La columna de Claudio María Domínguez: No es un cretino, es un maestro

09 de marzo de 2019

Claudio María Domínguez, el conductor de "Hacete cargo" que se emite por C5N, te cuenta quienes son los maestros más inesperados.

Aunque no tenés por qué vivir relaciones enfermas, lo que sí corresponde -creo de todo corazón- es amar a todos los seres con una cierta gratitud. Y vos dirás: ¡¿Amar?! ¿Pero cómo voy a amar a los que me lastiman? O quizás, ¿cómo voy a amar al otro si yo no sé valorar ni mi propia existencia? ¿Cómo lo voy a perdonar si yo no me perdono por todas las que me he hecho y me han hecho?

¿Un consejo? Lo primero que tenés que hacer es dejar de ver al otro como un enemigo o como a alguien de quien hay que sacar una ventaja. ¡El otro es tu espejo! El otro sos vos mismo, pero en un cuerpo diferente. Y ese otro, aunque quizás tenga una personalidad que choca con la tuya, te ayuda a que veas la unidad dentro de esa aparente diversidad. Y te ayuda también a que puedas ver el alma más allá del cuerpo.

Por eso te pido que consideres al otro como un maestro y no como cretino que viene a jorobarte con sus limitaciones. Es un maestro que vino a provocarte brutalmente para que te hagas cargo de tu libertad y para que esa libertad ya no dependa de una historia enferma que quizás te viene rondando desde hace años, vida tras vida. Si ves en el otro un maestro vas a ser una persona más libre y más profunda.

Además, si te sirve, pensalo así: cada maestro enseña una cosa diferente. El que te saca de quicio te enseña la paciencia, el que te ataca te enseña a valorarte internamente y a no vivir obsesionado por lo que digan los demás; el que te engaña te enseña a ser honesto.

Todo el tiempo me comentan: “Trato de llevarme bien con los demás, pero me resulta un esfuerzo insoportable. La mayoría de las veces, si abro la boca, largo fuego. Es casi compulsivo. No me puedo contener”.

Mala idea, te diría. Si largás fuego, el primero que se va a quemar sos vos. Esas llamas hablan de la ira que sentís que es una de las manifestaciones de la intolerancia. Y la intolerancia suele ser impotencia. Y eso te hace reaccionar de mala manera. Vivís en la ilusión de que todo se soluciona gritando o lastimando con las palabras.

En esos casos te sugiero: apelá al silencio. Si las palabras queman, mejor buscar el silencio y lograr la calma.

Sé que no es fácil, pero es clave aprender a controlar los enojos. ¡No te podés pasar la mitad de la vida enojado con vos mismo o despreciando a los demás! Porque son, en definitiva, dos caras de una misma moneda. Si el nivel evolutivo de ese con quien compartís la vida o trabajás o te cruzás en un evento familiar, llega a determinado tope, vas a tener que aceptarlo. A veces me dicen: “Bueno, está bien que lo acepte, ¡pero no me pidas que lo disfrute!”. Y yo te digo que sí, que deberíamos llegar a ese nivel: justamente el desafío es que lo disfrutes. “¿Pero por qué? –me podrían insistir-. ¿No sería masoquista si lo hiciera?”.

Mi objetivo es que entiendas que el de los vínculos es un juego divino y perfecto y que cada uno –kármicamente- elige venir a esta vida con determinada circunstancia de aprendizaje. Mientras no lo aceptes con ternura, con compasión y hasta con humor, vas a seguir sufriendo. Si pensás que el otro es un tonto y un burro y vos un ser espiritual e iluminado vas a vivir en una separación. En una dualidad.

Significa que seguís sumergido en la dualidad, no en la unidad, y eso equivale al sufrimiento.

Si no podés disfrutar de algo o de alguien, y ese vínculo te genera rechazo o resistencia, es momento de alejarte. Ahora bien, llevalo siempre en tu corazón como si fuera un verdadero hermano del alma, un maestro que –aun con su brutal adormecimiento- hizo que vos te despertaras. Pensá que ese otro del que te alejás llegó a tu vida con su prisión para que vos te hicieras libre.

Quizás el gran subtítulo de una relación enferma –pensá en una madre, un padre, una pareja, un hijo, una hermana de sangre o un compañero de determinado proyecto- sea así: “Vos me atrajiste a tu vida y tenés dos opciones conmigo: vas a tener que amarme incondicionalmente o voy a acabar con vos”. Y puede seguir: “Es más, me tengo fe, y creo que voy a acabar con vos antes de que logres amarme”.

Y vos deberías tener el coraje y la grandeza, y al mismo tiempo la humildad y la compasión, de decirte: “No. Voy a lograr amarte antes de que acabes conmigo”. El otro ya no es el otro: vos también estás en ese cuerpo. Sos vos, experimentándote y amándote a vos mismo, en cada parte de vos mismo.

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