El horror de Auschwitz contado en primera persona a 75 años de la Segunda Guerra Mundial

Por: Alejo Santander
06 de octubre de 2014

Hanka Grzmot, ex prisionera de Auschwitz-Birkenau, el campo de exterminio más grande del nazismo, dialogó con minutouno.com y relató su vivencia.

Hanka no mira películas con disparos, ni de peleas, ni boxeo, y devuelve la carne si tiene mucha sangre. La guerra se le quedó en los detalles. A sus 84 años prefiere las novelas románticas de Danielle Steel, como la que lee ahora, a la vez que jura que recién la semana pasada, de casualidad mientras hacía zapping en la televisión, se enteró de cómo perdieron los alemanes la Segunda Guerra Mundial.

"Viene uno gordo y dice 'Hitler está muerto', y otro dice 'lo mataron', y otro agrega 'se mató solo'. Así terminó la guerra", cuenta, y parece que no necesita otra explicación más que esa escena.

Usa el pelo rubio, tiene ojos celestes y mira fijo cuando habla. Está sentada a una mesa de su departamento de Villa Crespo, en una habitación sin televisor, sin radio y llena de fotos de sus tres nietos. La puerta está cerrada y el resto de la casa en silencio. Atrás de ella hay dos bibliotecas que desbordan de libros, la mayoría sobre la guerra, Hilter y el Holocausto. Sobresale uno en el que se alcanza a leer: "The Holocaust, can it happen to me?" (El Holocausto: ¿puede eso pasarme a mí?), como si fuese difícil de creer, como si fuera fácil olvidarse.

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El Holocausto: ¿pudo eso pasarme a mí?
"Antes fui mucho a los colegios hablando sobre la Shoah– palabra hebrea con la que se refiere al Holocausto– pero después me sentía mal porque los chicos empezaban a llorar", dice, en un español por momentos cruzado, pero correcto; y agrega: "Y eso que yo nunca contaba las partes más fuertes. Chicos de 17 o 18 años gritaban y decían "¿Y usted cree en Dios?", "¿Dónde estaba Dios?" me preguntaban, "No crea más", me decían, y lloraban. Me dijo la profesora que no les dijera donde estaba Dios. Yo no sabía donde estaba".

SU HISTORIA

Hanka Dziubas
Hanka Dziubas en su adolescencia
El 1 de septiembre de 1939 estalló la Segunda Guerra Mundial y Hanka, hija de un empresario del cuero en Łódź (Polonia), con 9 años, no entendía de qué se trataba. Adolf Hitler había lanzado sobre el mundo la que sería una de las peores masacres de la Historia, pero ese día, el día en que las radios daban la noticia, todavía nadie lo sabía.

Según un estudio del Holocausto Memorial Museum de Washington en 2013, el nazismo provocó la muerte de más de 15 millones de personas. Para traspolar esa cifra a la realidad argentina sería algo así como todos los habitantes, de todas las ciudades, de todos los pueblos, de todos los barrios, de todas las cuadras, de toda la Provincia de Buenos Aires: 15 millones de personas.

Su mamá murió cuando ella era muy chica y su papá quedó solo con siete hijos: Bernardo, Abraham, Oscar, María, Helena, Raquel y ella, Hanka, la menor de los Dziubas. Vivieron en Wieluń, un pequeño pueblo en el centro de Polonia, del que tuvieron que irse tras nueve incendios intencionales al negocio familiar, provocados por sus vecinos.

"Łódź era más grande, más aristocrática, más civilizada"
, explica Hanka, sobre la ciudad a la que su padre mudó la empresa y a la familia.

Ubicada en el corazón de Polonia, Łódź era el epicentro de la industria textil de mediados y finales del siglo XIX y comienzos del XX. Aun hoy, a pesar de que muchos edificios fueron destruidos durante la guerra, conserva las estructuras de las grandes fábricas hechas de ladrillo. También es verdad que era todo lo civilizada que podía ser, por lo menos hasta ese año.

"Una noche mi papá salió del trabajo y los alemanes lo llevaron de vuelta adentro de la fábrica", cuenta Hanka; y agrega: "Le cortaron la barba y el pelo, y lo hicieron bailar desnudo delante de ellos".

El ataque no era casual, y las formas tampoco. Para la religión judía la barba es símbolo de hombría y dignidad, algo de lo que las tropas de Hitler, pretendían no dejar rastros.

A las pocas semanas su hermano mayor, Bernardo, con 18 años, fue llamado a pelear para el ejército polaco y tras escapar de una emboscada en la que vio cómo fusilaban a la mayoría de su escuadrón, se convirtió en desertor. A pesar de ser doblemente perseguido, por alemanes y luego polacos, logró volver a la casa y contar lo que había pasado, pero no podía quedarse. Se fue y nunca volvió. Abraham, el segundo más grande, salió una noche a encontrarse con una chica, y fue lo último que supieron de él. Se los había tragado la guerra.

En 1940 los judíos de Łódź fueron obligados a entrar en el gueto. Padres, hijos, abuelos, familias enteras sacadas de sus casas y aisladas en un rincón de la ciudad, donde eran forzados a vivir hacinados y en la más profunda miseria.

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Cartel: "Prohibida la entrada de judíos" en Łódź.
En el gueto de Łódź, el segundo más grande de Polonia durante la preguerra, vivieron 160.000 judíos. Estaba separado del resto de la ciudad por un alambre de púas y dividido en tres partes, conectadas entre sí por puentes peatonales. Los demás ciudadanos lo atravesaban en tranvías, que tenían prohibido detenerse. La mayoría de las casas no tenían agua potable, ni sistema de cloacas, vivían varias familias por departamento y cuando las cañerías se rompían era necesario sacar los deshechos humanos en bolsas, junto con la basura. Los enfermos, los huérfanos y los suicidios, fueron parte estable del paisaje durante esos años.

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Uno de los tres puentes peatonales del gueto de Łódź.

"Del gueto no me voy a olvidar en mi vida. La gente no pedía plata, pedía un pedacito de pan", recuerda Hanka, para quien "lo peor en la vida es el hambre. En ningún idioma se puede describir lo que pasó en el gueto; no existe". Ahora se queda callada. Como si ninguna combinación de todas las palabras inventadas por el hombre fueran suficientes.

"Cuando entraron, antes de cerrar el gueto, primero anunciaron algo en alemán, yo no entendía, pero dijeron que se llevaban a todos los chicos. Que los vistieran bien, que los iban a educar, que los iban a cuidar", cuenta. Por primera vez, los ojos pálidos se clavan en algún lugar de la mesa.

"Una vecina mía tenía un varoncito de un año y no lo quería dar, entonces un alemán se lo arrancó de los brazos y lo tiró al piso –con las manos hace como si agarrara una escoba– y aplastó al chico con la bayoneta –hace un gesto contra el suelo–. La madre se tiró arriba llorando, tratando de devolverlo; pero ya estaba medio muerto".

Los más chicos, junto con los ancianos y los enfermos, fueron eliminados por los nazis cuando se vaciaron los guetos.

"Al rato nos hicieron bajar a todos, mi papá me tenía de la mano pero nos separaron. A él lo agarraron con palos, corría sangre, y lo metieron en un camión que iba directamente a Auschwitz. Nunca más lo volví a ver". Era agosto de 1944.

"Con mis hermanas salimos en el último transporte, lo sé porque escuché cuando anunciaron: "Judenfrei", que significa "libre de judíos".


EL HORROR DE AUSCHWITZ

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La entrada de Auschwitz

"Tenía 14 años cuando fui deportada a Auschwitz. Llegamos en vagones llenos de carbón, muertos de hambre, enloquecidos de sed, y ahí comenzaron a dividirnos, 'derecha', 'izquierda', 'derecha', 'izquierda' –dice agitando la mano en el aire– y a otros la muerte inmediata, directo a los crematorios, donde había cola para entrar", recuerda Hanka.


Las cámaras de gas, disfrazadas de duchas, mantenían la calma de los prisioneros que convencidos por los guardias de que iban a bañarlos y desinfectarlos, caminaban dóciles a la muerte. El sistema consistía en llenar la habitación de monóxido de carbono en los primeros tiempos, reemplazado por Zyklon B después, un pesticida a base de cianuro, que en grandes cantidades y cuando era mezclado con otra sustancia, liberaba un gas mortal.

Empezaba a faltar el aire, se ahogaban en medio de espasmos, vómitos, convulsiones y desesperación. Entraban entre 1000 y 2500 prisioneros en las cámaras y en un día podían eliminarse de 5.000 a 10.000. El número dependía de cuánto dieran abasto los crematorios donde eran incinerados.

Las cámaras eran limpiadas por los Sonderkommando, otros prisioneros judíos encargados de lavar los cadáveres con mangueras, retirando la sangre, la orina y las heces, sacándoles los dientes de oro, buscando cosas de valor escondidas en los orificios corporales, antes de llevárselos y prenderlos fuego. Periódicamente, eran ejecutados y reemplazados por otros.

"La maquinaria de muerte que habían armado los nazis en los campos era indescriptible. Pero como nadie volvía de las cámaras, nadie podía contar cómo era, o si sentía miedo. Una multitud desnuda, amontonados, en la absoluta seguridad y oscuridad", cuenta Hanka.

Las cámaras de gas fueron destruidas por la SS el 24 de noviembre de 1944, en un intento por esconder las actividades del campo a las tropas soviéticas.

"A la entrada nos metieron debajo de duchas y nos pelaron a todos. Para ellos no éramos seres humanos, éramos animales. Nos llevaron a blocks, con mis hermanas estábamos en el block 5 y éramos como 100 durmiendo ahí. Esperábamos el turno para ser destruidos".


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Prisioneras en Auschwitz-Birkenau

"Un día anunciaron por altoparlante que había sobrado un poco de comida y que fueran los que querían un poco más. Pero no había en qué ir a buscar eso, yo no podía llevarlo en las manos, así que rompí un pedazo de frazada y corrí para buscar un poco de sopa para mi hermana mayor, María, que se había quedado sin nada. Los piojos flotaban arriba de la sopa, pero nadie se fijó. Que sea comida, que sea lo que sea, en Auschwitz lo único que importaba era comer".

Auschwitz estaba formado por tres campos de concentración. El más conocido y en el que la mayoría piensa cuando escucha "Auschwitz" es donde estuvo Hanka, Auschwitz II, también conocido como Birkenau. A diferencia de Auschwitz I y Auschwitz III, donde el objetivo era usar a los prisioneros como fuerza de trabajo, en Birkenau el fin era su exterminio.

"En pleno invierno nos llamaron para contarnos y ver si estábamos todos. El invierno es frío en Polonia y no teníamos zapatos, nada. Una chica de 20 años se había escapado, sabían exacto quién era, no por el nombre porque ahí hay números, pero sabían quién era. A las 4 de la madrugada la encontraron y a las 9 de la mañana la colgaron en frente de todos. Nos obligaron a mirar. Ese era el castigo, nos dijeron que si a alguien se le ocurría escapar; mirara" recuerda con dolor.

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Auschwitz llegó a tener 100.000 prisioneros. La mayoría fueron judíos, pero también hubo romaníes y gitanos.

"Un día nos sacan del block y nos ponen al lado del crematorio, en la cola, porque otras chicas tenían que ocupar nuestro lugar. Ya la vida nos daba igual en ese momento", cuenta Hanka; quien recuerda: "Dos noches estuvimos parados al lado del crematorio haciendo la cola, esperando para ser quemados. Iban entrando por turnos, y cuando llegó él nuestro Dios debe haber mandado un ángel del cielo, eso fue lo que dije en ese momento, porque el megáfono dijo 'el bloque 5 preséntese'. Se necesitaban chicas para trabajar en una fábrica de municiones cerca de Berlín, y nos llevaron. Creo que lo hicieron solamente para mostrar que algunos quedaban vivos, no por otra cosa". Con la esperanza también se negocia.

LA VIDA DESPUÉS DE AUSCHWITZ

Para cuando Hanka había comenzado a trabajar en la fábrica de municiones los bombardeos eran cada vez más constantes en Polonia; los Aliados avanzaban, y los ataques pasaban cerca.

"Empezaron a llevarnos de un lado al otro, primero fuimos a Oranienburg, que es un campo de hombres y cuando entramos había un hombre electrocutado en la reja eléctrica", dice ella que era "para demostrar que nadie podía fugarse", aunque muchos también eligieron ese camino, el del suicidio en las cercas, como una forma de escapar–.

"Luego nos llevaron a Ravensbrück, un campo de concentración de mujeres, al que llegué enferma y esquelética. Mis ojos nunca vieron más la tragedia que ahí. La suciedad, los piojos... algunas chicas enloquecieron".

Hanka estaba en Ravensbrück, el campo de concentración de mujeres más grande que tuvo la Segunda Guerra Mundial, ubicado 90 kilómetros al norte de Berlín, cuando el 30 de abril de 1945 el Ejército Rojo entró y la rescató.

La Cruz Roja sueca, encabezada por el noble y militar Folke Bernadotte, llegaría luego en compañía de tropas estadounidenses para ocuparse de ella y del resto de los prisioneros.

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Hanka, tras la guerra, sonríe en Suecia. Lleva ropa tradicional de ese país, al que llegó como refugiada en 1945.

"Vinieron con motos y ambulancias, los americanos vinieron y nos trajeron cigarrillos, café, chocolates, cosas así", recuerda.

Refugiada en Suecia, Hanka terminó sus estudios y a los 18 consiguió su primer trabajo.

Estando allí conocería a otro ex prisionero de Auschwitz, León Grzmot, con el que más tarde se casaría y junto a quien en 1952 vendría de visita a la Argentina, de donde no se irían nunca más.

"Hace justo un año que falleció. Nunca jamás se fue a ver a un amigo, o al cine, o a jugar sin mí. No existe un hombre como él. Pero la vida es así". Este es el único momento, cuando habla de León, que parece que la muerte le duele a Hanka, y se le llenan los ojos de lágrimas.

minutouno.com: - ¿Y dónde estaba Dios mientras sucedió todo esto?

"Yo busqué que alguien me conteste, pero todos dicen pavadas. En un párrafo un escritor dice que Dios estaba escondido, que todavía no somos buenos, que somos malos, y otro escritor dijo que eran demasiados, que no podía salvar a todos. Yo no lo puedo contestar, es una pregunta tonta".


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Hanka Dziubas de Grzmot, Villa Crespo, Ciudad de Buenos Aires, Argentina. Octubre de 2014




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