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Estrategia de una madre acusada del peor de los delitos

14 de enero de 2014

La estrategia va en dos frentes: por un lado, alegar que no quiso matar, y por otro, culpar de todo a un ritual.

Así será la defensa de Silvana Lafuente, la mujer que está detenida por el crimen de su hija Priscilla, de 7 años.

Si fracasa el intento por alegar un crimen preterintencional, es decir, sin intención, Lafuente y su pareja Pablo Verón Bisconti, intentarán demostrarse víctimas de una secta.

La intentona de la muerte accidental ya empezó. En su autoincriminación ante personal policial, el padrastro dijo que Lafuente le pegó a Priscilla y la mandó a dormir. Eso pasó el viernes 3 de enero.

Siempre según el relato del padrastro, al día siguiente, la madre fue a despertar a Priscilla y la encontró muerta. Ahí nació la idea de deshacerse del cuerpo de la peor manera: incinerarla, y descartarla en un arroyo.

Lo cierto es que más allá de esta autoincriminación, ambos acusados se negaron a declarar ante el fiscal Carlos Riera.

Habrá que ver si cuando declaran, mantienen ese relato.

La querella sostiene que el crimen lo cometieron tanto la madre como el padrastro por igual. Dijeron que la golpearon a propósito, que no hubo muerte no deseada, y que el motivo del crimen sería que la madre no soportaba que Priscilla no la llamara "mamá".

En el medio, se supo que apenas cometió el crimen, la madre se lo confesó a un amigo pastor, que en vez de declarar, se quedó en el molde, y no dijo nada.

Para cerrar este escenario tétrico, se supo ahora que al momento del descarte del cuerpo en un cochecito de bebé, sus dos hermanitos de 12 y 15 años, participaron de ese maniobra, bajo amenazas con un arma.

Es decir, los chicos, eran conscientes que llevaban el cadáver de su hermanita, directo a un sucio arroyo de Berazategui donde apareció días después. Espantoso por donde se lo mire.