algo ha de servir es porque se hace hincapié en la consecuencia final y no en el trayecto.

¿Por qué el Mundial tiene que servir para algo más que para entretener? ¿Por qué la participación de nuestro país tiene que darnos algo más que la emoción propia de un partido? Aquí está la trampa: la pasión no sabe de razón, no acepta preguntas ni está dispuesta a dar respuestas, pide que se experimente sin lugar a la duda. Pero entonces ¿la pasión es algo que nos libera o que nos oprime?

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