Dólar, Riesgo País y una semana frenética: ¿se puede dialogar con el mercado?

Por: Federico Mana
28 de abril de 2019

En días de turbulencia económica, las voces que se alzan para hablar del mercado como un ente racional y emocional nos llevan a reflexionar en torno a él.

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Los griegos inventaron, entre otras cosas, sus propios dioses para intentar comprender y explicar la naturaleza del mundo que los rodeaba. A estos seres míticos le pusieron nombres, le dieron historias, pasiones y deseos. Crearon una entidad, le dieron forma y luego se subsumieron a ella.

¿Qué tan lejos está nuestra relación con el mercado de la de los griegos con Zeus? En nuestro avance en la transformación del planeta y en el desarrollo de las formas de generar nuestras condiciones materiales de existencia hemos generado una entidad abstracta que se manifiesta en la producción y transacción de bienes pero que responde a lógicas propias bajo las cuales hemos puesto nuestras voluntades.

El mercado tal como lo conocemos utiliza todo lo existente para transformarlo en vía de acceso para la concreción de su único fin: maximizar la ganancia y minimizar la pérdida. Aumentar el capital es lo único que lo moviliza y bajo este acto tan simple pero complejo a la vez la humanidad no puede hacer más que adaptarse a este ritmo. Sin embargo para poder explicar este fenómeno o incluso para justificar por qué estamos bajo su merced lo que hacemos es antropomorfizar al mercado.

Cuando se nos explica que hay que dialogar con el mercado cuando se pone “nervioso”, “desconfía” o se “asusta”, se nos quiere mostrar una realidad tergiversada: por más que el mercado se nutra de seres humanos no tiene emociones, ni miedos, ni sentimientos. Si los dólares se fugan del país provocando una corrida bancaria no es porque no hemos sabido como país mostrarle al mercado que somos confiables, sino porque aparecen otras oportunidades mejores de aumentar la ganancia que las que aquí se presentan. Pedirle, rogarle o suplicarle al mercado que deje sus capitales aquí tiene el mismo efecto que las súplicas a Zeus para que cesen las tormentas.

Pero si esto es así ¿por qué quienes han crecido con sus cunas mecidas por la mano invisible del mercado nos insisten en mostrarlo como una entidad racional? Porque la “racionalidad” del capitalismo es la máscara perfecta para que confiemos en él. ¿Qué tiene de racional destruir un bosque entero que aporta a la sustentabilidad planetaria para producir dinero? ¿Qué tiene de racional diezmar la economía de un país para extraer sus recursos y llevarlos a otros países?

El filósofo Max Horkheimer señalaba a la racionalidad instrumental como aquella que sustentaba este modelo económico. ¿Qué significa? Que se pone en juego un pensamiento técnico sólo en función de alcanzar un fin. La razón entonces es un medio para algo y no un fin en sí mismo. Por ello el mercado no es capaz de pensar más que en la forma de alcanzar aquello que persigue pero nunca poniendo en duda el objeto de su deseo. ¿Se puede dialogar con alguien que no es capaz de dudar de sí mismo?

Así pues podemos entender a las políticas neoliberales como aquellas que sostienen que el mercado debe ser libre de perseguir su único fin con la esperanza de que ello redunde en beneficios para toda la humanidad. ¿Pero qué sucede cuando el beneficio de la humanidad va en desmedro del aumento de la ganancia? Claro, los defensores de este modelo sostienen que tratar de domar a esta bestia lo único que conlleva es el aumento de las penurias porque al querer controlarlo su objetivo no desaparece sino que se manifiesta bajo otras formas.

Por todo ello ¿debemos esperar gestos de buena fe del mercado? El mercado no dialoga, no cuida, no tiene favoritos, no piensa ni se preocupa más que en sí mismo… sólo busca el camino para aumentar y acumular las ganancias sin ponerse a pensar para qué quiere más ganancias. Por esto es que la teoría del derrame falla: porque no hay derrame posible, la copa de arriba nunca se termina de llenar, su voracidad es infinita. Así entonces si queremos pensar en el mercado como un señor muy lejos de acá sentado frente a una computadora también deberíamos construirle altares a Zeus, Atenea y Apolo porque el efecto de esta creencia sobre nuestra realidad cotidiana será exactamente el mismo.

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