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G20, Argentum y marchas: ¿cuál es la realidad real?

02 de diciembre de 2018

La cumbre de los mandatarios del G20 se contrapuso a las manifestaciones por su realización ¿cuál de los dos relatos responde a lo real? ¿Hay forma de saber esto fehacientemente?

federico mana chapa

Quiénes somos, cómo se dan los hechos, qué mundo buscamos crear. Éstas son algunas de las aristas que componen aquello que podemos llamar “realidad”. Claro que, ante nuestra imposibilidad de estar presentes ante cada uno de estos elementos comenzamos a confiar en otros implementos para poder decir que tenemos noción respecto a lo que es real, pero ¿es tan así?

Así como podemos dudar respecto a si un objeto desaparece cuando dejamos de percibirlo (reformulación del clásico ejemplo sobre el sonido que pueda llegar a hacer un árbol que cae en un bosque desierto) también podemos dudar sobre nuestro concepto sobre lo real ya que gran parte de este se conforma por discursos, dichos y relatos ajenos a nuestra experiencia. Ante la limitación de los sentidos, la humanidad ha sabido extender la capacidad de estos con una infinidad de tecnologías que permiten la conexión y la comunicación en todo tiempo y momento.

No obstante, no sólo de datos vive el humano sino también de las interpretaciones que se hacen sobre estos. ¿Qué son los datos en sí mismos sin un contexto ni un sentido dentro de un marco que les otorgue coherencia? De esta manera, en la construcción de significado es que comienzan los juegos de poder y a lucha de intereses por imponer una lectura sobre la realidad.

Veamos pues cómo el relato de la cumbre del G20 busca instalar una idea de consenso y diálogo que podemos intuir que no existe tal como se muestra. Mientras que el discurso “oficial” pretende instalar la idea de progreso y unidad, miles de personas se agolpan ante el vallado para reclamar que la cumbre lejos está de propiciar un estado de la humanidad más justo y ecuánime. A su vez ¿cuál es la Argentina “real”? ¿La que se palpita en las calles o la que se mostró en Argentum?

Es interesante observar cómo la obra presentada en el Teatro Colón funciona perfectamente como metáfora sobre lo que aquí intentamos reflexionar. Argentum fue una representación, una manera de narrar una situación, un camino para llevarnos a aquello que sería la realidad pero, como rasgo de nuestra época, es la representación en sí lo que cobró importancia, lo que emocionó al Presidente hasta las lágrimas, más no la realidad a la cual se pretendió referir.

Si la emoción del Presidente no fue sincera y sólo sirvió para conmover a las masas es un hecho que debe ser reprobado, no obstante si fue una respuesta auténtica quizás sea hasta más reprochable ya que da muestra de una sensibilidad aplicada sólo a lo representativo con la consecuente nula capacidad de poder conectarse con lo que realmente acontece en el país. Aunque ¿cuántos de nosotros estamos más involucrados con las formas de representar lo real que con lo real en sí mismo?

Ahora bien ¿no es una trampa filosófica distinguir entre “representación” y “realidad en sí misma”? ¿No será lo representativo la única forma de acceder a lo real? Tal vez el concepto de “realidad” sea tan complejo, tan basto e inasible que se nos vuelve más terrenal luchar por las perspectivas que construimos alrededor de lo real para poder contar a los otros qué es lo que percibimos.

Sin embargo la gran problemática emerge cuando nuestra perspectiva cobra solidez sólo cuando se niega la alternativa. Si mi relato de lo real no puede coexistir con el del otro entonces lo que estoy buscando es una mirada totalitaria con pretensiones de universalidad; el otro o se subsume o desaparece. Entonces ¿podemos conocer la realidad o sólo construir un relato más o menos fiable sobre ella? Asimismo ¿esta construcción busca incorporar todas las perspectivas o imponer una sola?

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