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Cambio, violencia y consumo: ¿por qué todo sigue igual?

26 de noviembre de 2018

Era el Superclásico más importante de la historia, único e irrepetible, pero hasta ahora sólo ocurrió la reiteración de la desorganización y la violencia. ¿Por qué reincidimos una y otra vez?

federico mana chapa

En los últimos años en nuestro país el concepto de “cambio” ha sufrido una apropiación simbólica por parte de un sector político que intentó darle un cariz particular asumiendo que la única modificación positiva que se podía dar era la que ellos proponían. Tres años más tarde podemos observar un verdadero cambio en el país pero con resultados que distan mucho de esa transformación positiva que se vendió a diestra y siniestra.

Ahora bien más allá de lo que las circunstancias actuales le hayan hecho a tal palabra, lo cierto es que en muchas ocasiones exigimos cambiar situaciones que se repiten y generan daños irreparables. No obstante nos enfrentamos a nuestra propia hipocresía ya que pedimos una transformación superflua producto de no comprender los orígenes de aquello que nos agobia, lo que no hace más que perpetrar lo que decimos aborrecer.

¿Por qué se sorprende gran parte de la sociedad por lo ocurrido el sábado en cercanías del estadio Monumental? ¿Por qué nos tomamos la cabeza por la violencia de los barras, la desorganización policial o la ineptitud de la CONMEBOL? Esconder una planta, ir a buscarla, encontrarla y alegrarse es un absurdo tal como señalaba Nietzsche. Aquí el absurdo es el acontecimiento pero también nuestra respuesta de conmoción a un hecho que, tristemente, viene a sumarse a una larga lista de bochornos nacionales.

Así pues surgen las voces por doquier pidiendo un cambio total, sanciones disciplinarias y exclamando un supuesto desinterés por el fútbol que desaparecerá súbitamente con el primer movimiento de la pelota del próximo partido más o menos trascendente. Si se erran los diagnósticos y si se evita llegar a lo profundo nunca modificaremos más que cuestiones cosméticas que, más temprano que tarde, nos volverán a enfrentar ante lo mismo.

¿Por qué no asumimos que la violencia es funcional a nuestro sistema de vida? ¿Cuántos conflictos cotidianos resolvemos o esperamos resolver mediante la violencia? ¿Por qué no admitimos que somos incapaces de aceptar la derrota? ¿Por qué no queremos ver que la mayoría desea que el que piensa o es diferente se subsuma a su voluntad o desaparezca sobre la faz de la tierra?

En este coro de lamentos y moralismos que se escucha por doquier será la denuncia de “sociedad enferma” la que inunde medios y redes sociales. Pero ¿quién será capaz de tirar de la punta del hilo hasta encontrar el origen de este malestar? A todos nos gustaría reducir el problema a un grupo de “inadaptados”, a un par de funcionarios incompetentes o a la torpeza de dirigentes de una entidad privada con estatuto transnacional. ¿Cómo cambiar algo si nos negamos a cambiarlo de raíz? Somos como niños llorando por nuestro dolor de estómago al mismo tiempo que pedimos más golosinas.

La ética del consumo perpetuo y la acumulación de mercancía nos volvió competitivos a ultranza, fóbicos al resultado contrario y negadores de la alteridad. Ansiosos, deprimidos y angustiados vamos por la vida buscando llenar nuestro vacío con todo tipo de elementos ficcionales que nos hagan olvidar la existencia que elegimos y que al mismo tiempo nos agobia. Nos frustramos, nos violentamos y hacemos de las leyes reglas moldeables según nuestra conveniencia para poder alimentar el ciclo.

Entonces ¿cómo cambiar una situación que no es causa de nuestros problemas sino la consecuencia de todos ellos? Queremos conservar nuestro individualismo, pedimos masificar la meritocracia, rechazamos al otro cuando no es conveniente a nuestros intereses pero, por supuesto, si todo esto nos estalla en el rostro gritamos a los cuatro vientos por qué nadie hace nada, por qué no podemos cambiar.

Los inadaptados deberán pagar por ello y los funcionarios deberán (aunque ya sabemos que no ocurrirá) hacerse cargo de su estupidez pero ¿seremos capaces nosotros de asumir cuánto hacemos para legitimar este sistema que sólo produce odio, angustia y desesperación? Ese verdadero cambio que tanto esperamos quizás dependa exclusivamente de la respuesta que le demos a esta pregunta.

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