¿Todavía nos importa la verdad?

Por: Federico Mana
14 de enero de 2019

La denuncia de Fardin contra Darthés parece tener que librar su batalla tanto en el plano jurídico como en el social pero ¿está dispuesta la sociedad a buscar la verdad o sólo acepta lo que le conviene?

“La pura y simple verdad raramente es pura y nunca es simple” decía Oscar Wilde. Solemos desear que la realidad se pueda narrar de una única forma y que esta sea aquella que se corresponde con lo acontecido al cien por ciento. Pero ¿podemos realmente exigir que esto ocurra cuando hay terceros que serán afectados por el relato? ¿Cómo distinguir un relato veraz de uno falaz?

Desde que Thelma Fardin denunció públicamente a Juan Darthés el plano mediático parece haberse transformado en el territorio donde se disputa la búsqueda de justicia. Es que si bien las instancias jurídicas se desarrollan en Nicaragua, en nuestro país son los comentarios en redes sociales, los abogados mediáticos y las declaraciones rimbombantes las que han ocupado los roles que deben cumplir las pericias y los testimonios dentro de un proceso judicial.

Así entonces, consumiéndose como si de una telenovela más se tratara, desfilan ante las cámaras todo tipo de personajes que con mayor o menor experticia buscan propagar su opinión respecto a un tema que los toca de lejos. Desde el psicólogo que hizo su (mala) intepretación freudiana de la histeria para realizar un análisis pseudocientífico sobre la actriz hasta la supuesta media hermana que sin tener relación con ella es capaz de aseverar cómo funciona su psiquis, el teatro de las imaginaciones no tiene descanso.

¿Y la verdad? ¿Dónde está la verdad? ¿Está en el relato de quien se expone como víctima de un crimen atroz? ¿Está en las palabras de un galán caído en desgracia que señala una conspiración? ¿Está del lado del abogado que gana en publicidad? ¿Está escondida en alguna habitación de Nicaragua? Pareciera no importar porque de comprobarse indefectiblemente la verdad se acabaría el entretenimiento y, además, los afectados tal vez no estarían dispuestos a aceptarla.

Entramos así, una vez más, en el reino de la posverdad, del discurso basado más en la capacidad de conmoción que en la búsqueda del hecho objetivo. Porque de otra manera ¿estarían los hoy defensores del actor a admitir que violó si esto fuese absolutamente comprobado? Y si fuera al contrario ¿estarían quienes le creen a Fardín dispuestos a aceptar que su relato no fue verídico? No obstante todo esto, la búsqueda de la verdad que permita la emergencia de la justicia como acto reparador pareciera continuar vigente al haber, fehacientemente, una causa judicial en marcha en el país centroamericano, al proponerse testigos y pericias que den cuenta de lo acontecido y que exceden el marco de lo mediático. Sin embargo la estrategia de defensa de Darthés conoce muy bien que en el plano de lo social hoy vale más un relato creíble que toque las emociones que una prueba contundente.

¿De qué se trata si no la aparición de la hermana de la actriz? ¿Acaso no abundan las historias familiares en donde se niega el abuso y se duda de la víctima para no tener que asumir el horror? ¿Fueron sus palabras incorporadas a la causa judicial o sólo quedó en el plano mediático? Comprobar esto último conmociona mucho menos que la acusación de enfermedad mental disparada al aire. De hecho quizás ya la verdad como relato de lo real importe menos que el discurso que nos convence aún a base de engaños. Si la verdad raramente es pura y nunca es simple ¿significa entonces que debemos resignarnos a no encontrarla nunca? ¿Nos debe dejar de importar su hallazgo?