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Deseo, voluntad de poder y competencia: ¿por qué existe el mal en el mundo?

21 de octubre de 2018

El triste caso de Sheila nos obliga a repetir una pregunta que se ha hecho la humanidad a lo largo de toda su historia.

federico mana chapa

Cuando la sociedad se enfrenta a hechos aberrantes como lo acontecido con Sheila no puede más que horrorizarse y preguntarse por qué hay personas capaces de hacer tanto daño. Esta indignación visceral no es capaz de acostumbrarse al crimen, al odio y a la injusticia. Así es que entre tanto dolor repetimos una pregunta que la humanidad no ha dejado de formular desde sus primeros días: ¿por qué?

Esta pregunta que nace en cada sujeto que enfrenta lo espantoso nos lleva directamente a una cuestión que aún se nos presenta irresoluta, el problema del mal. Decimos “problema” porque ante lo que valoramos como malo encontramos cientos de interrogantes pero sobre todo aquel que pretende entender su origen.

¿De dónde viene el mal? ¿Por qué ocurre? Muchas han sido las personas que han intentado encontrar respuestas satisfactorias, pero también muchas han sido quienes han fracasado en su empresa. Más que nada porque cuando se piensa en el mal se trae a colación directamente la cuestión del bien y, con ello, la problemática de las decisiones humanas.

Pero claro, el problema del mal cobra mayor dimensión cuando se lo pretende resolver desde la confianza en la existencia de un ser superior omnipotente y omnipresente. Si creemos en un hacedor todopoderoso y de bondad infinita ¿cómo hacemos coincidir su existencia con la de la maldad? ¿Pueden coexistir o la presencia de uno anula al otro?

El pensador griego Epicuro fue uno de los primeros en plantear la paradoja: si Dios quiere prevenir el mal y no puede, entonces no es omnipotente. Si es capaz pero no desea hacerlo entonces es malévolo. Si es capaz y desea hacerlo ¿por qué no puede? ¿Podemos llamarlo “Dios”?

Quizás haya sido el pensador cristiano Agustín de Hipona quien haya logrado saltear esta paradoja con mayor maestría. Para él cuando pensamos en el mal no debemos hacerlo como si fuera una entidad en sí misma sino como resultado de la ausencia del bien. Los maniqueos (ideología a la cual adhirió Agustín en su juventud) sostenían que tanto el mal como el bien existían como fuerzas iguales, como fuentes desde donde brotaban lo bueno y lo malo (podríamos explicar esta idea didácticamente desde Star Wars y las dos fuerzas que luchan entre sí).

Sin embargo, para este filósofo del siglo IV de nuestra era, si tenemos fe en que existe un Dios que es bueno por naturaleza y que todo lo que crea debe ser de igual condición, entonces el mal no puede existir más que como ausencia del bien. ¿Cómo se da esta ausencia? A través de la voluntad de los humanos, somos nosotros quienes mediante nuestro libre albedrío elegimos no actuar desde el bien y con ello introducimos al mal en la Tierra.

Claro que esta corriente no elimina el problema respecto a por qué si este ser es capaz de ver todo lo que será en un futuro, se abstiene de obrar para evitar las decisiones que traigan el mal. Otra respuesta ensayada ha sido que de hacer esto se coartaría la libertad humana llegando a afirmar, tal como lo hizo Leibniz, que el mal se permite en vistas de un bien superior.

Ahora bien ¿es el problema del mal sólo un problema del ámbito religioso? ¿No se preguntan sobre su origen quienes descreen de la existencia de un ser superior? Si quisiéramos coincidir en el señalamiento del ser humano como quien obra de forma mala (independientemente de si hay seres sobrenaturales que lo empujan o no) entonces el problema no se acaba, sino que toma otra variable: ¿por qué los seres humanos decidimos hacer el mal?

Habrá quienes sostengan que, en realidad, nadie elige el mal, que siempre se eligen cuestiones que se piensa tendrán consecuencias positivas para uno aun cuando genere perjuicio en los otros. Claramente esto no responde nuestra cuestión. Los deseos, las inclinaciones pulsionales, la voluntad de poder, nuestra naturaleza competitiva y otros tantos elementos han sido propuestos para explicar por qué actuamos mal.

No obstante, luego de preguntarnos por qué existe el mal y de encontrar infinidad de respuestas que tal vez nunca nos satisfagan surge otra pregunta más profunda y terrible ¿puede erradicarse el mal?

Cuando se afirma que la filosofía tiene origen en las situaciones límites tal vez se haga referencia a esto, a encontrar puntos que no podemos resolver pero que tampoco podemos dejar de cuestionar.

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