¿Por qué no nos va a gustar el final de Game of Thrones?

Por: Federico Mana
19 de mayo de 2019

Se termina la serie del momento y si de algo estamos seguros es que el final no cumplirá nuestras enormes expectativas. Pero un buen final ¿es el que cumple con lo que esperamos?

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Aceptar el fin es una de las tareas más difíciles que tiene la humanidad. Aún cuando seamos capaces de comprender que hay ciclos que deben culminar, la experiencia del final suele ser compleja de asimilar. Esta situación se puede ver tanto en cosas profundas como banales. ¿Acaso el final de una serie no es algo superficial comparado con los dramas reales que se dan todos los días? Sin embargo, gran parte de la sociedad pareciera no poder hablar de otra cosa.

A tal respecto así como hay consenso en torno a la relevancia del final de una producción audiovisual que marcó un hito en la historia del entretenimiento, también lo hay para asegurar que, termine como termine, no nos va a satisfacer. Es que claro en estos ocho años de Game of Thrones la apuesta fue tan grande que resulta totalmente imposible cerrar de manera ordenada y plena una trama que implica decenas de personajes e historias.

No obstante no es sólo esta circunstancia la que se pone en juego para llegar a decir que el final de la serie no será de nuestro agrado. Tenemos sí el tema de nuestro “trauma” con las culminaciones (el famoso “soltar”) pero además existe la cuestión de nuestras expectativas. Que algo termine tal como lo esperamos es uno de nuestros mayores anhelos: morir ancianos, llenos de amor de nuestros familiares, en paz y durmiendo; que nuestro equipo salga campeón del torneo que juegue; que nuestro candidato sea electo presidente; que Daenerys se siente en el trono de hierro (si es que todavía existe).

A lo largo de su desarrollo GoT presentó tramas complejas, grupos y familias que se disputaron el poder y por los cuales no hemos podido evitar tomar partido. Sobre la base de esta acción se construye nuestra expectativa, aquello que anhelamos y le otorga sentido al hecho de ver una serie más allá de entretenernos durante su transcurso. No obstante esto nos coloca frente a un dilema: si termina como lo esperamos nos resultará aburrido, si termina de manera impredecible nos resultará incomprensible.

Tal como lo estamos viendo en estas horas, la estrategia política se basa en lo imprevisible, en realizar movimientos que el otro no pueda descifrar hasta que sea demasiado tarde. En el terreno que crean estas jugadas habitamos nosotros, pobres aplaudidores de aquello que aprobamos y grandes lamentadores de lo que no nos satisface. Presumiblemente el final de Game of Thrones busque llenar algunas de nuestras expectativas apelando a lo imposible de prever.

Así entonces, por muy banal que sea el final de una serie televisiva, podemos observar el emergente de una problemática existencial: el vacío que adviene ante la conclusión. Pase lo que pase en la pantalla, la certeza será que a partir del lunes siguiente ya no habrá teorías, ni largas esperas por una nueva temporada, ni debates en torno a qué hará cada personaje. El ocaso de la memoria del mundo y la oscuridad sin fin que el Rey de la Noche no pudo imponer ocurrirá sin que ninguna salvadora de último momento pueda detenerlo. Game of Thrones se acaba y habrá que aprender a vivir con ello, por lo que, más allá de cómo transcurra el cierre, no podremos estar contentos.

De esta manera, detrás de las miles de palabras que se volcarán en las redes repudiando las acciones que se den en el último capítulo y cómo se cerró la serie lo que estará en realidad será la angustia por tener que admitir que lo que fue ya no volverá a ser. Aunque quizás que termine ahora y no se siga extendiendo sea lo mejor para no deslucir una historia que cuanto más avanza más pareciera deteriorarse.

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